por Noé Jitrik

Es muy natural que después de un día de trabajo más o menos concentrado uno esté cansado, por más que le haya importado lo que lo tuvo ocupado. ¿Cómo descansa un oficinista o un barrendero o un obrero o un financista? Cada uno a su manera y sus posibilidades: emborracharse, mirar la televisión, pegarle a la mujer o pelear con el marido, irse a dormir, hacer el amor, etcétera. También lo es después de haber trabajado un período largo de la vida: por esa razón es raro que alguien rechace la perspectiva de la jubilación, pese a que va a ganar menos –para algunos que ganaban poco será mucho peor- la aceptan y se entregan, el primer mes, al descanso con entusiasmo, después eso va cambiando. En otros terrenos ocurre lo mismo, desde cansarse de una relación o frecuentar los mismos lugares hasta cansarse de un gobierno o aún, hay casos históricos, de una cultura. Dürrenmatt, un dramaturgo suizo que tuvo mucho éxito, imagina al último emperador romano, Rómulo Magno, tan cansado como que no opone ninguna resistencia a la invasión de los bárbaros, o sea los hunos. Hay muchos ejemplos de cansancio histórico y de las respectivas respuestas. Yo, por ejemplo, estoy cansado de ver cómo varios presidentes latinoamericanos y otros intentan destruir sus respectivos países, el problema que tengo es que no sé cómo descansar. Pero también está la situación inversa: no tener motivo para cansarse y cansarse igual. Creo que esta breve frase sintetiza la respuesta electoral del 2015; muchos, sin tener mayores motivos para cansarse del período precedente, decidieron que estaban cansados y votaron a Macri, sin importarles demasiado si no se cansarían después, creyeron que con él en el poder descansarían pero está visto que esto no sucede. Este razonamiento podría ser divertido si no fuera que es bastante dramático para esos mismos que estaban tan cansados, mucha risa no provoca pero tampoco la suficiente indignación, necesaria para repensar o para actuar. Sabe Dios si el descanso que les espera no es el del sepulcro, en paz.

 

Mi manera de buscar explicaciones es, lo reconozco, caprichosa e incidental; explicaciones del lío en el que estamos metidos y en virtud del cual, como nunca en este país, se cumple la vieja consigna, lo personal es político y la contraria, lo político es personal. Digo esto para considerar, de paso, de qué manera muchos vivimos desdichadamente lo que genera este gobierno. Yo podría decir, para traer lo actual al razonamiento, que, por ejemplo, la supresión del turno nocturno de 14 escuelas no tiene nada que ver conmigo porque no estoy por inscribirme en uno de ellos, pero me afecta, me hace sentir eso, desdichado. Y ni que decir las tarifas y la deuda y tantas otras situaciones que el equipo que ganó las elecciones en el 2015 administra con pérfida sabiduría. De no creer. Pero digo explicaciones. Evoco, para internarme en ese terreno, una escena en un banco: un señor de lo más bien está indignado, le acaban de pagar la jubilación que vino con un aumento de no sé cuánto, la tercera o la quinta o la décima, no aprecia desde luego ni razona, está enojadísimo, está, para decirlo más delicadamente, insatisfecho; quiero creer que antes, cuando cobraba una miseria no lo estaba, se quejaría pero no lo guiaba con tanta furia la indignación. Antes de 1946 cuando a un patrón le había ido bien en sus negocios les daba a sus dependientes un regalo de Navidad, unos pesos, lo que podía o quería, y todos contentos pero cuando se instauró el aguinaldo y las vacaciones pagas muchos creyeron que lo merecían, no que había sido una medida de gobierno, de modo que, insatisfechos, como el jubilado del banco, deben haber jurado venganza, tal como lo ejecutaron los millones de brasileños que habían sido beneficiados por las medidas tomadas por Lula y votaron a Bolsignaro, las antípodas. Busco explicaciones porque esa desdicha no es sólo mía, creo que millones están desde sorprendidos hasta estupefactos y aterrados frente al vendaval que se ha desatado sobre este territorio que muchos creíamos destinado a ser bello, bueno y generoso. En suma, estoy creyendo que la insatisfacción es un motor poderoso que lleva al dislate de apoyar a ese delirante pero que aquí lleva a votar a Macri no una sino dos veces. De donde la idea de que la insatisfacción, lo que nunca alcanza, una caricatura del deseo, que nunca se satisface, es un exigente animal que nos conduce a cualquier parte, incluso a lo contrario de lo que sería justo tener. Eso ya está pasando, quienes más lo sufren son los que lo votaron: no sólo están cada día peor sino que además, y eso es lo peor, no lo pueden entender.

 

En efecto, un vendaval se precipitó sobre nosotros. Inesperado, provocó en medio país un asombro semejante a lo que pueden producir las inundaciones en Santiago del Estero, de no creer, quién lo imaginaba en esos salitrales y desiertos. Para muchos, muchísimos, se vivía en la idea, evidentemente una ilusión, de que este país era posible, la Argentina como al margen de las calamidades que afligen a muchos países del mundo, y se ve que no es así, los hongos venenosos que han brotado en la economía, en la vida cotidiana, en la cultura, la educación y la salud eran inimaginables. El vendaval nos dejó desarmados, aterrados, a disgusto, paralizados, viendo a cada rato nuevos avances de un proyecto de despojo que no parece tener fin, pese a las voces implorantes de los ilusos que piensan que la banda macrista podría ser más sensible, sensibilidad, que palabra tan bonita, tan fina. El registro de lo que esto ha producido, desde los despidos, las tarifas, los cierres de negocios, la eliminación de programas gubernativos indispensables hasta las divisiones en las familias, en innumerables casos ya no se puede hablar, es casi imposible pero lo que se puede registrar es el orden de respuestas que se ha ido dando. Dejando de lado, pero sin ignorar su importancia, lo estricta y profesionalmente político (la unidad o desunión de la oposición, las denuncias, la tibieza cegetista, las agachadas de unos cuantos diputados y senadores), lo poco periodístico (vehementes pero acotadas denuncias que procuran romper el cerco impuesto por los grandes medios), los movimientos de masas (manifestaciones casi a diario sobre diversos temas vinculados sectorialmente a daños y afectaciones), me importa señalar cómo se vive y aun cómo se podría vivir todo este descalabro en lo personal.

 

Dos enternecedoras fotografías. Macri y Lagarde, Macri y Bolsignaro: me han conmovido, prueba de que en el más alto nivel de las instituciones hay afecto, miradas húmedas de emoción, abrazos sinceros. Algo, muy profundo, los une: eso que los une me hace pensar y lo único que se me ocurre es un título, nada menos que de Goethe, “Las afinidades electivas”: de pronto, inexplicablemente, dos almas se encuentran, son afines pero ese impulso no les basta para hacer efectiva la afinidad: eligen. No es necesario que esas almas sean una espejo de la otra, es decir que el movimiento simpático tenga su fundamento en los parecidos o los mismos gustos o las mismas maneras de pensar o de vivir: la afinidad pasa por alto esos detalles lo cual explica por qué una mujer hermosa, por ejemplo, inteligente y culta de pronto se enamora de un mediocre, feo por añadidura, torpe e inescrupuloso. Pueden ser muy diferentes y, sin embargo, ahí están, en el mismo lecho, en  el abrazo y en la lágrima de emoción. Eso podría decirse de nuestros fotografiados: no son todos lo mismo, para nada. Lagarde, por ejemplo, habla en francés y Macri todavía no aprobó el curso de ese idioma dictado por la maestra Micchetti; Bolsignaro se peina a la gomina y Macri lleva el pelo suelto. La afinidad pasa por alto estas fundamentales diferencias y ahí los vemos, abrazándose y diciéndose cosas tiernas, del tipo, “si quieres vender el país te acompaño, estoy contigo”.

 

Debería estar interesado, por fuertes razones profesionales, por el Congreso de la Lengua que tendrá lugar en Córdoba pero, extrañamente, me siento indiferente a lo que se dice y a lo que ocurrirá. Nomás ver las caras del Rey de España, el larguirucho Felipe, el meloso Macri y el convencido Vargas Llosa, me genera un aburrimiento de un orden superior. Ha de ser un problema mío porque todas las cuestiones relacionadas con la lengua, su historia, su uso, su valor, siempre me han movido, nunca me han sido indiferentes. ¿Por qué ahora no me importan? Debe ser por el contexto o, más bien, porque me importa más lo que determina los cambios que la forma que toman esos cambios. Dicho de otro modo, me importa y conmueve y mueve más la lucha de las mujeres que el llamado “lenguaje inclusivo”, me importan más la genialidad extrahipánica, latinoamericana, que bramar contra la Academia, me importa más la asfixiada situación de las editoriales que si la literatura es fácil o difícil, me parece que el hambre es una cuestión principal, no si las proteínas son nocivas. Claro que me importa el uso de la lengua desde el poder y me paso la vida tratando de combatirlo pero no me interesa nada la vanidad literaria, como si no pasara nada en el mundo, el tartamudeo macrófilo, el fascismo bolsignarista o la ignorancia de las Elisas Carrió.