por Noé Jitrik 

 

En ya no recuerdo que película de Bergman, un Max von Sidow angustiado le dice a un pastor con el que se confiesa que desea suicidarse, no aguanta que en África o en Asia, no importa dónde, estén matando a sacerdotes que predican el amor cristiano. Uno podría preguntarse, y preguntarle pero, eso, se sabe, no es posible, por qué esa solución a una angustia que es tanto religiosa como cultural. Por supuesto, es insoportable que eso suceda pero ¿no habrá otro modo de enfrentarlo?, ¿no lo está haciendo el mismo Bergman al ponerlo en una película? Muchos otros hicieron lo que von Sidow no llegó a hacer, frente a lo insoportable se quitaron la vida, lo hizo Pavese (“Basta de palabras, un acto” escribió antes de pegarse un tiro), lo hizo Walter Benjamin en Port Bou; recientemente, me dicen, lo hizo el músico mexicano Armando Vega, después de haber sido falsamente acusado de acosar a una adolescente. Lo insoportable. No es fácil pensarlo; tampoco lo es forzarse a considerar la vida como lo postulan los predicadores dominicales, lo único que se puede decir es que lo más insoportable es la palabra “insoportable” y no es que encontrarle la vuelta a una situación como la que se vive en la Argentina, que es bastante insoportable, esté al alcance de la mano. Lo extraño es que si lo es para algunos para muchos otros suena raro, es como si no se dieran cuenta del pozo sin fondo al que nos estamos encaminando y, con asombro, callan o dicen “por qué se lo toman así”, qué ganan con envenenarse diariamente con el cáncer de la corrupción judicial, por qué hacerse cargo, si los sacerdotes corren riesgos por qué no se quedan en sus casas, si la corrupción no te afecta personalmente por qué hacerse tanta mala sangre. ¿Cuál es, entonces, la cuestión? ¿El asalto de lo colectivo a lo individual, es eso lo no resuelto? El problema es, entonces, por qué algunos lo viven dramáticamente y otros no. Eso es insoportable. Al menos, lo es por ahora en estos pagos.

No debo ser el único para quien en los últimos años el teléfono es remiso en traer invitaciones, es raro que alguien llame para simplemente preguntar cómo le va a uno o qué está haciendo, qué le ha parecido un libro que está leyendo o una obra de teatro a la que ha asistido o un concierto. En contraste llama la atención la atención con la que se prenden a los celulares casi todos los viajeros de un colectivo o del subte o del tren. ¿De qué hablarán en medio del tumulto? Difícil saberlo, es cuestión tan sólo de admirarlo. Pero más notable es lo que ocurre cuando alguien, no por el celular, sino cuerpo a cuerpo, habla: es muy frecuente que se produzca la figura del predicador, o sea el que sólo busca transmitir un mensaje que, oh casualidad, suele ser un conjunto de situaciones o experiencias u opiniones que le conciernen en exclusiva; en otras palabras, la autorreferencia, que sería, me atrevo a pensarlo, la bacteria que afecta la comunicación y la reduce a polvo. Si uno es paciente y está más o menos inmunizado contra ese bicho escucha, no replica, no comenta y sólo asiente con un gruñido y con eso se termina todo, el autorreferente se va contento, el oyente se queda vacío, murió la conversación. Y, sin embargo, es comprensible que todos querramos que los demás comprendan lo que nos puede estar pasando, que nos escuchen y nos ayuden al meramente escucharnos. ¿Cómo establecer límites entre aquella invasión y esta necesidad? Estoy creyendo que, de manera opuesta a la autorreferencia es preciso dejar salir la subjetivación; es más, el sujeto ausente mata igualmente la conversación y el presente la reanima y le da sentido pero de qué manera. Debe tratarse de alguna cualidad individual, algunos lo hacen y a otros no se les ocurre pero, igualmente, en ciertas épocas hay levaduras que favorecen una subjetivación semejante y otras no. ¿No es la que nos ha deparado el estrepitoso “cambio” que la sociedad entera parece haber aceptado en estos territorios abandonados a su suerte?

No me jacto de acertar en mis predicciones políticas, pocas veces en mi vida la pegué pero, en cambio, puedo imaginar situaciones, no tan fantásticas. Ahora, por ejemplo, se me ocurre que Cristina puede anunciar que se presenta como candidata; imagino que gana con los votos de muchísimos que creen en ella y de otros que, no creyendo del todo, la votan porque no aceptan otras propuestas; imagino, a continuación, que comienza a gobernar y, como siempre ocurre, en parte cumple con lo que puede haber prometido, en parte un poco, en parte no lo puede hacer o, simplemente, no lo hace; ya no imagino sino que supongo que eso ocurre siempre pero, imagino, en cambio, que muchos de los que la votaron se lanzarán sobre ella reprochándole que no haya hecho lo que ellos pensaban que había que hacer, y por eso la votaron. Imagino, también, que serán más duros en las críticas que lo que fueron en anteriores oportunidades y en situaciones semejantes; imagino, también, que los desencantados –una encantadora palabra aplicada a Macri- de Macri y su brillante gobierno no actúan de la misma manera, callan o, a lo sumo, murmuran disconformidades de carácter general, siempre fue así, esto viene de lejos, y otras vaguedades de ese estilo. Supongo, y no lo imagino, que se es más condescendiente, por desprecio o por identificación, con las derechas, e implacable con las izquierdas, ya sea las asumidas como tal, ya las que modestamente, como sería el caso de Cristina, tienden a eso. ¿Será que proyectan y lo que critican es algo íntimo, algo propio y, en cambio, son indiferentes a lo mucho peor, a lo ajeno?

No me he topado con ninguno de los votantes de Macri de los que se quejan amargamente -confiesan estar muy frustrados- acerca de cómo van las cosas para ellos, no tanto para un conjunto del que se siente ajenos: el votante de Macri nunca juró con demasiada vehemencia, como Macri mismo, por el país o por el destino de esos otros, los tanto invocados “argentinos y argentinas”, mágica apelación nítidamente incluyente, de los extranjeros, de los niños, de los ancianos, de los internados en los loqueros, de los que duermen en los portales. Tampoco me crucé con ningún satisfecho pero incluso con los desencantados prefiero evitar el diálogo, me resultan un poco patéticos y me dan lástima. Como esa amargura es compartida uno trata de ir un poco más adelante, el futuro próximo por decir algo y pregunta por quién votaría, Cristina, Macri y los restantes miembros del pelotón: ¡por Macri! gritan. ¿Cómo? dice uno, ¿después de quejarse tanto por cómo su política lo afectó lo volverá a votar? Y, sí, es un cabrón pero puede ser que nos saque del apuro. No puedo no recordar una frase del primer Bush cuando le señalaron que estaba respaldando ya no recuerdo a que siniestro dictadorzuelo centro americano: “Tiene razón, es un hijo de puta pero es “nuestro hijo de puta”. ¡Que sabiduría política! Se ve que hay hijos de puta para todos los gustos, algunos nos vienen bien, el ”macrista pese a todo”  tiene su elección y no la va a cambiar aunque “vengan degollando”.

En sus búsquedas en librerías de viejo mi hijo encuentra una vieja edición, dos volúmenes, de una crónica escrita en el XVII por Pedro Sarmiento de Gamboa, un increíble aventurero, sobre la travesía del Estrecho de Magallanes. Una joya    . El texto tiene un brillante prólogo de Armando Braun Menéndez, un historiador de la zona austral chileno-argentina, un verdadero placer su lectura. Hace años que ese nombre no se me presentaba y si no fuera porque el apellido, Braun, circula con fuerza desde hace tres años y un poco más no iría, como lo estoy haciendo, a buscar más significaciones. Por de pronto, Armando era hijo del fundador de la dinastía, Mauricio Braun, un inmigrante judío (¿sería Braun su apellido verdadero? que supo y pudo construir un imperio económico cuya suerte Armando al parecer no compartió aunque la fortuna familiar debe haberle permitido acceder a una formación intelectual privilegiada; lo mismo puede decirse de Eduardo Braun Menéndez, distinguido investigador científico, cercano a Houssay y a Leloir, esas dos glorias del pensamiento argentino. Otros miembros de la familia, hay que considerar varias generaciones, tomaron otros caminos, ganadería, supermercados, navegación y vaya uno a saber cuántos otros más. Familia numerosa, uno de los últimos, Marcos Peña Braun, declara que son tantos los primos que tiene que no conoce a la mayor parte y, en consecuencia, no puede hacerse cargo de la dirección que le han impreso a sus vidas, seguramente no la que tomaron Armando y Eduardo. ¿Sólo negocios en gran escala? ¿Sólo acceso al poder para hacer grandes negocios? Apellido paradigmático del logro argentino, intelectuales y pensadores por un lado, comerciantes y ambiciosos por el otro. ¿Cuáles quedarán, cuáles serán olvidados?