por Noé Jitrik 

Lo que en los últimos tiempos se mal llama relato, como si fuera equivalente a mentira, es en realidad equivalente a un cuerpo que tiene columna vertebral y mecanismos de funcionamiento indispensables; así, no hay relato posible –la novela es una de sus expresiones- sin narrador, o relator, y sin protagonistas. El narrador va observando, relacionando, hilando, interpretando y el indispensable protagonista articula un suceder, le da sentido. Creo que lo mismo se puede ver en la política: narradores hay muchos pero sólo un protagonista, líder o jefe, que articula y da lugar a un suceder que viene a ser las acciones que promueve: es como un padre sobre el que recaen esperanzas, expectativas, aciertos y errores. En eso reside el problema: cuando el protagonista no aparece se siente o se piensa que no habrá acciones y que todo navegará a la deriva. Es claro que ese protagonista es elegido, cuando no impuesto por la fuerza, pero, como ocurre con los padres, puede ser legítimo o puede ser alguien que se sienta llamado y quiera, contra viento y marea, desempeñar ese papel. A veces lo logra, otras no, pero si lo logra suele creer que estaba destinado a ello. Después, como en las novelas, pueden pasar muchas cosas: la novela puede ser buena, hay algunos casos, o fallida, hay muchos. Pero lo que ahora me llama la atención es la idea de “estar destinado”: puedo pensar que Macri crea que estaba destinado, puedo creer que Bolsonaro lo crea, me resisto a pensar que Lula o Cristina lo crean pero, en todo caso, en este momento importan más las consecuencias del protagonismo de Macri y Bolsonaro que del hipotético de Lula y Cristina. De una manera u otra, a quien se le dará la posibilidad de ser protagonista es el tema en danza, muchos sienten que no hay clima, que ninguna figura se perfila, Macri está desgastado, aun para quienes se han beneficiado con sus disparates, Cristina no habla, a Lavagna lo están usando. Se ve que la novela no está siendo narrada todavía.

Han pasado más de setenta años del momento en que el nazismo cometía sus horribles crímenes y aún se sigue hablando. Testigos y víctimas de una de las experiencias político-sociales más aberrantes que haya conocido la humanidad ya casi no quedan, lo que sabemos, o creemos saber, nos viene de la literatura y, como imágenes vivas, del cine, que no ha cesado de recuperar sus más estridentes signos. Por ejemplo, ese grotesco “Heil Hitler” que seguramente imperaba desde que el siniestro payaso se hizo del poder. Es casi increíble que millones de seres se saludaran levantando el brazo y diciendo eso, desde los más humildes ciudadanos hasta los jefes militares, los diplomáticos y tutti quanti. No es difícil considerar que esa frase unificaba al mismo tiempo que achataba y que seguramente muy pocos se atrevían a no utilizarla, conscientes de sus implicaciones. Y así como uno de sus ejes fue la recuperación de un mitológico pasado ario esa frase debe o puede provenir, gracias a los eficientes propagandistas del nazismo, de un remoto “Ave Cesar” que, según cuentan los historiadores romanos, se impuso cuando era emperador un tal Claudio. En cambio, los propagandistas de la época estalinista lo resolvieron de otro modo, “Camarada Stalin” se decía, frase que enviaba igualmente a una identidad o a un designio. Sea como fuere, lo que me parece que importa es que remite todas esas argucias a un absoluto, ser emperadores, o dictadores, lo más cercano a ser dioses y, por lo tanto, merecer el tratamiento adecuado al cual se prestan, como marionetas, millones de sujetos que son víctimas de esa misma pretensión. El “Ave César” era seguido por un “morituri”, que quiere decir “los que van a morir”. Los que exclamaban “Heil Hitler”, igualmente, iban a morir y, en efecto, como los romanos, murieron.

En la arremetida a la que asistimos todos los días, el macrismo, que arrastra al gobierno, muestra una especie de desesperación; actúa como quien asiste al incendio de su casa y rescata a los manotazos lo que puede, a tontas y a locas. No lo hace directamente sino, es notorio, a través de jueces que se prestan. Lo interesante es cómo retuercen el discurso que de por sí es complicado y de esas trenzas verbales sacan conclusiones y toman medidas. Más o menos como los economistas que han hecho del porcentaje un remedo de la Cábala, hay que interpretar cada afirmación pero no se puede más que olvidarlas. Y no se trata de sencillez, la vida es oscura y compleja, sino de profundidad y, por cierto, de evidencia y verdad. La única suerte es que muy pocos, aunque sean víctimas de ambos discursos, hacen caso; si algo les pasa a los demás, afectados o no, es por otro lado, mucho más complejo y difícilmente explicable; quizás huelan en la embestida contra los intendentes, el ensañamiento a Milagro Sala y a Cristina, el ataque a los empleados de C5N y tantas otras tentativas, que algo les puede tocar; una elemental ley de la convivencia indica que cuando se perjudica canallescamente a una persona, y sobre todo a un grupo, es muy probable que se termine por perjudicar a los demás, incluidos los que miran indiferentes esos ataques. En este punto se suele recordar a Beltolt Brecht pero yo no lo voy a hacer, es obvio.

Me asalta pertinazmente una idea dolorosa: la lucha de clases no es lo que era antes, cuando los obreros y quienes eran sus voceros se desgañitaban contra los patrones, infectos burgueses, capitalistas despiadados. En torno a los obreros, y para darles voz, surgieron teorías –el socialismo, el marxismo, el anarquismo- y agrupamientos que en defensa del papel histórico que debían desempeñar –una sociedad sin clases de una u otra manera, en una u otra versión- se organizaron como partidos y encararon diversas formas de lucha. Me temo que este esquema ya no interprete la dinámica social. Por de pronto, el que ya no se diga “obreros”, que sin embargo existen todavía, y sólo se mencione a “trabajadores”, concepto excesivamente genérico, organiza el discurso y la acción de manera muy diferente: como trabajadores que defienden sus derechos están en un solo conjunto –se los ve en la calle protestando- los obreros, los pequeños empresarios, los empleados, los universitarios, los científicos y, no hay que olvidarlo, los desempleados, los pobres y aun los indigentes. Sin embargo, las clases existen y se siguen enfrentando pero de otra manera, con otros discursos y otros valores. Creo que lo podemos ver en la irrupción de lo étnico y lo genérico en el campo político. ¿Estamos seguros de que las clases medias y altas en Bolivia, pongamos por caso los Patiño,  aceptan que dirija el país un aymara llamado Evo Morales que, por  añadidura, ha dado un ejemplo de gobernante sabio, equilibrado, y que ha hecho por su país muchísimo más que presidentes salidos de los cuarteles o de las minas de estaño? ¿No será que el encono que se manifiesta contra Nicolás Maduro tiene que ver con la modestia de su origen más que con sus aciertos o desaciertos gubernativos? No lo escuchan, lo desdeñan, consideran que por ser moreno y trabajador ocupa ilegítimamente la Presidencia de Venezuela. Si es conciliador lo desprecian, si es enérgico lo despotizan, si es razonable se mofan. ¿Le reconocían, los ricos y los enfurecidos medio pelo argentinos, legitimidad a Cristina Fernández para ocupar el sillón presidencial? Era usurpadora simplemente por ser quien era, una mujer que se permitía hablar cuando las mujeres debían callar. Yegua era lo menos que le decían, qué hace esa mina ahí. ¿Será en esos términos que se lleva a cabo la lucha de clases? ¿Tiene sentido invocar ese concepto para describir lo que pasa ahora en América Latina? Todavía creo que sí, sólo que hay clases establecidas y que vienen de lejos y hay otras, más tumultuosas, dispares, sin los mismos intereses ni las mismas visiones del mundo pero vinculadas por los mismos males y objetivos a destruir por los mismos tiradores, o sea esas otras clases homogéneas, que no conocen la duda y muy bien lo que pueden perder.

En un relato titulado “Derecho Romano”, escrito por Louis Aragon cuando la Francia no ocupada por los nazis se debatía entre colaboración y resistencia, una especie de juez alemán cae, acompañado por su fiel secretaria, en manos de un grupo de franceses, miembros de la resistencia. Van a terminar ajusticiándolo pero antes lo someten a una tortura inimaginable para él, cuyas convicciones parecían de fierro, todas bebidas en Heil Hitler como fuente de toda razón: simplemente le preguntan implacablemente ¿por qué?, una y otra vez, respecto de diversas fechorías nazis, el incendio del Reichstag, el asesinato de judíos, la pérdida de las garantías jurídicas, la obediencia servil a las consignas nazis, de modo que sus respuestas son siempre balbuceos que lo van enredando y confundiendo, invocar a Hitler le sirve cada vez menos, su identidad se desintegra. Interesante situación, confieso que desde que lo leí sueño con algo semejante entre nosotros; sueño con un tribunal de desempleados que, simplemente también, le preguntaran a Macri por qué, otro de jubilados lo mismo a Peña, otro de economistas preguntándole a Prat Gay por qué, otro de periodistas a Lombardi y, culminando la magnífica escena, otro de juristas preguntándole por qué a Magnetto, por qué tal y cual mentira, otro de mapuches a Bullrich por qué y a Carrió por qué sus disparates. ¡Qué jornadas maravillosas serían! Dado que somos considerados el final no sería un ajusticiamiento físico, basta con que se vean obligados a explicar para sentirse ajusticiados.