por Noé Jitrik 

Una conversación inesperada con un artesano, un chapista muy habilidoso, instalado entre un galpón, un terreno baldío lleno de ruinas de coches, y una calle de tierra en la población, pueblo o pequeña ciudad, llamada La Cumbre, me pone frente a una realidad que, debo confesarlo, no sólo me resulta sorprendente en tanto estoy muy lejos de su materia sino compleja, me deja pensando, lo que me cuenta no estaba para nada previsto o, mejor dicho, estaba muy lejos de cómo vivo en un lugar que se presenta como paradisíaco, calmo, silencioso, recogido, promesa de descanso y paz. Sereno, bondadoso en su manera de pararse, el hombre empieza a hablar seguro, sin haberlo consultado, de que estoy en disposición de escuchar, otro dato más acerca de cómo es la conversación, y su falta, en estos tiempos. Dice ser evangelista –no aparece para nada el nombre de Bolsonaro- y ocuparse, los fines de semana, junto a su mujer e hijos, de drogadictos jóvenes que, según dice, abundan en el valle de Punilla. Les ofrecen contención, les proponen alternativas, los cuidan todo lo que pueden, a veces resulta, otras veces no. Lo preocupante, antes también lo era, es que la edad ha ido variando: antes los necesitados estaban en los 18 años en adelante, ahora, son niños de 13 o 14; a mi pregunta, un tanto ingenua, responde que no se trata de cemento, ni de marihuana sino de drogas pesadas que consiguen, ¿cómo?, otra pregunta candorosa, pues robando, como quiere que la consigan. ¿Y en La Cumbre? La Cumbre, me dice, ocupa el tercer lugar en las ciudades de mayor consumo de droga, después de Mar del Plata y otra cuyo nombre se me escapa. Me asombro, ¿La Cumbre? Pues sí, hay que ver lo que pasa por las noches, pululan los vendedores, en esta misma cuadra los hay, a la vista y paciencia de todo el mundo. ¿Y la policía? O no quiere o no puede, no le puedo decir. ¡Qué problema! No lo había tenido en cuenta al hablar de los efectos del macrismo en un lugar en el que más del 70 por ciento lo votó. Detrás de la belleza y la calma al pueblo lo recorre una enfermedad que no parece tener otro remedio que darles a esos chicos y a esos jóvenes lo que los evangelistas no consiguen darles, trabajo, objetivos, futuro. No parece ser lo que a este gobierno le preocupa. Sólo se puede esperar que al próximo le preocupe y que se ocupe. Casi nada.

El mismo buen hombre del que me ocupé en un fragmento anterior años antes, quizás en el 14, me declaró, diría que algo acremente, que el gobierno de Cristina era el peor de todos los que él había conocido. Y ¡vaya que había conocido algunos! Mi réplica fue tipo derechos humanos, qué me dice de la dictadura; eludió tal vez porque, como mucha gente, prefirió considerar los dos últimos períodos militares –del 66 al 73 y del 76 al 83- como meros paréntesis sin considerar, y no me atreví a señalarlo, que ambos me habían arruinado unos cuantos años de mi vida, rara manera de considerar con quién estaba hablando. Tampoco le dije que durante ese pésimo gobierno había cambiado su camioneta y cada uno de sus hijos habían adquirido sendos automóviles, no precisamente modestos; tampoco le recordé que había podido ampliar su casa, bastante confortable y bonita, ni que tenía bastante trabajo con el que, por cierto, en lo que me concierne ejecutaba satisfactoriamente. No sólo con nosotros tenía trabajo sino con amigos nuestros que podían pagarle. Después de haber votado por Macri, a los tres años de liquidación de la funesta pesada herencia sus quejas porque no hay tanto trabajo, porque los impuestos, porque la luz y el gas, porque la comida, ya se sabe, se está poniendo en la posición de exigir respuestas que, me parece, no se dirigen a la política económica del gobierno sino a mí, como si yo fuera el culpable del desmesurado aumento de impuestos y servicios sólo porque le pago lo que puedo y no le resulta suficiente, como si yo mismo no estuviera pasando por lo que a él lo está acorralando. Empiezo a pensar que el movimiento mental, no sólo el de este hombre sino el de todos los seres humanos, pasa por una relación entre “querer más” y “según de quién”. En el caso, Cristina K. daba algo pero quien lo recibía habría querido que fuera otro quien lo diera. Algo de eso explica el peronismo: las señoras  de la Sociedad de Beneficencia daban, seguramente no mucho, pero  lo que daba Eva Perón, que no sería tampoco tantísimo, era recibido de otro modo. En otras palabras, el eterno desequilibrio entre “recibir” y “dar”, entre “agradecer” e “ignorar”. Último matiz: si quien nos da, aunque nos venga bien, nos es antipático, no lo agradecemos y no hay muchas vueltas que darle, es inútil todo esfuerzo para cambiar esa ecuación. De donde extraigo una advertencia para los próximos tiempos: no menear los beneficios que cayeron como lluvia durante el kirchnerismo sino tocar otros registros, no sé cuáles pueden ser.

Mi hijo Oliverio, buen observador, señala en una emisión de una heroica radio de un pueblo cordobés que un muchacho muy joven interviene en una conversación haciendo gala de una arrogancia sin mayor fundamento. ¿Qué hacer? Ponerlo en su lugar, discutirle, corregirlo es tiempo perdido; opta por ser, como lo señala con precisión, indulgente. Tiene sus ventajas: permite que la reunión prosiga, de alguna manera deja que la arrogancia siga su curso y se evita un mal momento. De donde el término deviene un objeto interesante, de inmediato surgen situaciones en las que la palabra indulgencia puede aplicarse tanto a lo individual, se es indulgente con un niño, la Iglesia reparte indulgencias, al ser indulgencia se comprende un poco al otro y sus pretensiones y seguramente muchos aspectos más, como a lo social y político. Me queda resonando, por ahí es bueno ser indulgente, por ahí no, qué se gana siéndolo, qué se pierde o se arriesga no siéndolo. Tiene mucho atractivo cuando implica comprensión, lo es menos cuando pone en escena una superioridad. En resumen, la indulgencia es una papa caliente que puede ser comida con provecho o puede quemar el paladar, depende. Debo confesar que a veces lo soy, otras no; cuando escucho a cercanos que se expresan torpemente o tienen elementales faltas de ortografía, si no hacen de la ignorancia virtud, lo soy, pero de ninguna manera cuando peroran y emiten gruñidos reaccionarios y se jactan de su ignorancia; en esas ocasiones saco las garras y me olvido de que podría ser indulgente y ganar un poco más o perder un poco menos. No es frecuente en el medio en el que navego pero cuando escucho a un universitario o universitaria decir, por ejemplo, la “pesada herencia”, a la tristeza que me produce esa ineptitud se añade una pálida indulgencia, “pobrecito o pobrecita, miren las cosas que dice” y me quedo esperando otra tontería parecida si quien la emite lo hace ingenuamente; en ese caso, mi tristeza se convierte en ejercicio espiritual y deseo de salvar un ánima equivocada.

El aspecto de leona que se vio que CFK tenía cuando alegaba en el H. Senado de la Nación me suscitó una lectura de varios registros. Por empezar, su manera de encarar sin tapujos ni melindres la situación bélica en la que intentaban colocarla saltaba el cerco de lo común: palabra por palabra arremetía contra todas las insólitas humillaciones que le querían infligir, contratacaba con demoledora eficacia, sin omitir ninguna referencia al propósito que tenían los ataques de que era objeto. Me hizo evocar épocas remotas en las que en el Senado se habían escuchado voces igualmente vibrantes y condenatorias de políticas muy semejantes a la que ella estaba desnudando: Lisandro de la Torre y el intento de asesinato que culminó con la muerte de Bordabehere. Espacio trágico el del Senado, escenario de transacciones y de complicidades y en su centro esa presencia insólita, decidida y clara. Penséd, además, que si ese discurso indicaba el comienzo de una lucha o campaña electoral ella estaba asumiendo un compromiso grandioso, no podría sino proseguir en esa línea a la cual añadiría lo que viene después, dar la idea de capacidad para volver atrás de todo lo que este gobierno hizo para mal del país. Es obvio que el trato que le dispensaron esos jueces de cuarta, acorde con la necesidad de Macri et al. de destruirla, no puede sino tener esa apasionada respuesta de clásica envergadura clásica, un mujer sola que dice verdades con un arrebato que no excluye una argumentación, es como la imagen misma de la República o la de la libertad guiando al pueblo.

Apasionante novela policial, con toques de espionaje y revelaciones imprevistas y desconcertantes, la que nos está brindando el ya no tan escurridizo Marcelo D’Alessio. Él, que obligaba a cantar a sus presas, canta hasta lo inaudible, brotan de su trémula voz incidencias, surgen personajes, ni hablar el fiscal principal, deuteroagonista del relato, sino gente que pretende ser poderosa y que no es más que tramposa, burla en su existencia misma de lo que la política puede tener de claro y noble, esa matrona de provincia que ostenta falsos aires de princesa, esos periodistas untuosos con el poder, esos diputados inexistentes que votan como equinos lo que sus entrenadores le dictan. Debía haber creído que eso duraría siempre y ahora se está extinguiendo, de Puerto Madero a la mazmorra, no debe estar creyendo en lo que le pasa: debía pensar que los fiscales y los jueces eran pan comido y he aquí que hay uno, para su mala suerte, que le resultó un hueso duro de roer. Es comprensible en lo que debe estar sumido, golpeándose el brillante cráneo contra la dura pared de la maloliente celda, muy lejos de sus protectores reparos habituales, sin camionetas ni hoteles, sin poder acercarse a los crédulos y temerosos que aflojan al primer amague. No se cómo terminará la novela pero no veo más final que lo que toda novela policial prepara, o bien los personajes se matan entre sí, o bien todos van juntitos a las galeras o bien el juez probo es desplazado y ellos vuelven a disfrutar del aire puro de la extorsión.