por Noé Jitrik 

Es un hecho que el silencioso –hay que agradecerle que no hable- Rodríguez Larreta nos ha hecho la vida difícil a los porteños. Su afán “modernizante”, todo de golpe y a toda hora, no ha producido otra cosa que embotellamientos, cambios de ruta de los autobuses, desplazamiento de itinerarios, caminatas absurdas, sin contar con esos ataques a mano armada de los impuestos, los aumentos de todo tipo y pelaje y, sobre todo, un cambio de fisonomía de la ciudad semejante al de las operaciones plásticas que no salen del todo bien y generan rictus en los labios, eterna sorpresa en los ojos, estiramiento espectral en las mejillas, por no mencionar otras partes del cuerpo. Así está la ciudad y la pobre Avenida Corrientes que, después de más de un año de feroces intervenciones tiene un aspecto tristísimo, dividida en dos partes por algo semejante a un cantero cuyos bordes parecen una dentadura o un cardiograma. Pero el mayor despliegue de imaginación no fue ése sino la erección de varios paralelepípedos en la plena y desbaratada avenida 9 de julio, que otrora mostró palos borrachos, tipas y otras bellezas vernáculas, armoniosamente florecidas; uno de esos bodrios geométricos es un bloque de casi dos metros de largo y uno de ancho, como imitando el bloque de acero que aparece misteriosamente en 2001, una Odisea del espacio,la brillante película de Stanley Kubrick. ¿Qué tienen que hacer ahí esos bloques? ¿Qué? ¿Es la escultura urbana del futuro? La tristeza del cemento le ha sido propinada a la ciudad, y a nosotros, y al parecer nada podemos hacer, salvo imaginar que en algún momentos vamos a tirar todo abajo para ¿volver? ¿A qué? Simplemente a lo que era antes nuestra querida ciudad.

Los espacios libres de las paredes de Buenos Aires están prácticamente cubiertas por afiches en los que resplandece la cara de Guillermo Moreno. Parece que se postula como candidato a la presidencia: lo hace en nombre de la patria. Como lo vi muchas veces en la televisión no dudo de su fervor, lo cual lo distingue de otros postulantes, Mauricio Macri, por ejemplo, de cuyos sentimientos patrios tengo fuertes dudas. Pero no es cuestión de hacer comparaciones sino de considerar circunstancias: la actual, mediados de marzo de 2019, no me parece todavía adecuada para tal postulación, todavía no empezó el otoño. Lo que en cambio se puede inferir es que el antaño vehemente Secretario de Comercio gastó un platal para que la ciudadanía conociera su legítima pretensión. Por supuesto, sería de mi parte un acto de soberbia criticar su tan personal iniciativa y no lo haré pero vería como políticamente más adecuado que, contando con esa misma cantidad de dinero, lo hubiera aplicado a pegar carteles en los que exhibiera la pegajosa corrupción de los fiscales y los jueces que están carcomiendo con su vocación extorsiva lo poco de moral que le queda a esta devastada república.

Cada momento histórico, desde los más calmos a los más convulsos, genera personajes que parecen interpretar con su presencia lo central del acontecimiento; no porque sean voceros ni protagonistas de las decisiones sino por algo más sutil, algo así como “ser de un tiempo” y “en el tiempo”; pueden ser exitosos o derrotados, no importa, pueden ser beneficiarios o perdedores, tampoco importa: lo que importa es que hacen significar lo que puede ser la forma del tiempo. Tampoco resultan de un proceso de promoción, han sido llevados o levantados o han creído que desempeñan ese papel, lo que tampoco quiere decir que lo interpreten o si lo hacen sus interpretaciones no necesariamente son reveladoras o esclarecedoras, ni el momento en general ni de un acontecimiento en particular. Lo que creo que es indiscutible es que tales momentos poseen un perfil propio: no es el mismo en el período kirchnerista que en el macrista, en parte porque pasan otras cosas, en parte porque se manifiestan otros lenguajes y ni que decir otras acciones pero, más allá de todo ello, implican unidades de estilo bien diferenciadas. ¿Quiénes pueden ser esos personajes? No es fácil reconocerlos o describirlos porque provienen de ámbitos a veces antagónicos y porque en ocasiones también actúan. Aventuro un par de nombres: Beatriz Sarlo, convocada casi por toda clase de voces, a veces opinando con sensatez e inteligencia, a veces aventurando hipótesis discutibles pero siempre haciéndose oír; por razones y mecanismos muy diferentes, Alejandro Rozitchner, que cada vez que aparece encarna una manera de ser de lo que se llama “macrismo”, una entidad proteica, casi gelatinosa; tampoco es lo mismo Pablo Tonelli, que se presenta como un falso fiel de la balanza, identificado con la sublime esencia de los propósitos del propio Macri, profeta de estos tiempos, más de lo que podemos comprender a primera vista. Diría que en este elenco la infatigable Mirtha Legrand, que sobrevuela la contingencia, es un elemento definidor de la índole de la época, una mezcla de suficiencia y chatura intelectual, su soltura de comentadora hasta podría ser calificada de sensatez, atributo que no resiste el análisis. Habría que seguir indagando pero, para ello, habría que tener una idea clara de la rara situación en la que estamos y que suscita no precisamente admiración sino incomodidad y temor, el que podemos sentir cuando lo propio de este momento entra en acción.

Habrá pasado un tiempo hasta que estas notas sean publicadas y circulen; sin duda, parecerán convenientemente anacrónicas, en todo o en parte. No rehúyo este destino, no soy Roberto Arlt que publicaba sus “aguafuertes” todos los días; lo que observo y me queda como posiblemente elaborable sufre un proceso de maceración que atenta contra las exigencias de un actualismo para responder al cual carezco de los reflejos necesarios de modo que me resigno esperando que no obstante mis registros puedan tener un sentido pese a que no responden a preguntas del momento. Así, no puedo no hacer alguna reflexión sobre lo que fue el Segundo Congreso del Manifiesto Argentino. No sé si sus conclusiones apuntan a formas de acción novedosas, seguramente no; se seguirá tratando de bregar por dos o tres líneas de acción que están en curso, se precisará el objetivo de impedir que la banda que ocupa la Casa rosada pueda continuar, se contribuirá a la llamada “unidad” del campo popular, se robustecerá la creencia en y se apoyará lo que puede significar CFK, se procurará instalar una voz diferente, plural en su composición, crítica en su discurso, propositiva en sus demandas. Hasta ahí creo que llegamos y no está mal pero no cabe duda de que todo eso no atraviesa el muro, o sea que está dirigido al sector propio que, sin duda, comparte esas líneas de pensamiento y no al exterior a él, los que no se han puesto a reflexionar sobre lo que está pasando en el país, a los que parecen no haberse dado cuenta de que se avecina una profunda quiebra en todos los órdenes de la vida nacional, lo que para quienes sostuvimos lo que sostuvimos es intolerable. ¿Cómo atravesar ese muro? Gran incógnita de un orden mayúsculo, quizás la esperanza de que se esté produciendo esa apertura espontáneamente, las masas actúan por oleadas, la historia así lo ha mostrado aunque, no se puede ignorar, las líneas de fuerza que recorren la sociedad son novedosas, no es fácil calibrar lo que producen en el pensamiento y el sentimiento de tantos millones de personas.