por Noé Jitrik

Eso que llaman “la grieta” existe. ¿Fue un fenómeno natural, como la grieta de San Andrés que varias veces intentó destruir California? Nuestra grieta no debe ser natural, debe haber causas que no es difícil determinar, problema de sociólogos, economistas, comunicadores, sindicalistas, empresarios, opinadores, etcétera, no falta gente que se pregunte por eso. Pero en realidad no es más que una metáfora, por cierto, de lo que divide a la población argentina, tal vez no a la sociedad argentina cuyas estructuras incluyen a todos los protagonistas de la división: después de todo unos y otros, especuladores y ahorristas, tienen cuentas en los mismos bancos y van a los mismos restaurantes o a otros espacios de divertimiento. Es claro que compartir esos espacios provoca en unos, por la coexistencia con otros y a otros con unos, vehementes deseos de vomitar pero unos y otros se contienen o vomitan cuando nadie los ve. A veces, sin embargo, dolorosamente, eso se produce entre familiares y amigos que, antes de ese extraordinario fenómeno, se llevaban más que bien, conversaban, compartían gustos e intereses; en mi caso en particular, amor por la poesía, por las ideas, por el arte. La grieta aparece, casi inesperadamente, cuando uno de esos interlocutores, que uno creía o sentía como invulnerables a las tormentas exteriores, opta por juicios tan elementales, infundados y estúpidos, como “pesada herencia”, “se robaron todo”, “la bolsa de López”, y  niegan toda posibilidad de verificación y de análisis. ¿Qué hacer? ¿Buscar pruebas? Es una lástima, gente que en sí misma es lo que se dice “buena”, ilustrada, de alcances mentales y psicológicos apreciables y afectivamente sana, que haya caído en tamaño abismo. ¿Volverán alguna vez?

¿Hasta qué punto la economía determina “todo” lo que palpita en una sociedad? Que lo haga con lo político parece más que evidente, históricamente siempre, no es tan claro con la religión aunque lo es cada vez más, lo vamos viendo, pero ¿lo es en lo individual? ¿Determina la subjetividad, los sentimientos, las conductas? Desde que el psicoanálisis puso el acento en campos más profundos, el sueño, la libido, la temporalidad y la muerte, tal relación fue puesta en duda pero aun así, en momentos en que la economía de un país colapsa, se diría que aumenta la posibilidad de que nadie se salve y que el pensamiento se altere y se modifique más que lo habitual. Pero, en ocasiones, la Argentina desde 2016 en adelante, no es necesario llegar al colapso para que un pensamiento generalizado tome un rumbo economicista, lo cual se traduce en el instrumento del pensamiento y obviamente en el lenguaje, es como si en las lengua se imprimiera el signo pesos y en lo que dijeran ese signo diera forma a una opinión, a una reacción, a una injuria o a una adhesión. Una expresión como “es lo que hay”, muy empleada, casi explicativa, es un sucinto pero buen ejemplo de lo que intento señalar: lo práctico, lo inmediatamente visible, lo irrefutablemente real, el vencedor de la vieja contienda con el idealismo, la liquidación de todo argumento del pobre, la aceptación de la ley del más poderoso.

Mucha gente, disconforme, inquieta, malhumorada con las medidas que toma, a tontas y a locas pero siempre dañinas, este maltrecho gobierno, se pregunta por qué los afectados directamente por ellas no reaccionan con más vigor: se aumenta el precio del transporte y ahí va todo el mundo y paga el aumento sin chistar: ¡qué educación!; ciertos alimentos empiezan a ser prohibitivos y se compra menos pero se compra aunque no alcance, ¡qué docilidad! Entre tales malhumorados me cuento y tiendo a pensar que el ser humano es una mezcla, por un lado tropieza en la misma piedra varias veces, por el otro hace cosas que lo lastiman a sabiendas, vota por el que le está dando pateaduras hasta que su morral de paciencia está tan lleno que empieza a saquear negocios, a romper vidrieras, a enojarse hasta con quien no tiene nada que ver con su desgracia, ¡que se vayan todos! Puede ser, pero, hasta ahora, es sorprendente que eso suceda, tan sorprendente como, en muchos, una decidida voluntad a no enterarse acerca de lo que ha llevado y lleva a esos daños, cambia de canal y ya, todo sigue su curso, no pasa nada, déjenme tranquilo.

Discutimos, tratamos de comprender adónde va el país, barco a la deriva, y nosotros embarcados en él. No llegamos a gran cosa en estas conversaciones porque sigue flotando en el aire menos la responsabilidad que nos cabe porque hemos llegado a este punto que a lo que habría que hacer para que el barco no termine por hundirse a corto plazo y nosotros con él. Al menos todos los que, al menos, hablamos de lo que está pasando y algo expresamos acerca de cómo nos afecta, partimos de un acuerdo, esto va muy mal, es algo pero no lo suficiente, cada cual narra desdichados encuentros con diversos sujetos, desde taxistas ocasionales a empleados de almacén pasando por médicos y abogados y, lo peor, viejos amigos, y a todos nos pasa lo mismo, una desazón tanto por la cerrazón que algunos expresan como por la indolora indiferencia frente a lo que nos preocupa. Y, de paso, una pregunta insidiosa, ¿por qué nos preocupa tanto a algunos y a otros no? Y, más allá de tal reconfortante acuerdo, brota casi inevitablemente el germen de la disidencia, la dificultad de escuchar, la sobrevaloración de la interpretación. Se me ocurre, es una tentativa, que el malentendido se disipa si, y no hay más remedio, se trata de votar a alguien para iniciar una reparación de las averías que el llamado “macrismo” ha ocasionado en la máquina social: no es que se trate de un acuerdo perfecto, es provisorio y funciona pero, me temo, en primer lugar responde a una necesidad de una jefatura, un remanente del ancestral paternalismo y, luego, la autovaloración vuelve por sus fueros, la paciencia es corta, es poco probable que escuchemos lo que digan y hagan los demás, la lucha por “tener razón” parece borrar al enemigo, el enemigo empieza muy pronto a ser el que había sido amigo hasta hacía muy poco tiempo antes.

En los estantes de mis verdulerías ya no se encuentran duraznos ni ciruelas, señal inequívoca de que el verano concluyó; en adelante sólo nos ofrecerán manzanas, que duran un poco, y peras que no duran casi nada y las infaltables bananas que heroicas palmeras ecuatorianas y brasileñas ofrecen sin cesar: ni pensar en frutas tropicales: para comprar una papaya hay que ser muy rico o muy nostálgico, ni hablar de zapotes ni de pitaya, ni siquiera de guayabas. Nos espera, pues, un invierno después del paréntesis veraniego que hizo creer a muchos, como si vivieran en una película de Bergman o de Woody Allen, fiestas amorosas a la luz de la luna, que todo seguía siendo normal, vacaciones, darse ciertos gustos, relajarse, playas o sierras, asados, etcétera. Sobre el invierno nos lo había advertido el sagaz Alzogaray cuando dijo, proféticamente, “hay que pasar el invierno”, frase que no se atreve a emitir el Dujovne, mucho más vacilante, pero en la que aletea, no se puede negar, una esperanza, que, como toda esperanza, puede ser alentadora o vana, ésta más bien es vana. Para el conjunto de los mortales que transitan por este país la esperanza es que cese la depredación, para el “governo ladro” ganar las elecciones y rematar la obra destructiva que ha emprendido desde van a ser cuatro años. Hasta que el cuerpo aguante y vuelvan a aparecer, modestas y efímeras, las ciruelas, los duraznos, los damascos y las paltas y se nos vuelva a presentar el palpitante problema de qué vamos a hacer en las vacaciones.

Raúl Dorra, excelente amigo y admirado escritor, expertísimo conocedor de la poesía gauchesca y de otras oralidades poéticas populares, se asombra de que nadie haya establecido una relación entre el éxito editorial del libro de Cristina Fernández de Kirchner y el que en su momento tuvo el Martín Fierro: no sólo enorme cantidad de volúmenes sino una repercusión popular, salvando las distancia, semejante al que está teniendo Sinceramente. Evidentemente, pone el acento en el carácter literario de ambos textos y en el fenómeno de la lectura, en ambos casos extraordinario. No es que discrepe con ese punto de vista pero yo lo vi instalado más bien en una interesante tradición política: la autora, parece no caber duda, aparece en un momento político importante, puede ser –quizás cuando esta reflexión aparezca ya se habrá definido- candidata nada menos que a la presidencia de la Nación, lo cual tiene de cabeza a quienes desean que así sea como a los que desean lo contrario. En esa tradición se me ocurren dos nombres: Arturo Frondizi, en primer lugar, que en la inminencia de la caída del peronismo, escribió y publicó Petróleo y Política, un libro que fue un factor muy importante para su candidatura poco tiempo después; que haya sido pensado de ese modo quizás lo prueba el hecho de que una vez llegado a ese apetecido sitial hizo todo lo contrario de lo que consideraba en el libro. No puedo abrir juicio pero tampoco dejar de invocar nada menos que a Sarmiento: en la inminencia de la presidencia reeditó el Facundopero suprimiendo la última parte, en la que había trazado las líneas de acción para un país futuro: no quería que se discutiera ese punto sino que el poder del texto hiciera pensar, no sin fundamento, en quien había escrito un libro tan poderoso. Creo que el libro de CFK está situado en ese cruce pero en un contexto muy diferente de los que mencioné; coincide con ellos en la confianza en el libro concebido como arma política, más contundente y eficaz que declaraciones, denuncias, ataques, pero más digno, porque se ofrece como objeto de reflexión, que burdas formulaciones, Bolsonaro y otros especímenes, que pese a su miseria intelectual y su inequívoca maldad, también son eficaces pero, desde luego, indignos.