por Noé Jitrik

No por decisión, y menos por gusto, vi de pronto en la pantalla de mi máquina a Mirtha Legrand que, según sé, come siempre en público presidiendo una mesa en la que personajes de diverso pelaje emiten juicios sagaces, que ella invita a hacer, sobre los más calientes aspectos de la vida política nacional. Pude haberme ido, una película de Cantinflas es mucho más atractiva, pero me quedé porque una de las invitadas era Susana Rinaldi, una persona que me cae no sólo simpática sino que exhibe otras dos cualidades: fue o es una excelente cantante y, por otra parte, es socialista, lo declara y suena bastante raro en estos momentos del país. Hablaba y lo que decía era interesante porque lo hacía desde ella misma, no narrando sus experiencias y si le había ido bien o mal en las funciones que había desempeñado, notoriamente en París como agregada cultural o algo semejante, sino mediante una inflexión subjetiva que poca gente logra transmitir, en general quienes hablan en los medios pontifican, no se arriesgan, parecen poseedores de verdades que suelen ser pegajosos lugares comunes. La escuché y lo que dijo me pareció atinado: durante los gobiernos Kirchner a casi todo el país le había ido bien mientras que ahora a casi todo el país le va mal. La dueña de casa, se le veía en la cara, no estaba contenta, debía pensar que le había ofrecido comer no para eso de modo que, de pronto, de manera terminante, dijo la frase más sabia, inteligente y brillante que sacudió la conciencia nacional en los últimos tres años y medio: “No podrás negar que se robaron todo”. Rinaldi cometió un error, en lugar de decirle que eso era completamente estúpido le dijo “No me consta, vos tampoco tenés ninguna prueba de que eso haya ocurrido”. Otro invitado, Marcos Munstock, ex o todavía Luthier, terció en la trivial discusión; “es un hecho, se robaron todo, nadie lo discute”. Casi apago pero seguí un rato y la paciencia rindió sus frutos: instado por Rinaldi dijo que, en efecto, no tenía pruebas pero no las necesitaba porque creía en quienes lo afirmaban. Me quedé pasmado pero lo que añadió me aclaró eso y muchas otras situaciones: “uno elige a quien le cree”. Creo que comprendí que eso que llamaba estupidez era en realidad creencia y que a la creencia no se le pide más que eso, que se crea. No sé por qué se me ocurren estas cosas: pensé en Juan Bautista Alberdi y en el título de su texto, Peregrinación de Luz del Día o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo.

Cuando este Fragmento aparezca las aguas se habrán aquietado y la aparición en público de la fórmula “Fernández-Fernández” ya no será interpretada sino que jugará en la contienda electoral, ya veremos cómo lo hace. Pero ahora, mediados de mayo, pocos han quedado al margen de lo que provocó. Hay diferencias, hay coincidencias, entusiasmos y amarguras y, desde luego, enfrentamientos y tableros que se han movido nerviosamente sin que la sangre haya brotado todavía en ese sensible sector llamado “mercado”. Se me ocurre, ahora, uno de esos enfrentamientos, entre la estrategia “Durán Barba” y la estrategia “CFK”: no soy el único en pensar que aquella sufrió un golpe, creo que bastante duro así sea porque no había previsto la jugada. ¿En qué se basa la de Durán Barba? Es fácil adivinarla: la “gente” piensa, cree o quiere pocas y elementales cosas, ése es el punto, no le importa el “sueño”, ni siquiera el de su propio bienestar. La de CFK en la sorpresa, el juego de ingenio, el despertar. Estimo que esta lectura puede no ser compartida, no me molesta que eso ocurra pero se me ocurre algo más: el juego de ingenio se ha manifestado en una especie de símil de una partida de ajedrez. Es una simplificación, desde luego, pero me atrevo a pensar que puede ser útil. Primero un peón que instala en el primer movimiento una indecisión: el silencio de Cristina; el enemigo no lo combate, porque no pasa nada pero los peones que mueve van para otro lado, los rumores, las denuncias, los medios, etcétera. Segundo movimiento un alfil, salto inesperado: el libro, a quién se le ocurrió que podía elegir ese camino, al enemigo nunca, es poco menos que iletrado, se queda absorto, los pocos movimientos que hace son forzados, no sabe qué decir. Tercer movimiento una torre: la reunión con la cúpula del PJ después de 15 años de ausencia, tanto hablar de unidad, por qué no se unen y ahí está, sonriente, en medio de los que deben unirse aunque no se sabe bien en torno a qué, las torres son lineales, rompen, ejecutan, el enemigo, en cambio tiene que lidiar con los resultados de su juego y un frente interno que no parece muy unitario. Cuarto movimiento la dama: ponerse en segundo plano, aparente, y decidir en gran estilo, con renunciamiento (aparente), con generosidad pero, como lo hacen las damas, tocando muchas posibilidades. El enemigo no reacciona, no tiene ninguna novedad que ofrecer, ni siquiera “Macri-Vidal”, como contrapropuesta y menos “Macri-Carrió” o “Macri-Bullrich”. Falta un quinto movimiento, el rey. En octubre se verá si hay jaque mate. Es muy probable que lo haya, juego tan articulado es difícil que no llegue al final.

Hay algo que reconocerle al fiscal (¿ex?) Stornelli, es su capacidad de eludir; es un excelente ejemplo de autodefensa aunque, y ahí está el dilema, hasta dónde y con qué artimañas. Tiene a su favor el enrevesado discurso abogadil pero como no se entiende bien puede atraparlo en sus vaguedades y asfixiarlo, es poco probable que salvo ese francés que había robado un banco y que logró escapar de la policía durante más de veinte años, alguien, por más fiscal que sea, pueda fugarse sin término. Si los hermanos Lanatta, pese a su apellido, fueron capturados, el fiscal, que desdichadamente no tiene un apellido tan salvador como aquél, terminará por caer. Es claro que esto puede suceder y no se puede prever cómo ni cuándo de modo que renuncio a conjeturar y, en compensación de mi incapacidad, me detengo en la persona, en la personalidad, como se lo quiera entender. Tiendo a creer que el interés que algo así me despierta no se reduciría sólo a él, todo el grupo humano en el que ocupa un lugar destacado es objeto de curiosidad, y no porque exhiban alguna cualidad excepcional: el interés que suscita radica en eso, no siendo nada extraordinarios los miembros de ese grupo han logrado posiciones de poder que no cualquiera consigue. Stornelli es especial, pone la cara, el nervioso intento de perseguir a una mujer, a “esa” mujer, se le ha convertido en misión pero, mala suerte para él, su tentativa tropieza con algunos obstáculos. ¿Debido a su personalidad? En todo caso, me interesa detenerme en eso aunque no tengo demasiados elementos de juicio, nunca pensé en él, sólo ahora y no mucho, de modo que improvisaré un poco, en esta época casi todo el mundo improvisa. El apellido empieza por ser distorsionado: nadie dice “Stornelli” sino “Estornelli”, lo cual debe ser perturbador y molesto: se tiende a separar las sílabas, entre “Esto”, que es un pronombre demostrativo aunque, en el caso, no demuestra nada pero se comprende y “rtornelli”, que si bien no significa nada remite a algo que regresa. Vaya uno a saber qué. Por otro lado, su lenguaje suele ser áspero, no oculta lo que tiene de desagradable: ¿por qué querrá desagradar? Eso le quita seducción y ahí debe haber alguna pista. A simple vista, no tiene la pinta de Ramos Padilla, lo cual más bien puede irritarle, pero tampoco la de D’Alessio, que lo dejó en la estacada, y ni siquiera la del finado Nisman, con cuya gesta debe haberse identificado. Y que eso puede ser un problema se advierte en los celos que, no es un misterio, experimentó respecto del exmarido de su mujer. Inseguridades, sin  duda: ¿se lo querrá lo suficiente no obstante la in-seducción que irradia? ¿Será esa inseguridad la que le impide enfrentarse con el elegante juez de Dolores? Interesante personalidad, no puedo menos que emparentarlo con personajes dostoyevskianos que por inseguridad hacen cosas terribles que les impiden mirarse en el espejo.

En una película sobre Juan Sebastian Bach hay una escena extraordinaria: se lo ve en su estudio a Felix Mendelssohn, sentado junto al piano, apoya las manos en el teclado, las saca, anota algo en un pautado, regresa, en suma compone. De pronto, un personaje a quien hemos visto en un mercado callejero comprando carne, le muestra el papel en el que estaba envuelta el trozo cocinable: ¡increíble! Es una partitura que el músico recorre con la vista y reconoce, es nada menos que La pasión según San Mateo. No importa lo que hace ni tampoco su reacción, importa otra cosa que me parece relevante: la atmósfera en la que está trabajando y en la que pasan al menos dos cosas prodigiosas, una la del descubrimiento, la otra la de su propia creación. Esa atmósfera, que parece natural, es un logro de la civilización: si se piensa en el lugar en el que Spinoza escribía, casi una cueva, lo que vemos es una conquista, el derecho y la posibilidad de un trabajo admitido, reconocido y aceptado socialmente, el artista necesita de esas condiciones para trabajar, también el artesano, también el obrero, también todos los seres humanos. Pero, desde luego, ese derecho puede ser suspendido o anulado por una invasión del exterior: ¿podían los artistas alemanes que no habían huido del nazismo trabajar tranquilos en sus estudios? Situación extrema pero que propone un problema moral en todo tiempo: ¿cómo conciliar lo propio, que necesita de ciertas condiciones para producirse con lo que ocurre fuera, la felicidad o la desdicha? Parece ser una cuestión de responsabilidad moral cuya resolución no debería implicar un cese de esa producción y de su significación en la economía social. No estamos aquí en una situación análoga a la del nazismo o el stalinismo, esto no es Camboya, pero algo está sucediendo, lo percibo en la conversación en el medio en el que me muevo: desde que el macrismo puso sus garras en la sociabilidad nacional difícilmente hablamos, cuando nos encontramos con amigos o con semejantes, de lo que estamos haciendo o queremos hacer o hemos hecho, de lo que hemos leído y, peor aún, de lo que hemos pensado, o visto o soñado, todo eso, que es lo nuestro, desaparece velozmente, todo se refiere al malestar, todo gira en torno a la alternativa, todos los dilemas se reducen a qué va a pasar en Octubre, si hasta Massa ha llegado a ser un tema. Esa deseada atmósfera es un deseo o un recuerdo: eso, al menos, el macrismo lo consiguió.