por Noé Jitrik

 

Nos hemos cansado de mofarnos de la manera en que habla Macri; al comienzo, se le atribuía el tradicional “la papa en la boca” pero luego, sin duda gracias a algún esforzado especialista, como el que le corrigió la tartamudez al rey de Inglaterra salvándolo del ridículo –la gente es implacable y se burla de los tartamudos-, parece articular mucho mejor lo que hace que se deje de ver cómo habla para reparar en lo que dice. Y ahí, en ese terreno, se advierte que el vocabulario y la sintaxis no son su fuerte. A su modo, arruina el idioma porque, dada su investidura debería ser autoridad, debería mostrar que la riqueza del idioma se corresponde con las otras riquezas que son su fuerte, pero eso no sucede, sigue siendo rico en otra clase de bienes pero no en el idioma, notoriamente empobrecido durante su mandato. Sin duda, muchos considerarán esta merma lingüística como resultado de un déficit personal, falta de buenas lecturas, falta de la disposición al aprendizaje, pero no creo demasiado en esa interpretación. Más bien, me parece que el empobrecimiento del lenguaje fue y es un capítulo en el manual estratégico del macrismo: Durán Barba, indiscutible maestro de la plana mayor de Cambiemos, lo dijo con toda claridad, “a la gente no le interesan las ideas sino cosas muy simples, nada de complicaciones” de donde empobrecer el idioma es una consecuencia natural. Un grupo mediocre, un lenguaje mediocre, unos seguidores mediocres, ¡en qué mundo vivimos! Pero eso no es lo único, ni lo peor: lo peor es cómo otros usos también masacran el lenguaje de diverso modo: el que se desconozca totalmente el uso del potencial, en la televisión, en la política y hasta en la literatura, es como una bacteria corrosiva; que se haga un culto de la letra “e”, como si fuera una diosa que acabaría con las desigualdades más brutales que existen; que proliferen las “x” y las “@” que tienen un efecto de tartamudez lectora, como replicando la del Presidente, que se infecten los discursos con palabrejas provenientes de jergas norteamericanas, que se suponga que todo el mundo tiene que pescar las alusiones rockeras y futbolísticas, todo eso, en fin, ataca el mayor bien de que dispone el género humano, una vez que renunció, hace milenios, al grito y convirtió el murmullo en palabras.

La palabra “diario” que utilicé para los fragmentos que vengo publicando indica el carácter ocasional de los temas que abordo, me ofrece una gran libertad tanto porque me permite usar la primera persona, ese “yo” que es muy cuestionable en otro tipo de textos, más regulares, como en la precisión de las citas y referencias que, por lo general, proceden de la memoria. Eso es una ventaja, porque la supone, a la memoria, intacta, y un riesgo porque en muchas ocasiones lo que proporciona es incorrecto, equivocado, tergiversado, la memoria es así, un laboratorio dudoso, no un archivo severo e impecable. Es lo que me ha sucedido en el Fragmento 19 tal como me lo observa mi buen amigo Adrián Desiderato. Aludo ahí a una película de Bergman, Luz de invierno, que me procuró y que veo con gran interés y advierto que lo que dije acerca del personaje citado, Max von Sidow, no es correcto: no está perturbado porque se maten misioneros cristianos en Asia o África sino porque los chinos se preparan para acabar con el mundo entero. Por añadidura, yo lo dejé en el puro deseo de suicidarse y, en cambio, se suicida. Además, Adrián me dice que Pavese “No se pegó un tiro (como lo dije yo); terminó en la bañera de un hotel, lleno de somníferos o se cortó las venas, o ambos”. De todos modos, sigue siendo válida mi reflexión acerca de la desesperación y del suicidio y, algo más, me llevó a volver a ver esa extraordinaria película: el “silencio de Dios” como el mayor de los sufrimientos. Me imagino que esta idea recorre toda la obra de Bergman así como la de “qué es Dios”, sin respuesta, soledad,  desamparo, en un paisaje desolado, cubierto de nieve y en el cual los personajes se mueven como fantasmas, agotada la pasión, sin destino. Pero todo eso, con ser impresionante, es poco en relación con otro mensaje que deja la película, el rigor con el que todo eso se trata. Y de eso, justamente, se trata: diría que el rigor es lo que nos puede salvar de la mediocridad y de la incertidumbre y del silencio de Dios (a quienes quisieran escuchar su palabra). Me estoy refiriendo, como creo que se puede comprender, al desaliento que parece ser el efecto que este vendaval que sacude la Argentina ha provocado. El rigor en lo que se hace, el rigor en lo que se piensa.

A raíz de los nerviosos movimientos de los políticos del día 10 de Junio, no faltaron preguntas acerca del significado que podía tener sobre todo la ocurrencia de Macri, o sea su decisión de incorporar a Pichetto a la fórmula presidencial. Puedo registrar tres corrientes de opinión: según la primera esto no cambia lo que puede suceder en Octubre, o sea que no se sabe; de acuerdo con la segunda, Macri puede ser reelegido; para la tercera, se impone Fernández-Fernández. A mí me gustaría tan sólo esperar los acontecimientos, apoyado en mi teoría, no muy novedosa, de que la decisión final la tiene la masa cuyos movimientos y decisiones dependen de múltiples e imponderables factores, puede optar por un camino u otro de modo tal que, y es lo único que se puede esperar, dé lugar a intentos de explicación que dan de comer a politólogos, encuestadores, periodistas, parroquianos de los cafés y miembros de los equipos que están detrás de los políticos, para felicitarlos o consolarlos o explicarles qué errores cometieron. Sin embargo, no es inútil notar que la opción Macri sería una nueva versión del “Vice” traidor, Cobos a Cristina, Pichetto también a Cristina, aunque dado el alcance de su decisión es difícil que traicione a Macri. Lo cual remite a una tradición bastante universal: los traicionables han sido siempre quienes han estado a la izquierda, la derecha no conoce traidores. Supongo que se ha estudiado el fenómeno. Me atrevo a una hipótesis: haber optado por lo que implica una izquierda, cualquiera, no viene sin un sentimiento de culpa por lo que implica de ruptura, de abandono de un sistema inherente a un primario estar en una sociedad; algunos, hay casos, un Trotski por dar un ejemplo, no sienten esa culpa y por lo tanto siguen fieles a su opción; otros no aguantan y vuelven al redil, no sólo Cobos nos ofrece un ejemplo pero hay otros, muy numerosos, el propio Pichetto aunque lo que traicionan no es tampoco una opción tan radical como ser traidor al comunismo. Es evidente que eso no ocurre en el mundo derechista, no hay culpa porque no hay abandono, se es coherente desde la cuna a la tumba; la tranquilidad que eso ofrece es más que apreciada, confirma el orden de las cosas y la inmovilidad del mundo.

Como nos estamos aproximando a las elecciones generales me parece que conjeturar acerca de lo que puede ocurrir es natural y previsible. Claro que hay diversas maneras de conjeturar; la primera responde a la estructura del deseo, o sea quisiera que con el cambio que se avecina se aborden y resuelvan todos los pendientes que dejará una administración tan deficiente como corrupta; la segunda a la del temor, o sea mi temor a que todo siga igual sea quien fuere que asuma la responsabilidad de gobernar; la tercera, ligada a la precedente, a que la inoperancia entre en escena y la ocupe y que, por lo tanto, otra frustración ensombrezca, más que antes, los ánimos. Hay tanto por arreglar que el mecánico que quiera hacerlo, creo que será la dupla F-F, se verá en figurillas y necesitará de mucho coraje para satisfacer mi deseo que, supongo, es el de millones. Y algo más: una reflexión como ésta se hace en la soledad, ignoro si se produce en otros lugares pero sería necesario que se haga. ¿Para qué? Pues para que nos prevenga de idealizaciones y no obture un espíritu crítico que me parece imprescindible para que la dupla en cuestión pueda objetivar como condición de un hacer. Puede ser que eso suceda por un simple razón: si a mí, que estoy solo, se me ocurre es más que probable que también a otros, sobre todo a quienes tienen que tomar las decisiones para que el fantasma de la frustración se retire a cuarteles de un invierno que deseo que sea prolongado.

Es muy posible que pronto eso que, todavía, se llama “macrismo” se diluya y que se deje de hablar de ello como se ha venido haciendo hasta ahora. Puede parecer que gente como yo, hay unos cuantos, no tienen otra cosa en la cabeza, pronto la cabeza tendrá que llenarse con otras gestiones si, como todo parece indicarlo hoy 15 de junio de 2019, Macri no será ni siquiera historia. ¿Cristinismo, otra vez? ¿O Albertismo? Para muchos es previsible que eso suceda por el simple hecho de que Alberto Fernández ocupará, como lo espero, el lugar de enunciación predominante, no en vano el sistema, “presidencialista”, lo tiene previsto. ¿Qué dirá? ¿Lo que, vox populi, muchos estamos esperando o algo nuevo y diferente? Si es así, ¿diferente de qué? ¿Qué será lo primero que anunciará? Es probable que se refiera a lo más obvio de la catástrofe actual, la deuda, lo que acarreará previsibles reacciones, ¿habrá necesariamente que pagar, cuándo y cómo? ¿O, antes, enunciará las cuestiones que acechan el presente y el futuro del país? ¿Y cuáles son? El territorio amenazado por la depredación, la soja y las inundaciones, los bosques y la producción, los glaciares y el agua, la vida diaria de la masa de indigentes, pobres y desamparados y las amenazas sobre la riqueza ictícola, el envenenamiento de los campos y las desmedidas ganancias de los especuladores y las familias del poder, los usos de la prensa y sus complicidades espurias, la recomposición del aparato educativo y científico, en fin, como para elegir. ¿Con qué debutará? Con parte o con todo, de una u otra manera será histórico. Puede ser pero, si no, espero que me sorprenda y vaya más lejos, la imaginación es una ancha avenida por la que algunos circulan ágil y rápidamente y otros no. Pero, sea lo que fuere, lo que permitirá creer que un discurso que asuma todo o parte de todas esas cuestiones, y tantas otras cuya enumeración ahorro, sea trascendente y efectivo será la fuerza que lo sostenga, el pueblo, desde luego, fuente del poder y razón de ser de la vida de una sociedad.