por Noé Jitrik

Las palabras, es un hecho conocido, son como los cuerpos: nacen, tienen una vida útil y mueren. Pero mientras viven y son empleadas con provecho se agrupan en esa entidad que se conoce como idioma,

algo que caracteriza a una comunidad y es el vehículo de su cultura; correlativamente, un cultura consciente de lo que posee lo cuida, lo preserva, se complace con sus frutos, no sólo la poesía y la literatura sino la comunicación, lo que permite comprobar la humanidad de quienes residen en ella. En consecuencia, para evitar la muerte que las acecha el idioma toma sus precauciones, las reglas de uso que, para que permitan, como a los cuerpos, que vivan felices, pletóricas, que gocen de buena salud, se respaldan en cierta lógica, las reglas no son arbitrarias, como no lo son las indicaciones médicas para los cuerpos. Pero el uso desmedido, excesivo y torpe, como ocurre con los cuerpos, las va desgastando, sirven cada vez menos hasta que terminan por morir: debe haber por ahí un cementerio de palabras muertas. Se trata entonces de cuidarlas con amor para posponer su muerte lo más posible, en la certeza de que los atentados contra ellas son constantes. Tengo la impresión de que en el campo de lo que se llama “política” es donde dichos atentados son más frecuentes. Enumero algunos, registrables en estos últimos años: la repetición, el lugar común, la emocionalidad, el énfasis, la alteración fonética, los extranjerismos, las analogías, el achatamiento expresivo y debe haber mucho más. Lo que se instaló en el país, en una palabra, el “macrismo”, es un collar de estos atentados lo cual merece una explicación, o al menos un intento: se instaló pero no sólo en la Casa Rosada sino en el imaginario de muchos que acaso sin saberlo y sin creerlo lo aceptaron, incluidos quienes piensan que declarando su distancia respecto de lo que hizo y hace, o sea de su política, atentan igualmente con el mismo efecto devastador contra el idioma y las palabras: jergas exclusivistas, palabras modificadas, sintaxis dislocada, una batería que excluye toda posibilidad de giro mental. ¿Hay relación entre un vendaval político y fenómenos que, aparentemente, creen encontrar su fundamento en cuestiones que no tendrían ninguna relación? Dejo abierto el problema. Veremos.

Usamos una cantidad de términos en la suposición de que sabemos de qué estamos hablando. Por ejemplo la palabra “democracia” que parecía muy clara cuando contrastaba con “dictadura” pero no lo es tanto cuando la dictadura desapareció, ¿fue vencida? Y había que considerar su alcance. En principio, implicaba recuperar la institucionalidad, es antidemocrático quien atenta contra las reglas institucionales que, en principio, garantizan la convivencia y la marcha de un país pero, al parecer eso no es suficiente pues si, como se sabe, quiere decir “fuerza” o “poder” del “pueblo”, tal poder se reduce a elegir, cada tanto, a quienes deben hacerse cargo de dicha convivencia y dicha marcha; pero, se ve, hay abundantes experiencias al respecto, que esos elegidos no necesariamente cumplen con esa misión, razón por la cual la democracia vacila, no es lo que se esperaba de ella.  Eso, lo que se espera, es el otro aspecto del concepto de democracia: garantizar el bienestar de una población, su seguridad y su porvenir: si no es eso la palabra empieza a sonar a hueco, invocarla en esas condiciones puede llegar a ser siniestro, más vale descreer. Desde los griegos, que inventaron la palabra, se ha tratado de reflexionar sobre lo   que es en la práctica y lo que debería ser y mucho no se ha adelantado: nos resignamos y, por lo menos, pareciera que alcanza con que sea el mero respeto a las instituciones ya que no haya demasiado fraude en las elecciones. En cuanto al bienestar le agradecemos a la democracia si aumenta un poquito, aunque sea penosamente, y abominamos de ella si retrocede y estamos peor: cuando hay gente a la que se le mezquinan derechos elementales de qué bienestar se puede hablar y, por lo tanto, qué importa si es democracia o qué es. ¿Cuesta mucho advertir que en este momento histórico todo tiembla y que se valen de la democracia muchos que le están quitando el sentido? Votaremos pronto, por supuesto, y ojalá terminemos, al menos aquí y en este momento de nuestra vida, con el intento más cenagoso de reducirla a cáscara que hemos conocido en este país.

Insistir en que las marionetas de los Pichetto y los Assef son actos de traición es creer, por contraste, que la política es un espacio definido por la honestidad, la sinceridad, el desprendimiento, la vocación, la fidelidad y muchas otras virtudes. Me resisto a calificarlos tan tajantemente y quiero creer que las decisiones que tomaron tienen algo de shakespereano, aunque sólo de la primera parte de las tragedias en las que abundan gestos definidos como traiciones; es posible que cuando Macbeth o Ricardo Tercero se aprestan en el primer acto a conseguir lo que anhelan la escena haya inspirado a nuestros pichones de traidores pero también es posible que se hayan retirado del teatro al final del primer acto y no se hayan dado cuenta de cómo terminan.Tal vez no entienden que se trata de traiciones y no es fácil explicarles el concepto porque ellos simplemente quieren y lo buscan donde piensan que reside, viven en un sistema cuya lógica intrínseca, su razón de ser, es precisamente eso, tratar de tener como sea para lo cual hay que buscarlo donde está y siempre está en otra parte: la traición sería, entonces, un movimiento, una marcha, un ir de un sitio que se  creía que iba a dar –el kirchnerismo en un caso y Espert en el otro- y no da a otro que se piensa que va a dar –el macrismo. Lo notable es la naturalidad con que se dan estos casos, que no han de ser los únicos: quienes se pasan deben haber sentido que vivían, engañándose, en miserables ranchos y que no tienen por qué nadar sufriendo penurias y se van a golpear en las puertas de palacios en la esperanza de que les permitan entrar y tener lo que quieren tener.

Insoportable es lo que está pasando en el mundo: cientos de niños están recluidos en campamentos en Irak esperando que los destinen a algún lugar humano; son hijos de derrotados combatientes europeos que se enrolaron, por llamarlo de alguna manera, en el terrorífico Califato Islámico que distribuyó la muerte en el rincón del mundo que está entre Irak y Siria. Llegaron de varios países, fueron varios miles que pensaron que al combatir en ese lugar entrarían al reino del munificente y generoso Alá. Se fueron con todo, o sea con sus hijos pequeños, creyeron que ese reino debía y podía estar en la tierra y al parecer no resultó. El saldo son esos niños que están a la deriva, nadie los quiere, no pueden reclamar nacionalidades, perdidas por sus padres, qué será de ellos, por qué tendrán que pagar. Intolerable situación. Ése es el mundo de hoy, infierno en la tierra.