En la última semana de Septiembre se dio a conocer una extensa entrevista que le hicieron a Horacio González. Numerosos asuntos dan lugar a respuestas siempre sutiles, perfectamente articuladas. Siempre admiré el vuelo del pensamiento de H.G. y esta ocasión vuelve a confirmar un pensamiento potente del cual se diría, por lo menos, que no es común ni corriente; merecería, por lo tanto, una lectura equivalente o, al menos, capaz de captar el mundo que está detrás: la inteligencia es eso, una expresión y una vibración  secreta que, percibida, sostiene un sentido. Contrariamente a la norma propia del momento cultural en el que vivimos, que indica que no hay que hacer caso de lo que hace pensar, se produjo un revuelo de comentarios pocas veces visto: los grandes diarios y la televisión, en boca de sus comentaristas más jugados, se levantaron como leche hervida y, casi unánimemente, le saltaron a la yugular. Pero no por la totalidad de sus respuestas ni por los temas abordados sino por una frase, como sí sólo se hubiera lanzado al precipicio por ello y, como si todo lo demás no hubiera existido. Aquí está la frase: “Sino que tiene que ser una historia dura y dramática, que incorpore una valoración te diría positiva de la guerrilla de los años 70 y que escape un poco de los estudios sociales que hoy la ven como una elección desviada, peligrosa e inaceptable”. Sé, pero no lo voy a buscar, que alguien  le cambió algún término y que esas almas buenas e impolutas, devotas de la paz y la armonía celestial, la reprodujeron, la comentaron, la reprobaron, se indignaron, le adjudicaron a González una reivindicación de la horrible guerrilla que tanto daño le hizo a un país pacífico, amante de la paz y otras cualidades igualmente impecables. Fue un clarísimo ejemplo de lo que es una lectura coja, deficiente y ni que decir, que ve lo que quiere ver, tan torpe que llega a internarse en el abismo de la idiotez. ¿Hay que aclararlo? ¿Hay que explicarle al idiota que lo es? Soy profesor y en mí es incontenible enseñar; por ejemplo, que para un  historiador los hechos que sacudieron a una sociedad no desaparecen porque no gustan y porque como hechos generan rechazo –eso es la guerrilla- no se debe ni siquiera mencionarlos; para esos indignados, “valoración” es equivalente a “estima”, no a objeto de estudio y derecho epistemológico a cuestionar maneras de considerar para las que adjetivos estrepitosos bastan. Confunden metodología de historiador con ética de politicastro. Obviamente, la guerrilla existió, como existió Julio César, Napoleón, Hitler, Pol Pot, Stalin pero también el Ghetto de Varsovia, la Inquisición y tantas otras incomodidades históricas; sé que a muchos españoles no les gusta que se hable de lo que hizo Hernán Cortés con Moctezuma, ¿impedirá eso que se le aplique “una historia dura y dramática que incorpore una “valoración positiva” que escape un poco de los estudios sociales…”? ¿Se indignaron cuando brotaron como hongos venenosos los negacionistas de los campos nazis de exterminio? ¿Se indignaron cuando la consorte de un militar condenado por toda clase de crímenes salió a reivindicar la dictadura militar argentina arrastrando a un grupo de delirantes? Ni soñar, vivimos en democracia y Biondini puede usar bigotitos pero guerrilla no, ¡qué horror!

A medida que se aproximan los momentos de las grandes decisiones, o sea las elecciones, se hacen más evidentes las grandes líneas de lo que está en juego. Lo primero que me salta a la vista es lo que puede pasar según quién pierda: si el macrismo pierde es grave para ese conjunto: perdería los negocios que hace gracias al manejo del Estado; si la oposición pierde lo que le queda es un recomienzo, o sea seguir como hasta ahora; si, en cambio, el macrismo gana no es la oposición quien pierde sino el país, no parece que hubiera otro futuro en esa perspectiva; si gana la oposición, es más que probable que el país recupere la razón, en la certeza de que el gobierno macrista es un terrible delirio, y despierte de una pesadilla difícil de comprender. No es lo único a señalar, en las argumentaciones que se esgrimen hay diferencias: el oficialismo promete un venturoso y extraño bienestar, tocado de sufrimiento, tan en general que no se sabe qué parte le va a tocar a cada uno, la de disfrutar o la de sufrir, más o menos lo mismo que está haciendo ahora en particular; además ataca a la oposición cuyos voceros no serían meros antagonistas sino redomados delincuentes, mediante vagas y genéricas acusaciones que incluyen lo personal y que expresan sin ningún freno sus acólitos, los diligentes Majul, Leuco Sr. y Leuco Jr. y otros miembros de la caterva.  La oposición intenta analizar, una lluvia de cifras sostiene su crítica, la comparación entre lo prometido y el cumplimiento, con lo cual muestra cierto, equivocado, a mi juicio, respeto. Enigma: ¿a quién y a cuántos convencerá el discurso M? ¿A quién el discurso F? 11 de agosto: respuesta a todas esas preguntas, valía la pena hacerlas.

Borges imaginó a un gaucho cuyo ahijado le clava un traicionero puñal: “Pero ché”, moribundo, atina a decir el viejo. Borges señala que lo mismo le dijo Julio César a su ahijado Bruto en el instante supremo de la traición, “Tu quoque, Brute, filimi”. O sea que las situaciones y los temas, o sea la historia, se repiten. También para nosotros aunque no sólo con ese tema. Ahora lo pienso en relación con Cincinato, dos veces providencial dictador de Roma: tranquilo en su campo, arando él mismo la tierra, los senadores romanos lo llaman para que salve la República. Responde y lo hace y luego vuelve a su campo, no reclama nada, ni siquiera la gloria. Tenemos aquí, entre nosotros, un aspirante a Cincinato: José Luis Espert. Habla como si lo estuvieran llamando para salvar a la República, no por sus méritos sino seguramente porque es calvo y parece una estatua latina aunque no amenaza con retirarse al campo sino con ganar las elecciones. Cincinato no hablaba y era honrado, no pedía nada, Espert no lo sé y habla con una seguridad apabullante, para él arreglar el desmadre macrista es cosa de nada. Se le parece en el sentido de que espera que lo llamen, o sea que lo voten, pero me parece que ese llamado no se producirá por el momento aunque quién sabe.

Si decides en otros lugares que no tienes nada que ver con lo que está ocurriendo en tu propio país, tal decisión puede tener una lógica que no se podría refutar y que correspondería a una especie de estar en el mundo que algunos, haciéndole un flaco favor al concepto, designarían como individualista, si, como se han esforzado por fundamentarlo, desde el solitario Sócrates hasta casi todos los filósofos modernos, pasando por las religiones, la causa y el objetivo del “estar” en el mundo es el individuo: si no se trata del individuo en la lucha social ¿de qué se trata? Esa indiferencia que, reiterando, aparece como “individualismo”, atenta contra la subjetividad y la perturba, la confunde, en última instancia lo que parecía una garantía de sobrevivencia en un mundo hostil se convierte en el enemigo más implacable de quien trataba de preservarse. Para otros, menos seguros de sí mismos, tal cosa no es real, es un poco tonta, no tiene demasiado sentido, es una barrera para, por lo menos, alguna comprensión de lo que es lo que a cada uno de los seres que viven en el planetales corresponde para que la vida tenga un sentido y sea digna de ser vivida. Tal vez aquellos, los que munidos de indiferencia creen que se están salvando de las desdichas que afligen a un sociedad, sean un poco menos, así lo sugiere, si no lo indica, la última elección por la que hemos pasado, el vuelco, la toma de conciencia, en suma la decisión.

Pasan cosas donde uno hace su vida e ignorarlas puede tener consecuencias. Me refiero al episodio de la escalada del dólar de la segunda semana de agosto: puede haber concluido, puede volver a producirse, nadie lo puede asegurar. Lo que sí puede decirse es que ha provocado un derrame interpretativo de diversos alcances, cuyo núcleo es el hecho de que el derrotero que, devastador como un tornado, esa prestigiosa y fortachona moneda siguió, se debe a ciertas causas según el gobierno y a otras según la gente que piensa con otro criterio, o quizás sólo de sentido común o de buen sentido. Interpreto que en esta perspectiva se supone que ese desborde responde, para los partidarios del gobierno y del grupo especulativo que hace lo que quiere con las financias nacionales, a que el dólar está sempiternamente atrasado y que eso demora, vista esta opinión con benevolencia, el presunto desarrollo que la sabia dirección del gobierno persigue. Mi manera de ver el episodio –no es la primera vez en mi vida que algo así sucede, unas cuatro veces perdí todo lo que había penosamente ahorrado en circunstancias semejantes es otra, o que lo veo de otra manera: imagino que no el dólar, que la mayoría del pueblo no tiene y casi ni conoce, sino el tema del dólar se ha esparcido por sobre la sociedad con una miasma que tapa lo que concierne a la vida común y corriente de la sociedad. Quizás en lo inmediato no se sienta, como cuando aumenta la contaminación en la atmósfera, pero muy pronto las consecuencias no tardan en producirse, como siempre ha ocurrido, dentro de un día o dos días o tres días. Pero ¿qué digo que no se sepa, absolutamente obvio? A pesar de ello me choca que se hable en términos de “dólar normal”, como que se piense que la vida puede llegar a ser normal después de una peste. Para algunos el dólar es una entidad casi religiosa que rige los destinos de países que no atinan a encontrar en sus propios recursos la cifra de su desarrollo y de su bienestar; como el nuestro, que en estos días, no tiene idea de qué debe hacer y pone todas sus esperanzas en lo que deparará el mes de Octubre. Hago mis votos en silencio para que así suceda aunque no imagino, por el momento, cómo se podrá hacer.