No sólo un brutal policía que mediante una patada causó la muerte de un pobre hombre y unos custodios de un supermercado más o menos lo mismo de un anciano que no había pagado un pedazo de queso a mediados de Agosto, poco antes de las elecciones, sino sobre todo y también una creciente exhibición de la eficiencia policial ya muy evidente en la gestión macrista, indican que algo está pasando en esta sociedad, más allá del sentido general que tiene eso que llamé “gestión”. Creo que todo eso, cuyo carácter amenazante es correlativo de la declinación de una atmósfera de convivencia y razonabilidad respecto de lo anómalo, que hace del procedimiento un modo de vida, tiene la sinuosa intención de ordenarnos, de que no nos creamos que podemos ir y venir por todos lados como querramos. Nos indican que nos encaminamos hacia una sociedad autoritaria en la cual tenemos que explicar todo lo que hacemos o dejamos hacer y en la que por cada cosa tenemos que pagar, se acabó el sueño de lo gratis, si no tienes con qué pagar qué estás haciendo aquí, alguien te podrá propinar la patada final.

Me gratificó saber que Alberto Fernández, que en este agosto se está moviendo como si el día tuviera 30 horas, sigue dando sus clases en la Facultad. No creo que con eso consiga más votos, seguro que ya tiene, pero no por eso, los de sus alumnos, sino que seguir respondiendo a su compromiso universitario habla de una situación que conozco muy bien, renunciar al contacto con los jóvenes no es cosa de un maestro. No es fácil explicar semejante sentimiento a quien establece y mantiene relaciones con los demás, incluidas las familiares, ésta es única y muy especial, quienes pertenecemos a ese universo lo sentimos y lo sabemos muy bien. Y si bien, dado lo que le espera como uso del tiempo, bien podría justificar que deje este compromiso, el que por ahora no lo haga lo diferencia, no imagino a Espert ni a Gómez Centurión ni, por supuesto, a Macri, pero sí a Lavagna, enfrentando semejante dilema. Espero, igualmente, lo que sería excepcional pero extraordinario, que siguiera haciéndolo después, si llegara ser, como lo espero, Presidente.

Debate entre candidatos a Presidente o algo semejante; pálida impresión que, sin embargo, ha dado lugar a varios ríos de tinta. Quién ganó, Fernández para unos, Macri para otros y, sobre unos y otros, la celebración a del Caño por su actuación. El conjunto me pareció una mesa redonda como pudo haber tenido lugar en un canal de televisión, con la diferencia de la cantidad de gente que puede haberla seguido y que, no faltaba más, debe haber dado lugar a opiniones diversas. Me quedé pensando, tratando de describir el conjunto, parte por parte o, mejor dicho, participantes. Dos de ellos, Espert y Gómez Centurión, de quienes no falta que se diga que expresaron con más claridad lo que piensa Macri y que Macri no dice del todo, acaso porque no tienen nada que ganar, proclamaron su fe en el liberalismo pero, en realidad, proclamaron un protofascismo, en la mejor tradición ciega y sorda del fascismo vernáculo. Lavagna hizo lo que pudo fingiendo que la racionalidad es todavía posible en un país arrasado por la torpeza intelectual: en vano, sólo Fernández pudo cosechar algo de su intervención, lo más general, innegable, aunque para los demás inconducente. Del Caño se libertó de cortapisas, tampoco tenía mucho que perder, y chantó verdades que, como dice Martín Fierro, todos conocen pero nadie cantó: lógicamente tuvo que cosechar aplausos, incluidos los de aquellos que se ríen de sus ideas, no hay nada como decir las cosas bien. Macri debe haber creído que los maravillosos logros de su gestión le cerrarían la boca a sus contendores y, por supuesto, a esos millones de personas que no le creen ni siquiera cuando quiere tomar agua. Fernández –su estrategia era visible- no entró en ninguno de los juegos que todos, menos Lavagna e incluso tenuemente él, intentaron meterlo, acusaciones, ataques semivelados a Cristina y al kirchnerismo, y se concentró en demoler a Macri, cosa que tal vez no logró del todo por culpa, seguramente, del formato del llamado debate. Planeó en el conjunto la idea, en forma de sobreentendido, de que el gobierno de Cristina fue un desastre, algunos, como yo, habrían deseado que Fernández refutara pero no lo hizo, fiel a su estrategia, quién sabe si tenía razón. En suma, más matices de lo que parece, veremos si el 27 de octubre los números indican que tal debate tuvo que ver, si incidió.

Estoy admirado por un fenómeno único que en gran medida le debemos a Macri: la cantidad de programas políticos que saturan unos cuantos canales de televisión y otras tantas, o más, radios. Antes no era así, lo que no significa que viviéramos en la inocencia sino que no nos exigía tanto o no era tan dramático estar al día, ahora es como que el viaje del diario a la pantalla constituye un deber moral. En parte todo mi agradecimiento a esos esforzados periodistas, no a todos ni mucho menos, que desgranan las cifras de la infamia con tanta firmeza como capacidad de repetición. Agobiante: después de una jornada de escucha leer el diario al día siguiente se hace inútil, es lo mismo y cada día, salvo el resto de información que queda. ¿Qué me queda además del desaliento que produce inevitablemente la repetición? Es un machaqueo sobre mi paciencia, sin embargo indispensable para que los millones de escuchas retengan algo de la perturbadora realidad. Yo podría dispensarme un paréntesis, ir a otro lado pero, obsesivo, permanezco, me lleno cifras que no digiero del todo bien pero que son verdaderas: lo que me queda es seguir razonando, tratando de comprender la médula, el hueso, la esencia de lo que está sucediendo. Pero ¿no lo estaré haciendo con instrumentos viejos? ¿No será que mi pensamiento tiene un componente ético que no me deja ver otras cosas, necesidades de respuestas, gigantescas presiones, el mundo que se precipita sobre este país? Puede ser y me resigno, no tengo otro modo, pero me alienta el hecho de que no debo ser el único que tiene estas dudas, bien puede que los que están muy seguros por ahí están ciegos y pueden, si no huyen antes, caer en el precipicio antes que nosotros.

Una niña, campesina, delgada y vehemente, sintió un día del año 1431, no se sabe si antes de irse a dormir junto a las vacas o las gallinas, o al despertar, que tenía que hacer algo por su país ocupado por esos detestables sajones que posteriormente serían los ingleses. Tenía que salvar a Francia, una verdadera misión en la que empezó a poner todas sus fuerzas; lo primero, para esa empresa, era convencer a sus paisanos de que había que coronar a un príncipe para lo cual, con palabra flamígera e invocaciones a Dios y María Santísima, había que armar un ejército a cuyo frente, inexplicablemente, se puso. Ese príncipe, que a su vez salvaría al país, fue su objeto adorable pero, lamentablemente, algunos, con cierto poder, no compartieron su fervor y terminó incinerada. Se llamaba Juana de Arco y no mucho después de su ardiente final fue canonizada y consagrada como la encarnación del reino de Francia, esa nube que empezó a disiparse en 1789 cuando las turbas se quedaron con la cabeza de los reyes. Constituyó un modelo pero que no parece haber sido muy seguido en lo que va del siglo 15 a nuestros días, salvo en esta lejana región del mundo conocida como República Argentina: gracias a Dios y a la Santísima asistimos deslumbrados a la contundente presencia de una Elisa, no una Juana, que defiende con palabra demoledora no a un Rey, que por desgracia no hay, sino a un mero Presidente, que por desgracia hay. Hay algunos matices diferenciales con aquélla: no es delgada, no es una jovencita, no es campesina, no maneja bien el idioma pero, en cambio, se ha propuesto como aquélla una misión, la “Republica” mancillada a la que quiere redimir, el Macri Salvador y eterno, una “Verdad” argentina que nos pondrá de pie frente a un torpe mundo que no comprende lo que ella, antes de acostarse o al levantarse, tuvo tan claro como el sacrificio de Cristo un santo día del año 2007 del Señor. Nadie la llama, “La virgencita chaqueña”, siguiendo la suerte de la otra (“La doncella de Orléans”), sino,  más laicamente, “Doctora”, pero no le hace, las grandes líneas son las mismas, y las hogueras, acaso, también.

Creo que pese a la oleada de críticas y acusaciones que desde antes de las PASO, pero sobre todo después, han caído sobre “Cambiemos”, nombre que es toda una incitación, en particular sobre su profeta e inspirador, no le hemos reconocido un mérito que no se le puede negar: ha permitido que determinadas personas, tal vez no muchas, se hayan encontrado con su destino, no es poca cosa; como se verá, no me refiero a los desempleados, aunque en parte también, aquellos que no encontraron ni encontrarán empleo y por ahí terminarán, si no lo están haciendo ya, durmiendo en los portales, sino a ciertos personajes que durante toda su vida buscaron dónde podían llegar a ser y por fin lo lograron aunque el logro implique una verdad que no habrían creído posible mientras buscaban. Notorio es el caso, me parece, de Patricia Bullrich, cuya meteórica carrera no se entiende muy bien pero ahí está para desconcierto de los incrédulos: ligada a los Montoneros en los años de plomo, poco después revista en la Juventud Peronista, es cafierista para casi en seguida entrar en las huestes capitaneadas por Elisa Carrió y luego ocupar cargos importantesen el gobierno de de la Rúa hasta hacerse imprescindible en el de Macri. Esta carta es posible que sea la última y no es de triunfo si, como todo parece indicarlo, Macri será muy pronto desvaído recuerdo. ¿Qué hará entonces? Es improbable que Alberto Fernández le brinde otra resurrección aunque es muy de ella intentarlo. Si lo logra la biografía seguirá abierta, si no, desaparecerá, se habrá encontrado con su destino, la verdad que estuvo buscando, la nada. Como tantos otros que porque fueron sacados de las cavernas por Macri discurseaban como si hubieran estado destinados a los grandes destinos: el destino que les espera es, me temo, la nada, o la fuga, o el regreso a la anterior oscuridad, a quién se le va a ocurrir que un Prat-Gay pueda reaparecer, o un Dujovne, o una Michetti.