Por Noé Jitrik

Después de numerosas lecturas de Facundo, me queda una frase que da que pensar. Dice algo como más o menos esto, cito de memoria: “El inmortal bandido no ha muerto. Queda en las tradiciones y en los modos de ser”. Lo relaciono con el macrismo: derrotado en las urnas, sin embargo, y no por ese 40% del que se jactan sus sacerdotes, no sólo no ha muerto sino que seguramente prepara sus armas para volver. ¿Cuáles son esas armas? Las mismas que emplearon antes del 2015 pero eso es menos importante que lo que significa y que un gobierno progresista tendría que combatir. Significa, nada menos, que una idea de país y de sociedad, arraigada y tenaz, basada en privilegios y en exclusiones, no va a aflojar tranquilamente. Y no es la figura de Macri, quizás descartable por fracasada y fallida, sino esa convicción, esa idea que viene de lejos y rebrota después de sufrir algún fracaso, como fue el kirchnerismo; puede cambiar de forma y de discurso pero es improbable que renuncie a lo que le da sentido. No hay un “todos” para ello, puede fingir en un primer momento que lo acepta pero no tardará mucho en recuperar el camino. Y si por el lado económico  no convence ni arrastra, por el lado simbólico lo logra, el fantasma de Cristina arrastra más que el costo de la vida, la pérdida de la soberanía, el poder concentrado, un mundo de ricos, a costa de un colchón de pobres. Creo que ahí está el problema y que el período que se abre lo tendrá que considerar y encontrar la forma de neutralizarlo. No es tan sencillo.

Quienes hayan visto esa serie titulada “Breaking Bad” deben considerar que se trata, como parece evidente, no sólo del narco y su mundo, sino también del proceso mental de un hombre que pone todo su talento para aprovecharse de ese mundo pero que no tiene otro remedio que envilecerse. Pero hay más cosas, de ahí la inteligencia de la serie. Rescato una: cuando su mujer se entera de que su marido anda en ésas se espanta, se quiere separar de él, no quiere saber nada con los montones de dólares que guarda como producto de la droga pero, de repente, cambia y empieza a pensar pragmáticamente, algo así como “ya que están hagamos que sirvan para algo”. Ese algo es un lavadero de coches que le parece buen negocio, se lava, se cobra y no se informa; le tiene puesto el ojo a uno que funciona bien, se acerca y le propone al dueño que se lo venda; ese buen hombre se niega, le gusta lo que hace, no necesita venderlo. Ella, ingeniosa, se las arregla para obligarlo: con la ayuda de algún delincuente rompe un caño o un ducto, ya no recuerdo qué, y lo denuncia a las autoridades que, prestamente, verifican y le aplican una multa de dimensiones que, obviamente, ese afligido dueño no puede pagar. Vende y por mucho menos de lo que le habían ofrecido inicialmente. ¿No describe esta situación con brutal delicadeza la moral del capitalismo? Sostener con palabrería que la competencia es su base ética pero tratar de eliminarla valiéndose de todos los medios que el ingenio puede procurar, arruinar al competidor es casi la ley primera. ¿No es lo que pasó con los teléfonos, por dar un solo ejemplo, durante el menemato, cuando Neustadt hablaba de la pobre Doña Rosa? Funcionaban tan pero tan mal que hubo que venderlos ¿y a quién? Dejo colgando la respuesta que, en cambio, me parece clara en el tema de Aerolíneas Argentinas: se compite con la empresa en una guerra feroz de precios, de inmediato se denuncian sus formidables déficits y entonces qué se puede hacer. Obvia respuesta: vender y quién, obvia respuesta, puede ser el comprador, obvia respuesta, aquellos que emprendieron la guerra de los precios y que este comprensivo gobierno ayuda y a lo mejor hasta alberga.

En cada momento político, a condición de que tenga un perfil muy definido, brotan personajes que si bien no son necesariamente sus representantes son en cambio sus emergentes. Inesperados, son como flores que pueden brotar en un terreno inundado y que antes estaba seco. Esto ocurrió cuando el primer peronismo nada menos que con Eva Duarte: ¿alguien podía prever que una modesta actriz podría llegar a desempeñar el papel que desempeñó? Habría que recorrer muchos momentos semejantes para descubrir a esas figuras emergentes pero no vale la pena, nos limitamos a mirar con asombro cuando los vemos. Sucedió en el momento de Menem: brotó Julia Alzogaray, aunque hubo más, Gustavo Béliz por ejemplo, de la noche a la mañana fue estrella en ese firmamento y, en el momento de de La Rúa, un Lopérfido, un poco menos brillante. ¿Quién habrá surgido en el momento kirchnerista y luego en el macrista, propicios, uno y otro, para que desconocidos o imprevisibles se convirtieran en personajes si no representativos por lo menos destacados en algún sentido, no necesariamente el mejor? No quisiera creerlo pero estoy empezando a creer que Beatriz Sarlo es una de esas figuras: no parecía al comenzó cuando alternaba su bien ganado prestigio como profesora y crítica literaria con manifestaciones de mero fastidio por lo que consideraba excesos, o les atribuía ese rasgo, de la gestión de Cristina Kirchner y en lo que no se diferenciaba mucho, salvo en la prosa, con el sentir de los bienpensantes que, en cambio, aullaban sus disconformidades en los cacerolazos del Barrio Norte. Buena fórmula para hacerse oír y hacer que sus opiniones encontraran cabida en diarios y otros medios. Se trataba de hacerse indispensable y, correlativamente, de hacer creer que si no se la invitaba o no se la escuchaba se cometía un grave error, esa mezcla de ponderación y rechazo fue indiscutiblemente exitosa. ¿Será por eso que Alberto Fernández la trata, en interminables minutos de entrevista, como si fuera alguien del mismo barrio político, atiende a sus insinuaciones y hasta desarrolla propósitos e intenciones como para convencerla? ¿Será por eso que casi inmediatamente después, como para que no la confundan, aparece en una foto con Patricia Bullrich y un par de señoras enjundiosas y versátiles como Norma Morandini y otra Fernández, la Meijide? Todas muy presentables y representaciones de esa clase media que no aguanta piquetes, que no sufre el alza inexorable de los precios, que pone su corazón en el dólar y que hace de la pérdida de la memoria una fuerza que tiene en la persona de los Macris su encarnación más triste. Me pregunto con qué medios discursivos ella encarará lo que puede pasar en el país si los FF llegan al Gobierno; quizás surjan otras figuras que opaquen la suya, nuevos jueces de un nuevo y difícil proceso que, sin duda, será objeto de múltiples rechazos sobre todo si encuentra modos de reparar los daños que deja un gobierno que tiene los movimientos de un borracho que no sabe que se embriagó.

No carecen de cierto dramatismo las espectaculares decisiones de Miguel ángel Pichetto. No es lo mismo que se puede observar en las de Elisa Carrió que, después de todo, no tenía ninguna razón para no convertirse en la musa del macrismo aunque, desde luego, no es precisamente poesía lo que sale de su humanidad. A Pichetto lo veo en su incontenible emoción cuando Cobos dijo su histórica frase, “Voto no positivo”, era como si asistiera a la caída de Roma cuando llegaron los bárbaros; también lo veo en su contenido silencio cuando Macri le gana a Scioli por un magro dos por ciento y, luego, por cómo parece ir de suyo que siga encabezando las huestes kirchneristas en el Senado así como siendo cada vez más, pero sin renunciar a antiguas fidelidades, un prosélito de la gobernabilidad que, se sabe, exige moderación y la defensa de grandes valores aunque en la que solicitaba el macrismo fueran ambiguos o directamente perversos. Se veía que una lucha de pasiones desencadenaba lo que concernía a Cristina, no podía condenarse si ayudaba a defenestrarla pero tampoco le salía considerar como falsos y fabricados los pseudo argumentos con que se buscaba liquidarla. Se sabe: termina más que acercarse fundirse con el macrismo y encuentra, quizás en el arcón de sus pensamientos y deseos, los girones de ideología con los que exhibe lo que seguramente siempre pensó pero contuvo y reprimió, Cristina mediante. En el fondo, tal vez no le importa tanto si el comunismo se viene y si los bolivianos van a los hospitales argentinos, tampoco, a lo mejor, si el FMI se lo come todo, sino Cristina, la sonrisa que nunca obtuvo, la aprobación que le faltó y que lo dejó huérfano. Cristina o nada lo define, qué tragedia.

A propósito, la expresión FMI y su correlato teórico, el llamado “neoliberalismo”, son mencionados, qué duda cabe, hasta la náusea en los llamados medios. Tanto que en realidad no se sabe qué son estrictamente hablando aunque se sabe el peso que tienen y lo que resulta de ellos. Esa presencia está obteniendo dos respuestas; una, muy enérgica, es un repudio, que no compite, cuestión de estilos nacionales, con la que obtiene en Ecuador pero de todos modos es evidente, con argumentación, con lluvia de cifras, con conexiones catastróficas, lo que se quiera; la otra, más silenciosa o pálida pero que cuenta con el sofocado fervor del aparato de gobierno intenta seguir imponiéndose casi como una “forma mentis”, o sea estructura de pensamiento. No lo discuto, me aburre pese a su trascendencia pero trato de verlo de otro modo, aunque es imposible verlo positivamente. Se me ocurre que es, FMI y neoliberalismo, como una especie de enorme y oscuro manto que se ha tendido sobre el país, no es el único, y que no lo deja respirar; intenta cubrir todo, instituciones por cierto pero también gente, personas, hábitos, imaginaciones, deseos, modos de comunicación, perspectivas, proyectos, intercambio; visto así, como compensación al ahogo que produce, promete un mundo indefinido y amorfo, casi reptilineo, un tumulto de supermercados y tiendas de lujo, un espejismo de dinero, una pesadilla presentada como un ideal. La pregunta no se hace esperar: ¿terminará su obra y todos seremos deformes criaturas sólo comprensibles como imágenes de televisión o el rechazo nos devolverá la forma humana? Ecuador, Ecuador, ancha avenida, ven a nosotros y ayúdanos a resistir. Chile, largo pétalo, ¡ayúdanos! Bolivia, ¡no puede ser!.