por Noé Jitrik 

Es un buen hombre y lo quiero bien. Nos conocemos desde hace más de 25 años y siempre nos hemos entendido en anécdotas, cuestiones de familia y resolución de problemas que plantea una casa que tengo desde hace más o menos la misma fecha. Siempre escucha con atención y buena disposición pero en ocasiones sus esfuerzos van para otro lado. Siempre conversamos pero para no entrar en cuestión evité, como pude, que formulara grandes verdades como, por ejemplo, que nunca la Argentina había estado peor que entonces, 2010, más o menos, con Cristina en el poder. Argumentos no había y, por el contrario, no le iba mal pero para qué pedirle argumentos. Sé qué votó por Macri pero también que admite que ahora las cosas no van bien, es de los que desean que todo mejore. Precisamente sobre el punto empezó a hablar: un albañil que estaba trabajando y ganando bien de pronto anunció que renunciaba; interrogado por el patrón, acaso quería mejor paga, dijo que no era eso, era algo muy simple: ¿para qué tenía que seguir trabajando si con cinco hijos que recibían la asignación familiar y su esposa que tenía un sueldo apreciable el dinero que entraba mensualmente bastaba y sobraba; con alguna changuita todo su tiempo era para él? Aleccionadora historia: lo que pasa en este país es que no se quiere trabajar, les basta a esos sujetos los planes y las asignaciones para pasarla bien. Generalización dramática del buen hombre; si a ello se le añade la delincuencia el panorama está completo, el país está como la mona, aunque por cierto hay que tener en cuenta lo que roban los gobiernos. Ahí me detengo y le digo, como ejemplo nomás, que la familia Macri le debe al Estado por el asunto del correo una fortuna, “hay que cobrarles” asiente pero de inmediato que Cristina devuelva los dos mil millones de dólares que acumuló durante su gobierno. Mis dudas sobre tan fenomenal latrocinio no detienen sus ataques, olvidado de la familia Macri, y me explica que se llevaban el dinero en bolsas, él mismo había visto tamaña operación. ¿Y los 300 mil millones de dólares que están en el exterior? No se conmovió con la cifra y siguió diciendo que Cristina, su hija y otros llevaban plata a carradas, hasta Tinelli lo mostraba. Abandoné la conversación no sin proponerle un razonamiento sencillo sobre el robo de tales cantidades pero lo más importante es que comprendí, si antes no lo había hecho, que frente a lo que muestra la televisión no hay razonamiento que valga, a menos, claro, que le corten la luz por falta de pago, no pueda ver más por televisión a los periodistas que le informaron lo de las bolsas, no pueda sostener más su casa y venga a pedirme ayuda después haberle sido negado un plan, como el del albañil del cuento.

He observado, no sin desconcierto, que algunos colegas, universitarios, escritores, políticos, se han manifestado escépticos y aún molestos, por el eco que ha suscitado en el mundo literario la inesperada aparición de unos “Cuadernos”, designación modesta, cuyo autor, un desconocido taxista llamado Oscar Centeno, dio a conocer por medio del prestigioso diario La Nación. Entiendo que, acostumbrados a que los taxistas suelen prodigar demoledoras, y hasta perspicaces, opiniones sobre temperatura, circulación urbana y política, o sea exhibiendo virtudes de oralidad, les parezca insólito que uno de ellos haya escrito: en el viejo conflicto entre oralidad y escritura no supieron cómo pasar de un campo a otro sin desmedro de ninguno de los dos. Habrá que lamentarlo porque dejaron de lado un aspecto de extraordinario valor para una literatura viva: la espontaneidad. De modo que viendo las cosas desde otra perspectiva, el escrito de Centeno, manuscrito por añadidura lo cual añade un aspecto afectivo muy importante, exhibe ante todo una virtud de registración minuciosa, consigna horas, minutos, lugares y personas siguiendo la fundamental norma de un costumbrismo desnudo que consiste en que el observador no sólo describe gestos y objetos, bolsas por ejemplo, sino que introduciéndose en la psiquis de sus personajes describe intenciones y añade interpretaciones sagaces, la `principal es que se trata de dinero, tema príncipe de la mejor literatura política. Lo hace con un lenguaje despojado de metáforas pero no de riqueza terminológica: verbos como “ponderar”, “sustantivos como “circunstancia” y un buen uso de preposiciones y conjunciones indican una frecuentación de los clásicos de la lengua, sin desdeñar por ello inflexiones provenientes de la filosofía existencialista heideggeriana, tales como por ejemplo la perentoria cuestión del tiempo y la muerte y, complementariamente, la foucaultiana del castigo. Es de celebrar que lectores reconocidamente competentes, como Abel Posse y Alberto Manguel hayan recomendado con entusiasmo su ingreso a la Academia de Letras.

Encuentro en una casa construida casi sobre un cerro y cuyos dueños son jóvenes animosos que la pelean en un medio bastante reducido, un pueblo serrano, algo apagado. Sostienen un programa de radio donde entre comentarios muy ingeniosos, bromas y buena música intentan que sus voces alteren en algo la pachorra de los vecinos, comportamiento que tiene relación con el ”pasarla bien”, callar frente a todo lo que está pasando, suponer que siempre fue así y que todos los gobiernos procedieron de la misma manera, o sea robando. Guillermo y Maximiliano se esfuerzan, convocan también a Oliverio y desgranan situaciones con un espíritu crítico conmovedor. Están haciendo algo raro: no desprecian la inteligencia, la propia y la de quienes pueden escucharlos y, sin embargo, en la conversación conmigo, Guillermo no ve la salida entendiendo por ello una acción posible en un medio que parece resignado o indiferente a tamaño problema. Desánimo, pues, acerca de lo que se hay que hacer en lo que se ha instaurado en el país. La situación me parece reveladora, supongo que es bastante general. Podría definirla como una inercia respecto del futuro: quieren lo mejor para sus niños pero no les transmiten ningún fuego futuro. Aletea, seguramente, sobre ellos, esa respuesta que se dio en el país acerca de que la deuda externa la pagarán “nuestros hijos y nuestros nietos”. ¿Eso es un futuro?

Se me ocurrió de pronto que Macri reprodujo, claro que sin saber que lo hacía, una idea, un proyecto y un conjunto de acciones inspiradas en Lenin, desde luego con una muy otra finalidad: instauró una especie muy particular de comunismo pero al revés. Cuando lo dije pareció un despropósito que obligaba a una explicación, “¿Macri como Lenin, qué es eso”? Muy simple, ambos han tenido como objetivo a un “todos”, Lenin beneficiarlos, Macri, ingeniosamente, “joderlos”. Menos a algunos, por cierto, su familia, los Caputo, los Peña, los Lombardi, los Quintana et al., un grupo que se cree ganador porque no pierde una si se trata de quitarle al resto la poca sangre que le queda. ¡Pero comunismo!