por Noé Jitrik 

Tuve la suerte de asistir a una serie de reuniones, llamadas, un tanto sarcásticamente, académicas, en las que la pasé muy bien; discursos atinados y certeros, gente talentosa e interesada, apasionada, en lo que hacen y piensan, algo semejante a un esquema de mundo basado en la relación con la palabra, la inteligencia y la bondad, por qué no decirlo. En todas ellas predominio de mujeres, minoría de varones: esa ecuación (me) crea una atmósfera especial, mi manera de sentir la belleza, en los cuerpos y en los movimientos y hasta en la atención. Se discute, desde luego, se compite desde luego, pero para el orden de mis sensaciones eso no cuenta demasiado, lo que cuenta es un mundo real, de corta duración, y un mundo posible, regido por, para decirlo brevemente, la belleza. No me es extraña esa sensación: me despierto cada mañana acompañado por una melodía que se me ha fijado la víspera, una canción que no necesito tararear porque si lo hiciera la arruinaría, una acometida del último Brahms escuchado, la voz de mis hijos, la sonrisa sonora de mis amigos. Pero también abro el diario y leo y entiendo parcialmente pero también comprendo que el mundo que esa lectura me presenta intenta liquidar al otro: no sólo los ruidosos conflictos en los que chapotean buenos, luchadores sociales, víctimas de la expoliación estatal, y malos, asesinos de niñas, violadores, torturadores, tramposos y estafadores y, sobre todo, las caras y las actuaciones de los “tres chiflados” actuales, no aquellos que nos divertían tanto: Trump, Macri, Bolsonaro, primeras figuras de un mundo que intenta destruir el mío. Tiemblo: me veo en un tribunal integrado por esos tres; no sé de qué me acusan pero me miran fijamente y en coro me dicen, “tendrás que aceptarlo, lo tuyo no tiene ningún valor”.

Desde hace un tiempo la palabra “fango” me asedia, se me precipita: no necesito explicar por qué, la realidad, tal como se presenta a mis ojos -no sé cómo lo hace con mis vecinos o con la gente que pasa por la calle-, me suscita ese sustantivo que más bien parece un adjetivo. Irrespirable, abyecto, pegajoso. Supongo que todos sabemos no sólo lo que es sino lo que produce cuando entramos en contacto con él; no es barro sino algo más, capaz de engendrar cosas, hongos u otras excrecencias que, por supuesto, no tienen el carácter de los que nacen en la tierra después de la lluvia: ni siquiera son venenosos, sólo son repugnantes. ¿Moralmente repugnantes? Por ahí va la cosa y por eso me viene a la mente, reiteradamente, la palabra. Imagino que la sociedad es un lago: de pronto, las aguas se estancan y ahí bacterias que estaban a la espera se desarrollan, se genera el fango y los hongos culminan el proceso. No me parece necesario explicar por qué lo digo: esta sociedad, el mundo entero, salvo escasos lugares donde fluyen tranquilas las aguas de la vida social, está estancada y lo que brota son seres monstruosos, anómalos que, por añadidura, toman el poder, millones de seres, como esas bacterias, se ponen en acción, votan y ahí estamos, chapoteando. Deprimente.

Casi todas las personas con las que me crucé en las últimas semanas predecían que Bolsoignaro ganaría las elecciones en Brasil. Con todas intenté razonar a partir de una hipótesis que fui construyendo durante años, al observar grandes vuelcos de opinión. Me parecía que al dar por un hecho ese triunfo lo estaban aceptando y contribuyendo, sin quererlo desde luego, a que la predicción se realizara. Mis argumentos me parecían sólidos, no se puede saber lo que pasa en la cabeza de millones de personas, las masas se mueven como las olas del mar y así siguiendo. Como es notorio fallé, como tantas otras veces. Me pregunto por esta costumbre, o manía, de ir contra la corriente en materia de opinión política: ¿ingenuidad de mi parte? ¿falta de inteligencia política? ¿o arrogancia? Ninguna de estas tres posibilidades me gusta pero el hecho de fallar siempre tiene un sentido, quizás lo política, como campo de interpretación, no es lo mío: darme cuenta podría llegar a hacerme más cauteloso pero lo dudo, predecir es una tentación, una especie de embriaguez. No debo ser el único en entregarme a ese vicio.

Un amigo me comenta que trató de llegar a un consultorio en el Hospital de Clínicas, esa antigua joya de la Universidad que ni siquiera intentan privatizar dado el deterioro imparable que lo aflige: ascensores que no andan, paredes descascaradas, grietas por todos lados, multitudes que tratan de llegar a los buenos médicos que no se entiende cómo hacen para seguir trabajando. Parece imposible ponerlo en las condiciones en que hospitales universitarios de otros países funcionan como corresponde: la salud pública no parece asediar las noches de quienes sostienen a la Universidad, o sea al Gobierno nacional. No puedo menos que considerar esta desidia como una cuestión de criterio, basta una simple comparación con la fiebre urbanística más que evidente que está complicando la vida porteña y en la que, es también evidente, pone todas sus esfuerzos electorales la actual administración, para advertirlo: en los innecesarios arreglos de la avenida Corrientes –no es lo único, por todos lados se hacen arreglos visibles, se pintan fachadas monumentales, se ponen balas de cañón, se cambia la circulación de las calles- están colocados unos amables cartelitos en los que se promete hacer que sea más fácil el acceso a Restaurantes, Teatros y Librerías, como si antes no lo hubiera sido. Y, entretanto, no hay recursos para arreglar el Hospital de Clínicas. ¡En qué alterado mundo vivimos! ¿Vale más un Broadway provinciano que la salud pública? Para esa gente sin duda, como para los que se tragan esa engañifa.

Es tan evidente lo que hace este gobierno que ya ni siquiera da lugar a la réplica; la grosería obtiene triunfos, casi ni vale la pena perder el tiempo en denunciar lo que se denuncia por sí mismo, ni quejarselos perjudicados de tales acciones por la falta de reacciones contundentes. El problema de fondo que habría que considerar es nuclear, no en el sentido atómico, sino determinar en lo que está por detrás, núcleos de sentido que expliquen realmente lo que está transitando por esta sociedad como los caballos, pero silenciosos, del apocalipsis. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que Macri, en un arranque de populismo bastardo, deje entrar a una cancha de fútbol a miles de fanáticos? Como se sincera y declara que tomó esa decisión al despertar de un pesado sueño quizás le haya pasado lo mismo que a Descartes cuando al despertar de un sueño se le reveló la geometría analítica. No quiero ofenderlo sugiriendo que leyó a Descartes pero la analogía me indica que debo considerar que lo que lo impulsa a tomar sus decisiones cala sus raíces más profundamente de lo que él mismo cree y que no logramos comprender.