Por Juan Chaneton.

Entre las buenas noticias sobre el nombramiento de funcionarios del nuevo gobierno nacional, una es la designación de Carlos Zannini como jefe de los abogados del Estado, es decir, como titular de la Procuración del Tesoro. Corrieron los días y se confirmó la buena nueva.

Zannini fue un hombre injustamente encarcelado porque le comprendieron las generales que, a partir de diciembre de 2015, vino a aplicar la infeliz coalición de gobierno de Mauricio Macri con la Unión Cívica Radical (UCR): producir una «verdad» jurídica persiguiendo a las personas por medio del poder judicial, como parcial consumación de un plan -soterrado y de dimensión continental- cuya ultima ratio era eliminar de la puja política a adversarios a los que no se podía derrotar en las urnas. Sobreseído luego de un arbitrario procesamiento por corrupción, Zannini todavía figura en otra «causa»: el memorándum con Irán, aquel que fue aprobado por el Parlamento cuyos diputados -tal vez para evitar que el mamarracho no escalara hacia el escándalo institucional- no han sido molestados. La persecución, aquí, sólo la sufre Zannini. Y la ex Presidenta, claro, pues ella ha sido, en todos estos malhadados años de macrismo explícito, el objetivo a aniquilar. En el marco de la democracia, eso sí.

Cristina aquí y Lula en Brasil confieren nombre propio a los paradigmas de ese proceder infame. También Correa y Jorge Glass en Ecuador. Y si bien se mira, el lawfare cruza el océano: Oriol Junqueras, en Catalunya, purga el delito de ser fiel a lo que, a esta altura de los hechos, puede llamarse el rizomático efluvio del deseo, esto es, la independencia del país catalán del Estado francomonarquista.

Todo es global a las puertas de la tercera década del siglo XXI. También la protesta y la desobediencia civil. Emmanuelle Macron, en Francia, lo está sabiendo en estos días. No le alcanza al capitalismo con la financiarización para fortalecer la ilusión, ya mortecina, de que los mercados y los precios distribuyen equidad. Requiere, además, quitarle, al obrero y al jubilado, lo que es de los obreros y de los jubilados: Macron, como Iván Duque en Colombia, quiere que las víctimas acepten de buen grado marchar hacia la arena para satisfacer a los leones: las reformas, laboral y previsional, son su gastado y miserable programa.

Ahora, Alberto Fernández ya es el dueño del discurso. El discurso lo envolvió un poco de repente y por sorpresa y no como una transparencia apacible, sino como un reclamo que ahora es un estado de gracia: el júbilo y la esperanza se hallan ahítos de expectativas.

El discurso le fue dado cuando él no lo quería o cuando él no lo esperaba. Ella lo dotó del discurso y ahora es él el gladiador que deberá ponerse al hombro una crisis y un dolor profundo y peligroso. Esto es algo de lo mucho esencial que está pasando en la Argentina; en la coyuntura política argentina, pues en la sociedad lo que está pasando es el hambre y la extraña paciencia ante el hambre.

Alberto Fernández deberá ponerse al hombro una crisis y un dolor profundo y peligroso. Este último -el dolor- incluye a los que se duelen de que Alberto Fernández sea el nuevo Presidente. Hacerse cargo de este dolor representa un desafío difícil por ausencia de terapéutica tasada y tabulada como tal. La crisis, en cambio, con ser grave, no sufre esta ausencia, pues hay una disciplina -la economía- que suministra, mal o bien, los remedios para tratarla. Pero a la frustración masiva del macrismo explícito que siente que lo que AF representa es el regreso de Cristina, no hay libro que la trate ni medicación a mano para aliviar sus síntomas ni -a fortiori- para curarla. Alberto Fernández será -deberá tratar de ser- el presidente de cuarenta y cinco millones de argentinos. No es tarea nimia en un país que no es Suiza.

Pues hay signos inquietantes. Por caso, los dueños de la tierra fértil y de la producción agrícola ganadera de la Argentina -«el campo»- exhiben una rica historia de asonadas desestabilizadoras, habiendo sido aquella de 2008 contra el gobierno de Cristina Kirchner, la última y tal vez la más relevante en punto a considerar la violencia y el odio que se pusieron de manifiesto en aquellas jornadas; «el campo» no quería, aquella vez, pagar retenciones; «el campo» se bate con las armas de la crítica y con la crítica de las armas cada vez que esos estancieros posmodernos sienten amenazada la intangibilidad de sus rentas. En eso, son como los jueces, que no quieren pagar impuesto a las Ganancias con el argumento de que la Constitución consagra la «intangibilidad» de sus remuneraciones. Lo único no intangible es el salario de los trabajadores. Hasta hoy por lo menos.

Digresión aparte, por ahora «el campo» sólo toma sus recaudos. Lejos de todo espíritu solidario con el hambre y las carencias que, al cabo de las décadas, aún hay en la Argentina, han decidido liquidar un 170 % más de dólares que hace un año. Son los agroexportadores, las empresas cerealeras y aceiteras que abren el paraguas antes de que le lluevan retenciones durante el nuevo gobierno. Liquidan ahora y no esperan, porque ahora se embolsan todo, en cambio de aquí en adelante van a tener que «colaborar» en las soluciones al problema económico argentino. Claro que esto está por verse.

La «125» estableció la movilidad de las retenciones. Por debajo de los 200 dólares la tonelada de soja cotizada en el Chicago Market Soya Beans, las retenciones eran cero. Por encima de los 400 dólares el porcentaje retenido ascendía hasta 35,75 %; y por encima de los 600 (lo cual era muy posible en 2008), la retención sería de 49,33 %, es decir, el «voraz» Estado se quedaba con casi la mitad de lo que producían los beneméritos fundadores de la patria. Inadmisible. Ganaron las rutas y acopiaron armas, y esto de armas no es ninguna metáfora. Nunca nadie explicó por qué la 125 era mala. Tal vez porque no les convenía a los protestantes de esa religión laica -el lucro- que se profundizara mucho y que su religión quedara expuesta al aire libre. Tal vez habría que haber dispuesto aranceles diferenciales para los productores cuyas tierras están lejos de los puertos, pero eso se arreglaba en una mesa de café. Si ese hubiera sido el fondo del asunto. Pero el fondo del asunto, al cabo, resultó ser la chirinada civil en grado de tentativa. Fracasaron. Ayer fracasaron.

Y el tema retorna ahora. Retenciones ya, estaría significando que Alberto Fernández debe elegir el lugar y el momento más favorable para establecer un tributo a los grandes productores agropecuarios, que son los únicos que pueden hacer realidad que el fisco recaude diez mil millones de pesos anuales. Hay pobreza en la Argentina. Y elegir el lugar y el momento para aplicarle retenciones a un sector genéticamente egoísta e insolidario es elegir el lugar y el momento que le permitan, al gobierno nacional de Alberto Fernández, «vencer sin combatir», como dice Sun Tzu en El arte de la guerra, su opus magnum. Y eso se logra si se hace pronto.

Nos estamos refiriendo a una clase social que se autopercibe como diferente al resto de la sociedad: son los que aseguran -y se ufanan de ello- que sostienen al país con su trabajo. Son los que desprecian todo lo que sea industrialización. Son los que ganan y viven holgando sobre esas ganancias y, antes de permitir que les cobren un impuesto, prefieren un país primarizado y pobre. Ellos no son ni serán nunca pobres. Incluso derrocarán gobiernos, como hicieron sus ancestros, si llega el día en que las cosas obliguen a envolverse en la bandera para simular que su sino es la patria y no la conservación de usos y costumbres, entre otros, la conservación de privilegios que se hunden en la lejanía de un pasado que ellos alucinan heroico y fundacional. El único que no puede reclamar ese abolengo es -claro está- Grobocopatel, el «rey de la soja», más judío que el Antiguo Testamento y muy lejos -claro está también- de aquellos laboriosos -y fundacionales en serio- «gauchos judíos», de cuya epopeya supo anoticiarnos, en una época en que éramos inmortales, el maestro Alberto Gerchunoff.

Gobernar para todos es, más que nunca, mucho más que cumplir con la lógica interna del texto constitucional: es una necesidad política de primer orden. Y esto es así porque esas derechas que expresan al neoliberalismo en escala continental, van siendo descubiertas, cada vez más, en sus faltas, en sus métodos, en sus designios. Se verifica en la flagrante realidad de esta época, lo que decía Hayek, el «padre» del neoliberalismo y numen de la llamada «escuela austríaca» de economía: si la democracia no permite u obstaculiza la libertad de los mercados, entonces hay que derogar la democracia.

En este marco -nacional y regional- será vital para el éxito del gobierno Fernández, no sólo la pericia para gestionar intereses antagónicos sino también, y en alto grado, que la narración de la historia, ya que va a seguir a cargo de los que no votaron ni quieren al gobierno Fernández, se despliegue como discurso, si no favorable, por lo menos no hostil ni violento. El desafío, entonces: gobernar para todos, pero no ceder la calle.

Juan Chaneton es abogado, periodista, escritor.