por Rosana Herrera

El lunes a la noche,  Edenor dejó en oscuras a gran parte del barrio de Belgrano. Los caserones de tejas, la tibia noche sobre la vereda y las viejas añoranzas del tren cercano, no lograron siquiera por un instante tornar románticos los cuatro pisos por escalera que nos esperaban al volver de cenar, con la sola compañía de la linterna del celular. Los Buenos Aires empezaban a hacerse irrespirables. Y como no! de madrugada, los tres solitxs,  sentadxs en el umbral, rondándonos los vapores del malbec de los brindis y …era obvio que los humores empezarían el estado de descomposición. Porque felices, lo que se dice felices…no podíamos estar.

Luego de dos horas de absoluta negrura y con pronóstico reservado “se cayó el generador de Libertador, va para largo la cosa”(aparecía de golpe de no sé dónde una mina diciendo ser la encargada del edificio), sólo quedaba buscar algún hotel cercano, el que haigapero con luz. Por fortuna, luego de una larga búsqueda, encontramos una habitación disponible en el hotel de la avenida Pampa (por fortuna para ellos porque por las tarifas, más que una noche en una triple, parecían las mil y una noches en el palacio del maharajá de Kapurtala) pero queselevasé el “costo de oportunidad” estaba íntimamente relacionado con las benditas olimpíadas juveniles.

Me estaba olvidando de comentar un detalle muy importante: en el viaje anterior y ya desde mayo o junio, el Caballo había dispuesto irresponsable y unilateralmente, o sea que sin consenso familiar, retirar de su celular la aplicación de Taxis El Porteño y cambiarlo por Premium. Y encima a causa de no sé qué encule menor, así que esta tripulación era nueva para mí. (no dije aún que decidida “la mudanza”, la próxima decisión fue llamar un taxi pero se entiede, ¿quenó?)

Y mi enojo con él viene al caso, porque no sé si saben que yo ya tenía una muestra muy representativa del pensamiento tacheril (hasta la intención de voto y todo) producto de las innumerables encuestas a bordo de la otra empresa y sus maravillosos conductores. Y hasta hace apenas unos meses venía obteniendo cifras que no sé si hoy mantienen la tendencia: el repudio al mejor equipo y las encendidas puteadas a todas las despolíticas de este gobierno ganaban por goleada. Así que viajar con ellos era realmente muy placentero para todxs porque, como ya conté varias veces, más parecían tours ideológicos que un traslado al Fleni. Un placer inconmensurable que supo acortar la altura de la angustia y achicar el ancho de la nostalgia.

Pero el muy guacho del dorima, ninguneando mi costado estadístico y mi obsesión por emular a Artemio López y Mora y Araujo, se fue al carajo y me cambió la población objeto justo cuando yo traía en la valija un nutrido material de plantillas nuevas de Survey Monkey, ¡taqueloparió!. Y todo por la boludez de que dos o tres noches lo hubieran dejado empapado, cargado como ekeko, tiritando y sin paraguas (porque todas las veces que le fallaron llovía a cántaros).

El hecho es que como hecho a propósito, para mejorar el clima generado (por la luz no generada) ¿pueden creer que el chabón que nos tocó esa noche es también del gremio? ¡¡Diosito estaba de nuestro lado!!. No quiero sagerá, (como diría el oficial Gordillo), no puedo decir que se iluminó de golpe la Libertador ante cada sesuda reflexión del compañero sobre las tragedias urbanas, porque de verdad la noche parecía ensañada con nostrxs, pero de golpe sentíamos que empezaban a aparecer lucecitas aisladas “este escándalo se termina el año que viene, doña, posta, posta, no da para más, todxs tienen que despertar”y destellos fulgurantes alcanzaban para que apareciera una que otra sonrisa en alguno de los miembrxs de la tropilla “algunx de mis colegas están fuera de sus cabales, señora, no pueden defender a estxs delincuentes que se están robando el futuro, pero no crea, ¿eh?, cada vez quedan menos de estxs ejemplares”

Apenas subimos al móvil 3474 él advirtió el “problemita” que nos eyectara de Mariscal Sucre y empezó a contarnos lo que padecen lxs porteñxs con los servicios públicos y fue entonces cuando ante un mínimo e inocente comentario mío, (¿me creen?, pues hacen mal…) se desató su indudable necesidad de compartir su pensar y su sentir. Lo cierto es que llegamos a destino con la ternura como único equipaje, la misma que el flamante mejor amigo de la familia había desparramado en el auto, tal vez en el intento de que no nos sintiéramos tan desvalidxs. “Nos vemos en Luján el sábado, compañerxs, les prometo que si lxs veo, les presento a Juan” nos despedía mientras nos daba su tarjeta y nos abrazaba efusivamente en el cordón de la vereda del hotel que refulgía, salvador, en medio de las tinieblas.

Nunca sabré si lo conoce a Grabois ni si son “hermanos del corazón” como nos decía orgullosx, mirando por el espejito retrovisor,  tampoco sabré si los datos sobre indicadores sociales que arrojó con tanta precisión son veraces, sólo sé que a pesar del bajón, Julio César y su fervor militante se dieron maña para que la broooooooonca con Edenor, Edesur, Edet, la dueña del departamento y tooooodxs lxsmiembrxsdelmejorequipodelosúltimos50añosytoooooodxssussecuaces, se convirtiera mágicamente en anécdota. Y que dos días después, recuperada la rutina, el sólo recordar el entusiasmo perpetuo en su cara redonda, hiciera que la esperanza nos golpeara fuerte la puerta.

Y claro, si tocaba el portero estaba jodida… el “problemita” había aparecido de nuevo.