Por Moira Goldenhörn

En la víspera del #3J, el Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat capacitó a sus máximas autoridades en los contenidos de Ley Micaela y creó el Programa Interministerial “Habitar en Igualdad” conjuntamente con el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación.

Quienes estudiamos la temática del hábitat como integralidad sabemos que influye en las relaciones sociales y en el bienestar personal: así como su déficit obstaculiza o impide el desarrollo digno de la persona, podemos promoverlo mediante políticas públicas expresamente dedicadas a ello. Porque, como expresa el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la vivienda adecuada (y también el hábitat digno), es el que permite “una mejora continua en las condiciones de existencia.

Y estas políticas públicas, implican la asunción de la perspectiva de género como eje sustancial. Debemos saber y tener presente que la perspectiva de género por definición es una decisión política, es la decisión política de advertir las desigualdades estructurales en base al género, pero también de trabajar activamente por revertirlas. Es un punto vital esta decisión política en materia de hábitat, porque justamente, a las mujeres y feminidades (también a niños y niñas) se nos va la vida en esto. Literalmente, se nos va la vida, porque nos la quitan. Y a este quitarnos la vida” podemos darle una dimensión doméstica y una dimensión social.

Hablemos de la dimensión doméstica: a mí me gusta decir que, si Virginia Woolf hace casi un siglo planteó que las mujeres necesitábamos “un cuarto propio”, hoy en día debemos saber que ese “cuarto propio” queda en “la casa propia”. Y lo resaltamos por dos motivos, un motivo histórico, que es también jurídico y social, que es el hecho de haber sido las mujeres privadas por el derecho de ejercer ciertos derechos humanos, fundamentalmente la propiedad privada; sí, paradójicamente, las mujeres fuimos privadas de nuestra propiedad, para pasar a ser objeto de la propiedad de alguien más. De un hombre para ser su servidora hogareña o cuerpo gestante de su descendencia si así lo dispone; o también del Estado burgués que decide sobre nuestros cuerpos y proyectos de vida, imponiéndonos parir para la Patria o la Revolución, o abortar por conveniencia económica estatal. Y todo esto porque el ordenamiento jurídico lo avaló y dispuso, e incluso lo garantizó con la aplicación de sanciones en algunos casos.
El otro motivo por el que resaltamos esta necesidad de “una casa propia para tener nuestro cuarto propio” es un motivo social también, podemos decir de igual modo que es un motivo cultural típico de la cultura patriarcal capitalista, y por ende un motivo económico, que genera una enorme desigualdad en el acceso a la vivienda para las mujeres –sobre todo si son madres- y las feminidades travestis y trans; tanto para alquilar como para poder adquirir una vivienda en propiedad.

Es por ello que, en lo concreto, al ser privadas por ley, costumbre o desigualdades económicas las mujeres y feminidades del acceso a una vivienda propia, debemos depender de un hombre que nos provea de ella. Y de un hombre en esa lógica que nos llegó del Derecho Romano cuando el dominus, el dueño de ese domus, de ese espacio doméstico, era el dueño de todo lo que contenía y de todas las personas que lo habitan. Era el dueño de la vida, la muerte y de los bienes; era el dueño de la sexualidad también, de la vida y muerte de su mujer, sus nueras, sus [email protected] y [email protected] Pensemos en todos los casos de abusos y violaciones que ocurren en el ámbito doméstico por parte de quien provee de la vivienda a esas personas. En los golpes, la violencia sexual, psicológica, en los femicidios de mujeres convivientes con sus femicidas que no pudieron escapar por imposibilidad económica.

Es que la casa propia es, a la vez, un rasgo de independencia económica fundamental, que facilita la autonomía en la toma de decisiones y por ende posibilita el ejercicio de la libertad en plenitud; y también un Derecho Humano básico en el que anclan muchos otros derechos humanos indispensables para el desarrollo humano integral de la persona y la familia: educación, salud, trabajo, seguridad, justicia, etc. Por ello debemos defender la urgente necesidad de su acceso para todas las mujeres madres y feminidades travestis y trans; porque su vida se va en esa búsqueda.

Y, si vamos más allá de la escena o el ámbito doméstico, pensando en escala social esta cuestión de dejar nuestra vida en manos de femicidas, invito a pensar tanto a les especialistas investigadores, como a las gestiones municipales concretas, ¿qué tipo de ciudad es segura para una mujer o feminidad? ¿Para las niñas y niños? ¿cuántas mujeres, feminidades y demás personas LGTBI+ desaparecen en un acto cotidiano que se despliega en el escenario urbano, para “aparecer muertas”?

Pensemos también en los barrios, en las relaciones de vecindad, en los contextos rurales ¿cuántos femicidios, abusos, golpes, se hubieran evitado si los vecinos y vecinas se involucraban activamente con la defensa y amparo de las víctimas de violencia? ¿Si hubiera podido acceder la policía o llegar a tiempo cuando hay pasillos intransitables o caminos rurales anegados? ¿una ambulancia?

Es que a las mujeres, históricamente, el patriarcado nos impide, a través de diversos dispositivos, el contacto comunitario. Nos aísla, nos atomiza y para colmo, nos enfrenta en luchas competitivas entre nosotras, individual y políticamente también. Las mujeres estamos solas y contra esa soledad, esa disgregación, ese aislamiento, la salida es la comunidad. Pero no una comunidad “exclusiva”, sino inclusiva, integradora y múltiple. Algo de eso saben muy bien las diversidades ya que “desde siempre” tuvieron que vivir en sectores “friendly”, haciendo “cool” la segregación social de las personas por su realidad sexoafectiva o identitaria en relación al género.

Es por ello que proponemos la salida a través de la construcción comunitaria, recuperar el sentido y la potencia colectiva pero también la práctica concreta y cotidiana de la comunidad. El conocerse y re-conocerse en ese otro, otra, otre que convive en nuestro territorio; el llamarse por el nombre con quien nos vende un alimento, es educador/a de [email protected] [email protected], trabaja manteniendo el espacio público o llamamos para arreglar una cañería. Conocer su realidad e identificarla como parte de la nuestra, con repercusión en la nuestra. Salir del “no te metás”: meterse, involucrarse; dejar de pensar que “por algo será” que nos violan, nos matan; dejar de preguntar “¿pero vos qué hiciste para que te pegara?”, y volver a las relaciones inter-humanas basadas en otra lógica social que la del extractivismo típica del capitalismo, el neoliberalismo y la patrimonialización como eje de socialización.

Les invito a pensar hoy en el hábitat con perspectiva de género, pero dejando de asociar “género a mujer” o a “mujer y diversidad”, para pensar en los roles estereotipados de género que se nos imponen a todas las personas en asociación al capitalismo: hoy pensamos en el hogar como el espacio de recuperación o reparación de la fuerza de trabajo solamente. Pensamos en hogares que permitan descansar para que el sistema pueda seguir extrayendo nuestra fuerza laboral que produce ganancias para otros.

Les invito a considerar el buen vivir, ese concepto de nuestros pueblos originarios americanos que es tanto un concepto, una vivencia y un parámetro ético en las relaciones entre personas, personas y animales, personas y entorno. Porque ésa es la revolución trascendente que podemos vislumbrar agudizando la perspectiva de género: la que permite cambiar los roles determinados para todas las personas en función del sostenimiento del sistema patriarcapitalista.

Les propongo entonces vislumbrar el hábitat como un espacio potenciador del desarrollo humano en su dimesión individual, familiar y comunitaria; el lugar donde se pueda posibilitar y fomentar el despliegue de toda la potencialidad multidimensional de la persona humana. Porque ésa es la “espléndida existencia” del sumak kawsay, del küme mogün, a la que podemos llegar mediante un hábitat conectado, integrado, que promueva la salud individual, el desarrollo de vínculos sanos y armoniosos, la participación política igualitaria en las decisiones del barrio o la ciudad, el acceso a la educación, a la salud, a la justicia.

Les propongo pensarnos como seres que nos potenciamos en comunidad.