por Rosana Herrera

Llegó el día de la despedida. Como llega todo en la vida. Y este día es muy especial porque llegó de la mejor manera, de la manera que siempre soñamos pero que nunca nos animamos a imaginar.

Buenos Aires y su gente nos despiden amorosamente. La gente querida (que es muchísima) y la no tanto (que no es tanta) sigue con su rutina, y nosotrxs tendremos que retomar la nuestra ya regresadxs a nuestro lugar en el mundo: Yerba Buena, un enorme cacho de verde donde la lunita tucumana alumbra más que en cualquier otro cielo del Jardín de la República.

Cuando pensamos en esta columna con Ale, desayunando en la esquina de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, lo hacíamos intentando darle un tono más coloquial y más relajado y un lenguaje más cotidiano a un contenido ya demasiado serio como es el de la política. Un contenido veces más solemne, a veces más visceral pero siempre muy profundo. Y como entre los barracos hay expertos analistas muy estudiosos de esta realidad tan aplastante como dinámica, quedamos en que yo, desde mi humilde lugar de observadora, y con la “objetividad” que me podía otorgar el ser forastera por un tiempo, me iba a encargar de poner en palabras la voz de los que no tiene voz, la que no tiene ese puñadito de conciudadanxs que rodearon ocasionalmente mi universo personal, pero que siempre necesitan expresar su angustia y su descontento ante el rumbo errático que tomó nuestro país en diciembre de 2015, y que cada día que pasa se vuelve más grave y peligroso.

Con muchos de ellxs me crucé en estos meses en la CABA y tuve el privilegio de escucharlxs. Y fueron ellxs lxs culpables de una estancia que se hizo sorprendentemente grata y fácil. Porque un viaje por razones de salud sólo puede facilitarse por la actuación de un equipo profesional de excelencia, pero sobre todo porque se te aparecen seres de luz a cada rato en el camino emprendido. Como, entre muchísimxs otrxs, lxs barracxs (con su director a la cabeza), lxs lectorxs de la Barraca, los compañerxs de EL MANIFIESTO ARGENTINO y lxs protagonistas de esta crónica semanal.

En esta oportunidad la ciudad me lxs ofreció generosamente a todxs y con muchxs de ellxs no sólo me crucé logrando conectarnos con una fuerza indescriptible, sino que me demostraron que no estamos solxs. Lxs que logramos trascender la mirada sobre lo que vemos y oímos en los medios y no cejamos en bucear la verdad entre todo lo que no se dice, no estamos solxs. Y es así como en la contundencia del silencio de Héctor, el portero del edificio; en la simpatía del paraguayo, (empleado del chino de la vuelta) que me reservaba las paltas; en la ternura de la moza del bar de Olazábal, con su delivery de miguitas a las palomas; en la generosidad de Manuel, el tachero de ese viaje inolvidable; en la verborragia de Graciela, la señora que limpiaba el departamento; en la sensibilidad de Yeyé y de Marta angustiadas por el INTI enel negocito de las lanas; y en tantas historias por contar, encontré guarida a mi propia angustia. Me vuelvo con imágenes imborrables  y por todas ellas quiero agradecerles profundamente.

Me falta compartirles muchos encuentros, (con Dani, el inefable ambulanciero; con Quety, la señora tan paqueta del Carrefour, etc) y darle forma de anécdotas a otros cuantos etcéteras deliciosos, pero eso ya será desde mi pago donde entraré sin golpear, pialando esos recuerdos y dispuesta a aporrear el teclado.

Y sobre el final, quiero hablarles apenas por un instante de mí y de lo que militar la palabra me representó en esta etapa de mi vida familiar, confesándoles que el conocer (por unxs cuantitos lectorxs que me escribieron) que a algunxs lxs entretengo, que a otrxs lxs hago pensar, a varixs a sonreír, y a un montoncito a veces hasta moquearse… fue un inmenso regalo. Una yapa que me llevo de una felicidad grandotota de confirmar que no hay soledades si hay memoria y voluntad de celebrarla.

Y hablando de celebraciones, en el equipaje de  las emociones vividas (por el que seguro habrá que pagar exceso), hay una que in dudas encabeza el ranking y es el aniversario de la gesta de mayo en esa avenida tan ancha como rebalsada de alegría y de esperanza. Esa fiesta que probablemente marque un antes y un después en mi vida ciudadana y que guardaré por mucho tiempo en mis pupilas, en mis oídos y en mi corazón. Porque fue un volver a la adolescencia, un cantar hasta la afonía, un abrazarse con todx el que estaba al lado, un reencontrarme con parte de mi historia personal y un sentir la tibieza de un futuro que al galope (no lo dudo) vendrá a rescatarnos. La magia del 25 me durará por mucho tiempo, el suficiente como para conservar esa locura que al decir de Silvio Rodríquez “no tiene cura y no vale la pena curar” 

Gracias, muchas gracias a todxs los locxs que se entreveraron en mi camino y brindemos porque esta locura no nos abandone nunca en la lucha por recuperar la dignidad.

Nos vemos en Tucumán.