por  Miguel Núñez Cortés

 Sobrevoló el helicóptero en una zona de Villa Soldati, bajaron sus ocupantes y se subieron a un automóvil, que los llevaría a visitar a Margarita Barrientos en el comedor  “Los piletones”. La zona estaba militarizada por la Gendarmería Nacional desde el día anterior.

Las vallas prohibían acercarse a algunos curiosos a la zona de rodaje del vídeo. El libreto perfectamente preparado puntualizaba hasta más mínimo detalle. Cara de sorpresa de Margarita Barrientos, algún vecino pobre de fondo, un segundo plano para la católica Carolina Stanley y mucha Juliana, Mauricio y rostro de algún niño autóctono. Un “backstage” muy PRO.

 Macri & Cia. desayunaron en el comedor  “Los piletones” donde asisten a los hambrientos, sirviendo 2100 platos diarios, de los cuales 960 son para niños.

 En un momento dado Su Excelencia se dirigió a sus  escuchas y les dijo, en ese tono claro y preciso que lo caracteriza: “seguiré viniendo como lo hago desde hace 12 años antes de la Navidad. Espero que esto siga siendo así. Que nada cambie” (sic)

 Los presentes no entendieron las palabras de Su Excelencia. Algunos interpretaron que se refería a seguir con el ritual de la visita pre-Navidad y otros, no exentos de cierta malignidad, creyeron entender que el comedor para los hambrientos seguiría existiendo y creciendo, como lo hizo desde cuando Su Excelencia se desempeñara democráticamente y durante más de una década como diputado electo por el distrito y Jefe de Gobierno de la ciudad donde está emplazado el comedor “Los piletones”.

 Terminada la “mise-en-scéne”, con gran producción y numerosos extras, las autoridades y la primera dama retornaron al automóvil y desanduvieron (de desandar – Indicativo – Pretérito Perfecto Simple) el trayecto hasta llegar al helicóptero. Ya estaba próxima la partida hacia un lugar muy distinto, en el Sur de la Patria, donde lo recibirían personajes de alto linaje.

 Distinto fue el caso de Claudio  “Pocho” Lepratti. Tenía 35 años y sus padres eran trabajadores en el campo.

 

 Corría el año 2001 y las pantallas de televisión mostraban las protestas y el dolor de muchos argentinos por el corralito, la gente se iba apoderando de las calles, El ministro Cavallo vivía sus últimas horas en el gobierno nacional.

 En el medio de todo ello, los comedores barriales se seguían poblando de niños y la represión policial comenzaba a matar argentinos.

 Aquél 19 de diciembre de 2001 encuentra a un “Pocho” Lepratti, como un desconocido militante popular que pasaría a convertirse en una de las víctimas de esa represión al ser asesinado por la policía rosarina.

 “Cristiano revolucionario”, como él mismo se definía, “Pocho” había sido seminarista; impulsado por su fe y creyendo en la dignidad de los seres humanos y en un Jesús encarnado en cada hermano y no en figurines de yeso.

 Cruzaba todos los días la ciudad de Rosario en bicicleta, desde el barrio Ludueña, donde vivía y sembraba amor a pibes en situación de vulnerabilidad, hasta Las Flores, el barrio en el que está la escuela donde trabajaba como ayudante de cocina.

 Repetía a quien quería escucharlo en su trabajo de hormiga: “fabriquemos un mundo donde quepan todos los mundos”

 En Ludueña, “Pocho”, el Quijote sin machete, realizaba distintas actividades por y con los pibes del barrio. Armó la revista “El ángel de lata” y formó varios grupos de jóvenes como “La Vagancia”, el primero de todos y el más recordado.

 “Pocho” llegó a volar como un ángel, aunque sin helicóptero. Por eso siempre se lo llamó el “Ángel de la bicicleta”. Volaba entre gente pobre, por callejuelas intransitables de las villas, donde abundan hacinados y olvidados, descartes humanos del neoliberalismo que atacó ferozmente a la Argentina cuando “reinaban” las ideas de Domingo Cavallo y las de otros de su misma estirpe.

 Fue justamente trabajando y sirviendo a los demás que lo mataron al “Pocho”. Fue cuando, en uno de esos días revueltos y feroces que atravesaba nuestro país a fines de 2001, un patrullero llegó a la zona de la escuela donde él trabajaba. La Policía venía con instrucciones de reprimir.

 “Pocho”  subió al techo de la institución junto con un profesor de matemática y dos compañeras del comedor y les pidió a los policías que no dispararan,que adentro no había más que pibes comiendo. Fue en ese momento, entre gritos y puteadas, que recibió un disparo y una bala de plomo le perforó la tráquea dejándolo sin vida.

 “El ‘nosotros’ de Pocho era un nosotros mucho pero mucho más grande que el que podamos pensar y recorrer en auto, en tren o en helicóptero. Era un nosotros como de doscientos idiomas, mil religiones, y millones de fiestas de cumpleaños y pesebres”, escribió Gustavo Martínez, amigo y compañero de militancia en ATE , en el prólogo del libro ¡Pocho Vive!

“Hay que pasar el invierno, el invierno eterno no existe. Si despertamos, se va. Podemos y debemos construir la primavera”, solía gritar “Pocho” desde su bicicleta. Le dispararon en la garganta para intentar callarlo, pero no pudieron borrar el camino que dejó marcado con sus huellas por las calles de Rosario. “Pocho” es un grito que crece.

 “No hay dudas de que el invierno eterno no existe, la primavera llegará y ojalá venga acompañada de justicia y de paz. El posibilismo y la libertad de los hombres y mujeres lo hace posible en ciertos momentos de la historia. “Pocho” era un posibilista. El “Pochormiga” decía: “hay gente que no puede esperar tanto tiempo”.

 A veces hay escenas que presentan duros contrasentidos. Una, la del helicóptero y Gendarmería protegiendo y vallando al pueblo y la otra, que muestra una bicicleta y a su Ángel expuesto al martirio del tiro en la garganta, en el techo de una escuela-comedor, entregando su vida para evitar una masacre.

 “Pocho” era uno más de esos “cristianos revolucionarios” que había entendido el mensaje evangélico y leído con el corazón los documentos del Concilio Ecuménico Vaticano II. Por eso fue asesinado por la Policía de Santa Fe, aquél fatídico 19 de diciembre de 2001.

 Mientras Su Excelencia se retiraba rumbo al Sur, sin pena ni gloria, “ Pocho” Lepratti  en cambio en aquel 2001 se nos fue al cielo de los justos, con pena y con gloria, desde el techo de aquella  escuela-comedor, gritando, “bajen las armas, aquí solo hay pibes comiendo”.

 Ahhhhhh, por si no quedó claro, no fue en “Los Piletones”.

NR: para escribir este artículo se consultaron publicaciones con relatos de la época, entre ellas, de la editorial Perfil. Invito al lector a escuchar a León Gieco en “El Ángel de la bicicleta” entrando a https://www.youtube.com/watch?v=XKcXwEAHkWM y también le sugiero ver el vídeo “Pocho Lepratti, Homenaje a El Ángel de la Bicicleta – Pochormiga, del director Francisco Matiozzi  – https://www.youtube.com/watch?v=pR2rrVMW2KI. De esta película también se han tomado párrafos.