Colaboración: Miguel Núñez Cortés.

«Todo comienza en mística y termina en la política» 

“Por sus frutos los conoceréis”, dice Lucas en el capítulo 6, versos 43 y 44. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?  Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Así que, por sus frutos los conocerán.

Y este artículo pretende elucubrar (con fundamento) sobre los frutos, sí, sobre aquello que es pasible de transmitir y de ser  transmitido, ese rescoldo que yace -escondiendo al fuego- en la braza menuda de la ceniza, dispuesto a calentar si es avivado. Cuando un rescoldo es avivado por el pneuma (πνεῦμα) brota de él un fuego limpio, potencia de mayores fuegos y esperanzas que alguna vez se presentaron como sumergidas para siempre entre las cenizas opacas y silenciosas de un pasado doloroso.

Un «desconocido pintor» (nunca se supo quién) de la escuela flamenca de pintura, fue el autor de “Hombre con vaso de vino”, obra que  representa el busto de un hombre de buena posición, que sostiene en su mano derecha un vaso de vino, con los restos de la comida; junto a él (dos trozos de pan y un cuchillo de mango metálico).

Y aunque parezca mentira, esta obra fue fuente de inspiración para que un hombre extraordinario que se quiere rescatar del olvido, Charles Péguy, asumiera los difíciles caminos que la historia le marcaba imprescindiblemente.

Y al «desconocido pintor» de la escuela flamenca lo «conocieron» a través de este Charles Péguy, un pequeño hombrecillo que a menudo se paraba frente al cuadro en el museo del Louvre, a fines del siglo XIX y principios del XX.

El cuadro era el árbol que, según Lucas, era primicia de frutos venideros; frente a la pintura, un hombre percibiendo lo escondido; una pintura como motor que se vuelve  guía en Charles Péguy por desconocidas circunstancias; en esa obra pictórica anidaban y anidan hoy , idearios originales, misterios insondables para la mayoría de sus contemporáneos. No para él.

Principios filosóficos, políticos, hasta económicos están ahí, aunque no se los vea. Irradian. Movilizan. ¿Ex opere operato (operan por propia e íntima eficacia)?  ¿o quizás solo para quienes guardan misteriosamente la capacidad y sensibilidad de entenderlos, de darse cuenta, de comprenderlos? Porque aun las cosas son visibles para algunos y para otros no. ¡Cuánto más ignotas son las que imanan desde el campo invisible del espectro electromagnético!

Y estos breves escritos aspiran a que en esta segunda instancia, luego de Lucas, el lector se asome a una vida que muestra la consistencia de un hombre que fue deportista, artista, trabajador incansable, socialista, cristiano y un irascible, francés.

Este joven de provincias que se maravillaba ante los cuadros del Louvre, y en especial frente al del “HOMBRE CON VASO DE VIDRIO”, que siente una piedad inmensa por las obras de arte, es el mismo que se hace solidario con sus hermanos que son explotados en las fábricas del desarrollismo industrial, pero con una proximidad mística y física real.

Si  hubiera  que  definir  quién  fue  Charles  Péguy  se debería señalar que aquél  prolífico  escritor  y  ensayista,  aquél  poeta  de  la  palabra  y  filósofo enemigo  de  los sistemas en boga, fue  un  verdadero  socialista.  Fue  un  socialista  integral:  un  socialista  de  partido  primero, un  socialista  utópico después  y  por  último,  un  comprometido  cristiano. 

Lo que no cabe duda es que Péguy fue un cristiano. Que cada uno haya querido llevarlo a su propio redil, cosa repudiable por inmoral,  es cosa de diferentes momentos. El resto es historia; el 5 de septiembre de 1914, una bala que pega en su cabeza al salir al frente de su compañía, desde una trinchera en el Marne, acaba con su vida. 

Pero finalicemos con esto del árbol y sus frutos, el hombre y el retrato inspirador, y pasemos a ejemplos entrañablemente cercanos. Adentrémonos en la tercera y última instancia. 

En un ya lejano año 1947, más precisamente un 1 y 2 de diciembre, don Juan Perón preside el Primer Congreso Nacional del Partido Peronista celebrado en la Ciudad de Buenos Aires.

En ese amanecer del movimiento nacional, popular y democrático, queda plantada la semilla del árbol que rico en nutrientes superara los más terribles escollos. Fueron sus frutos la inspiración continuadora. Es Cristina Fernández de Kirchner la que “entiende” ese mensaje atemporal y sin dudar, poniendo su misma vida en juego, la trae desde aquél lejano 1947 hasta este difícil y complicado 2019.

Cristina y Alberto Fernández no dudan en subsumir las enseñanzas del viejo maestro, poniendo en práctica las enseñanzas del inmortal General, aquél del sufragio universal y la libertad.

El “viejo General” es en sí mismo como el árbol de los frutos buenos del árbol de Lucas y el cuadro que movilizó a Péguy. Veámoslo. Éste es su mensaje en 1947:

“Muchas veces he pensado que este movimiento, que nosotros consideramos salvador para la nacionalidad necesitaba consolidarse en el tiempo y en el espacio. De esa consolidación podemos esperar el cumplimiento de todos los postulados que nos han llevado paulatinamente a las realizaciones que, con todo el esfuerzo y venciendo todas las dificultades, estamos sorteando” 

“Nuestra misión no la podemos cumplir en la corta vida de un hombre. Los hombres pasan y las naciones suelen ser eternas. Busquemos darle también un alto grado de perennidad que nos prolongue a través de nuestros hijos, de nuestros nietos y de las demás generaciones” 

“Nuestro movimiento ha sido formado por hombres que llegan a él desde los más diversos rumbos. Nosotros no hemos preguntado de dónde vienen, sino que hemos preguntado quiénes son y qué es lo que piensa y hacia adónde van. Esta debe ser una norma para nosotros, porque nuestra aspiración ha de ser que todos los argentinos se coloquen a nuestro lado para luchar, cualquiera sea su procedencia o cualquiera haya sido su equivocación” 

«Todo comienza en mística y termina en la política» 

Se han citado a Lucas, a Péguy y a Perón, salvando las diferencias y los momentos, como tres instancias que siempre enseñaron a través de sus frutos, frutos convertidos en motor y dinamo. Un “perpetuum mobile” aristotélico, sin pasado pero con porvenir. 

ALMA DEL VINO – de Charles Baudelaire … un canto al néctar y a la esencia, al núcleo y al espíritu:

 «Cantó una noche el alma del vino en las botellas:
¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,
Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,
Un cántico fraterno y colmado de luz!»

«Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,
Raro grano que arroja el sembrador eterno,
Porque de nuestro amor nazca la poesía
Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»

 Charles Baudelaire (9 de abril de 1821 – 31 de agosto de 1867) poeta. Nació y murió en París, Francia