por Rosana Herrera

 Yo había oído hablar de él mucho antes de que algún viernes, a bordo de su ya famoso chaleco fosforescente, nos indicara, con las señas del oficio, que el lugar para estacionar nos esperaba en la estrecha callecita justo ahí, enfrente del antro y nos advirtiera que ellxs ya llegaron, doñita, lxs esperan adentro. Antro es la denominación con la que (a instancias de lxs queridísimos amigxs, cuasi “copropietarios” del bodegón) bautizamos a la amada pizzería en donde retumban nuestras discusiones políticas a mueeeerte y nuestras estruendosas carcajadas. (Nunca ví a nadie pelear tanto estando tan de acuerdo, mamá!dice mi hijo entre risas).El caso es que se trata de un cálido y tradicional rincón yerbabuenense en el que las pizzas servidas por Marcelo, el mozo (cada vez más amigo y cada vez menos macrista), saben a gloria. Lo de siempre Marcelito, pero ojo que la mitad para la amiga va sin ajo. Amorosa recomendación que inaugura inexorablemente las maravillosas veladas con el matrimonio “del palo” y de las que disfrutamos tanto todxs, (como a las napolitanas y a las birras y al heladito del estribo).

Al cumpa no hace muchos años que lo conocemos pero no se nota para nada porque la corriente de cariño fue tan inmediata como definitiva y nos dejó enredadxs para siempre. Y además porque por estos aciagos tiempos de exterminio, unx siempre se refugia en los afectos que sabe que entienden y comparten esta suerte de obsesión por recuperar la dignidad de la Patria.

A la petisa y a mí en cambio, la vida nos juntó en la querida y centenaria escuela que supiera recibirnos desde muy niñitas y que luego de trece años lograra entregarnos a la vida en formato adolescente, con ese desenfado, esa pasión y esa rebeldía con que los setenta (y la propia escuela) nos marcaran para siempre. Y fue esa misma vida, la que después de platearnos las sienes, nos volviera a reunir en las flamantes categorías de ex condiscípulas, vecinas e incurables compañeras de utopías.

La cosa es que ellxs ya nos habían contado (desde esa sensibilidad que los hace tan adorables), de su relación con el amigo que cuida los autos y que tiene una apasionante historia de vida y una sorprendente formación política y nos habían anticipado, fascinadxs, que era un auténtico militante nacional y popular, así que las ganas de conocerlo siempre estaban ahí, al acecho.

Hugo es un hombre de esos a los que es difícil calcularle la edad porque su rostro ajado y sus ojos mansos delatan una vida muy dura que le enmascaran los años tiñéndolos de sacrificio, aunque  podemos intuir que no debe llegar a los 50. Vive en el interior profundo de Tucumán, en un pueblito llamado El Chañar, distante a 35 km de Yerba Buena, esta hermosa ciudad donde trabaja de trapito.Tiene dos hijxs, la parejita, doñita, que son su orgullo y una compañera que cocina muy rica las sopas.Hugo renguea un poco luego de un accidente que casi le costara la vida y es muy agradecido con ella y con el dueño del restaurante del frente que lo “oficializó” como personal de seguridad del local, dándole el preciado chaleco como uniforme. Estrategia muy solidaria para con él y muy efectiva para despistar los controles municipales y un gesto que le permite rebuscárselas también con los autos de lxs clientes de todos los negocios de la cuadra. Hugo es muy respetuoso y muy simpático y amable, y con nuestrxs amigxs (y por contagio con nosotrxs) inició una relación solo de ida, que nos hace que sepamos de su enorme alegría por su hijo que ganó el primer premio en la feria de ciencias, que su hija es este año la abanderada, que su esposa trabaja de conserje en la escuela y que con los pesos que lleva a la casa subsiste con mucha dignidad, como me dice la amiga, (la de él y la mía). Y que nos confiese con mucha ternura que el único pecado que cometió es colgarse del cable del vecino para poder ver C5N, que pueda comentar con nosotrxs las editoriales de Víctor Hugo, que juntxs nos lamentemos por lo que le están haciendo al país, que se espante por el nivel de endeudamiento y que reciba agradecido la ropa que le lleva la amiga, rogando que en octubre se termine esta pesadilla.

Hoy una noticia del diario “hizo entrar” a Hugo en mi casa. Hoy él desayunó de mentiritas con nosotrxs y yo sentí que me miraba desconsolado y que dendeveras nos pedía ayuda para él y sus colegas. Y yo y él y todxs sabemos que no puedo hacerlo, sólo acompañarlos en su angustia (que es nuestra) poniéndole voz y contándoles a lxs lectores de La Barraca que para el Ministerio de Seguridad de Tucumán (y para algunxs de nuestrxs beneméritxs legisladorxs), Hugo y todxs lxs Hugos, constituyen una amenaza a la paz y a la seguridad ciudadana y que, según el proyecto de código de convivencia que se elaboró para reemplazar a la ley de contravenciones vigentes y que tiene estado parlamentario, su conducta delictiva debe ser sancionada con cinco días de arresto y una multa de $4850.Y que a nadie parece importarle en medio del maremágnum de informaciones por el estilo que recibe nuestro extenuado cerebro. Y que nuestras raquíticas posibilidades de ayudar a alcanzar un universo cotidiano que nos incluya a todxs, no obstante nos alcanzan para no resignarnos y no morir en el intento.

Creo que aquí correspondería un Así estamos…como dice mi hijo menor que decimos cuando no tenemos nada para decir. O cuando como ahora no puedo decir lo que tengo ganas de decir. Porque ahora sólo me digo cómo hicimos para llegar a ésto. Y  entonces mejor no digo nada y pienso. Y con pesar descubro que sólo puedo pensar en cómo será llegar ese día y buscar el lugar para estacionar y en el sabor de las pizzas y en la temperatura de las cervezas y en la cara de Marcelo y en el eco del antro. Sin Hugo.