por León Pomer

En nuestro mundo capitalista, la dominación de una minoría sobre extensas mayorías humanas supone el ejercicio estable y permanente de una doble violencia, una  explícita y físicamente dolorosa, rayana en la más absoluta crueldad, artera y silenciosa la otra. Sin la combinación de ambas no hay dominación.

Las personas a quienes el sistema confía la responsabilidad de  dirigir los destinos sociales, o que asumen por sí mismas la defensa y permanencia del enorme desorden llamado orden social, deben poseer los atributos necesarios para cumplir con eficacia  la tarea, sea cual fuere el frente de actuación que han elegido o les han designado. Es obvio que no todos los miembros de la clase dominante, y los oriundos de otras clases que se suman activamente a la función de dominación,  tienen estómago   para autorizar asesinatos por la espalda a jóvenes pobres acusados de portación de cara, o mandar reprimir a obreros despedidos sin mayores miramientos, dejados literalmente en la calle y “persuadidos”, por medio de la fuerza bruta a callar la boca; no todos pueden ser indiferentes a la desaparición de un submarino y sus 44 tripulantes, o  la cesión gratuita de pedazos de soberanía a empresas multinacionales y gobiernos con vocación colonial-imperial. Convengamos: para hacer todas  esas ignominias, y  otras de una larga lista que incluye la práctica diaria  de la mentira, del relato falso que aun encuentra incautos que muerden el anzuelo, y por añadidura, exhibir una sorprendente, pasmosa indiferencia  frente al hambre que ocasiona sus políticas, particularmente en los 8 millones de niños argentinos(números de la Universidad Católica Argentina), hundidos en hogares  atormentados por la miseria, sometidos sus vástagos a la desnutrición en los años más críticos de su vida; para ejercer tamañas felonías, hay que estar desposeído de la más insignificante migaja de conmiseración, no sentir la más  leve  irritación de  inquietud en la piel y  ningún  reproche de consciencia  por el mal inferido a millones de seres humanos.

Pregunta indispensable: ¿ cómo se llega a una estructura humana que deja tan mal parado al homo sapiens que se supone que somos? Respuesta plausible: haber recibido desde la más tierna infancia una conformación del pensar y del sentir organizada para servir sin inhibiciones de ninguna especie al sistema y la dominación; una estructura específica, cuidadosamente elaborada para futuros dominadores, generada  en hogares, en “selectos” ámbitos de socialización y sociabilidad, en  colegios y universidades de alta alcurnia, en el desconocimiento de prácticas en que intervenga una antigualla llamada moral, ética o algo por el estilo.

Para obedecer a sus imperativos, la dominación debe crear seres fríos como el hielo, inmutables  frente al terrible daño colectivo que producen sus políticas, destinadas a satisfacer la insaciable voracidad de dinero a que los ha llevado la dinámica del sistema; seres que defenderán a muerte  el poder que los hace sentir omnipotentes, les proporciona  gratas pleitesías y halagadoras distinciones que confirman su auto atribuida superioridad humana. Si la función hace al órgano, aquí el órgano son seres que no vacilan en brutalizar multitudes humanas.

La contraparte necesaria de los  recién aludidos, debe ser (no necesariamente lo es) una masa gris y anónima, gente de a pie que le dicen, que la dominación sitúa en escalones inferiores de la biología (algo como una sub humanidad)y claro, también en  lo más bajo de la sociedad. Esas gentes habrían caído en este mundo cargando una definitiva e irrevocable imperfección, ¿ genética, de misterioso origen metafísico?: una tara que impediría acceder a la inteligencia, a una vida independiente y autónoma, a un  lidiar exitoso con los desafíos  que les  permita “subir” y destacarse. En definitiva: el vivir pleno y confortable, según lo entiende el sistema de la dominación, no es para los más, según  lo aclaró un señor con dos apellidos, autoridad suprema del Banco de la Nación; el buen vivir pertenece en exclusividad a aquellos que “por algo” han llegado a la cima del dinero; concedamos que también tienen derecho a ciertos privilegios  las vastas clientelas reclutadas en  estratos medios, que temen a  la miseria y a las víctimas de ella, y observan el arriba social con la esperanza de aproximársele lo más posible. Como postre, agréguese ciertos aventureros y desclasados de origen popular, que con vilezas y artimañas se han hecho de un lugarcito entre los servidores del poder.

Que gentes del suelo social acepten su condición de supuestos malparidos constituye un triunfo supremo de la dominación. Para los no resignados a vivir como vegetales, o   simplemente a durar  en el tiempo hasta extinguirse en el silencio, el poder de la dominación tiene los correctivos necesarios: ahí está el gendarme como argumento irrefutable. A los que se hacen ladrones de puro carentes y lastimados, generalmente despojos de una infancia desnutrida de amor y de alimentos, de una adolescencia , de una juventud vividas con el mínimo de satisfacciones que los humanos requieren: a esos la dominación ocultará cuidadosamente  que la desgraciada vida a que fueron  constreñidos no es producto de su atribuida,  innata degeneración, sino de una sociedad incapaz de reconocer que todos los seres humanos necesitan comer para vivir, sentir que son amados y amar,  poseer una vivienda decente y la necesaria paz y tranquilidad para ejercer la creatividad potencial que en tanto humanos poseen.

El sistema de dominación (personificado en el gobierno de turno y en quienes lo sustentan, acepta que la humanidad subalternizada y explotada se limite, como máxima concesión, al quejido o al grito de dolor, no admite ni  perdona  la protesta activa, la insurgencia a sus dictados , al enfrentamiento lúcidamente crítico. La humanidad subalternizada debe creer en un destino que la quiere callada, mansa y sumisa. La sociedad de la dominación estructura las personas  según el papel que habrán de desempeñar en ella. Jamás aceptará reconocer la igualdad esencial de los seres humanos, no importa su color ni su pelaje.

Para contrastar lo que acabamos de reseñar con lo que concluyeron dos sabios franceses, demos un vistazo a un artículo titulado Somos Inteligentes Porque Somos Seres Sociales, aparecido en el portal Investigation, de Michel Collon, publicado el 28-10-2016 por Internet, que informa sobre los trabajos realizados por  Dirk Van Duppen, médico, y Presidente de Medicina para el Pueblo, y  Johan Hoebeke, biólogo especializado en la teoría de la evolución y antiguo investigador del CNRS (Francia). Los descubrimientos de estos hombres de ciencia desmienten (son palabras de ellos) las tesis antropológicas neoliberales: “En tanto seres humanos somos super empáticos, super sociales, y de este hecho se sigue que somos super colaboradores, hechos para trabajar juntos. Se ha descubierto que la selección natural operó sobre estas características. Nuestra inteligencia humana evolucionó parejamente con nuestras características de ser super social. La larga infancia del ser humano (el  mamífero que vive  la llamada neotenia) y la adolescencia prolongada, están en la base del instinto pro – social”

Van Duppen advierte: ”En un sistema neoliberal de economía de mercado, la economía determina que hay que ir a la maximización de la ganancia. El que no juega este juego es arrasado por la competencia. Nosotros mostramos que esto va al encuentro de nuestras tendencias pro sociales, y en consecuencia, nos deshumaniza. Durante 200.000 años hemos evolucionado biológicamente para vivir de manera social e igualitaria. Lo contrario de lo que hoy existe. Hoebeke agrega: ” Cada vez más personas son conscientes que continuar por la vía de la deshumanización, tarde o temprano nos conducirá a la destrucción de nuestro ambiente y en consecuencia de la especie humana”.

Salud y ambiente, componentes de todo estilo de vida, son demasiado serios para tratarlos livianamente. Pero algo diremos sobre  el gigantesco proceso de inhumano sufrimiento  a que ciertos malestares de claro origen social someten a gran parte de la humanidad, particularmente(pero no sólo a ella) la tenida por sub humana.  En su libro  La sociedad del cansancio, el filósofo coreano  Byung Chul Han, residente en Alemania, analiza las enfermedades que produce el capitalismo neoliberal, léase, entre otras,  depresión y  opresión psicológica. El neoliberalismo reconfiguró a los sujetos, advierte  Byung Chul Han: en los medios de comunicación, en la publicidad,  en la escuela, en el trabajo y en la familia todos estamos presionados a vivir del discurso del libre mercado si no queremos quedar rezagados. Nuestros deseos, proyectos y aspiraciones son marcados por el capital. Con el discurso del mérito, la llamada meritocracia, se supone o nos hacen creer que cada uno de nosotros es capaz de cumplir sus sueños: todo es posible en el neoliberalismo, siempre que uno se esfuerce lo suficiente, posea y ponga en acción  la energía y la astucia necesarias  para “triunfar en la vida”.Quien fracasa en la sociedad neoliberal es aleccionado que la culpa es exclusivamente suya. Nada de atribuir responsabilidades a la sociedad, su organización, sus ideales y exigencias. El sujeto debe reconocerse como un inútil y descerebrado. Ese régimen  de autoexplotación, cree Byung, en que la agresión es desviada contra sí mismo,  no convierte al explotado en revolucionario sino en depresivo.

Las llamadas dolencias erradamente atribuidas al  siglo XXI, sólo porque transcurren en él, provocadas por el estilo de vida a que es sometida la población, provocan síndrome de estrés, trastornos de bipolaridad, de personalidad limítrofe y depresión. En el mundo de los obreros, el síndrome de cansancio físico y mental y el estrés laboral llegan a niveles alarmantes, anota Byung. La inexistencia de sindicatos, de contratos colectivos, el aumento de la jornada laboral, los salarios raquíticos, la desaparición del derecho a la jubilación, la precarización del trabajo son formas de aumentar el cansancio. Las enfermedades mencionadas   adquieren una fuerza e intensidad mayor en las filas de los asalariados: la explotación en la fábrica genera  fenómenos aberrantes.

La tesis central de Byung Chul Han  sostiene que los mecanismos de opresión ya no son los que describe Foucault: el sujeto, sostenía el filósofo francés, había sido  reemplazado por el biopoder, sometido a fuerzas exteriores, instituciones y dispositivos como cárceles, manicomios, escuelas, cuarteles, etc.; en la sociedad actual, la víctima  se desasosiega aún más, persuadido que el explotador y el  explotado son uno mismo. Tal vez como nunca en la larga historia de la dominación, esta ha logrado llegar extremo, insiste, Byung,  Para ilustrar que lejos de referir su malestar  a la vida que  le impone el sistema, el sujeto lo atribuye a algún desarreglo, repitámoslo,  que nace exclusivamente de sí mismo. La sociedad exculpada.

Para ilustrar los dichos anteriores, aquí algunos números. De acuerdo a los Institutos Nacionales de la Salud, de los Estados Unidos, casi el 20 por ciento de los adultos estadounidenses padece una enfermedad mental cada año. Los trastornos de ansiedad son lo más común, afectando  anualmente  a 40 millones de personas mayores. Alrededor del 7 por ciento de los adultos estadounidenses sufren depresión grave. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, EE.UU. es uno de los países con más altos índice de depresión en el mundo, en tanto que a nivel mundial, la depresión es la principal causa de problemas de salud y discapacidad, y el factor principal en los casi 800.000 suicidios por año. Para salvar el buen nombre de la sociedad, diversos profesionales tratan los males que destrozan millones de vida como originados pura y exclusivamente en la química  cerebral, excluyendo las causas ambientales cuya influencia sobre este suele ser decisiva.

La comida basura domina multitud de  dietas, valores basura envenenan mentes y desencadenan oleadas  de ansiedad y depresión. Hombres de ciencia  sostienen que tenemos necesidades psicológicas inherentes a nuestra condición humana. Debemos sentir, advierten,  que pertenecemos a algo, que la vida tiene un significado y un propósito, que  somos reconocidos y valorados,  que el futuro tiene sentido. Cada vez somos menos capaces de satisfacer las profundas necesidades psicológicas que subyacen en nosotros, carencia decisiva que fundamenta la explosiva crisis de depresión y ansiedad que nos obsequia una sociedad enferma que nos enferma. Citando de nuevo a Byung, ahora  en el  remate de sus reflexiones: “la moderna pérdida de creencias afecta no solo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma: la vida humana se convierta en algo totalmente efímero y patéticamente vacío”.

El sistema adjudica plena humanidad a quienes lo mandan; el resto es sub humanidad doliente y sufriente e inhumanidad lisa y llana. El sistema es incompatible con una   plenitud  humana universalmente  extendida. Entre los  seres que produce, demasiados  pagan el precio de deformaciones lóbregas y hediondas, que algunos desavisados atribuyen a menoscabos irreversiblemente innatos. Humanos, sub humanos e inhumanos son producciones sistémicas.