por Miguel Núñez Cortés
 
Siempre creyó que él lo era todo. Una vez, siguiendo un impulso u obedeciendo a otros, nunca lo tuvo muy claro, comenzó una vida que lo sobrepasaba, que le exigía sacrificios extremos y para los cuales no había sido formado.
 
Fue ahí cuando se dio cuenta que le hubiera gustado ser ese otro mismo que sí mismo,  que no coincide con quien se imagina que es. (I. Quiles dixit)
 
Su torpeza, al no poder interpretar ni siquiera escénicamente a otro, percibe que su cuerpo no cumple con las demandas que le imponen asesores especiales, ni tampoco con las de su imaginación, recreada en tanto tiempo libre, signo distintivo de su vida ociosa. Todo es una impotencia torpe que oculta una relucencia requiriente, acorde con la vida anterior, de tragos y de risas holgazanas, en espacios largamente sobrantes.
 
El acicate de recordarse como habiendo sido solamente “el mismo”, lo lleva a un ámbito esquizoide donde no encuentra recuerdos en un mundo en el que trafaga por deportes aplaudidos y malas interpretaciones actorales.
 
¿Cómo poder ser el propio imaginado, cuando se carece de los dotes del amor? La fragilidad emocional, en sucesivos ensayos afectivos, descendencia incluida, lo reduce a un ser que no puede lanzarse a sí mismo en otro campo que no sea el orgiástico y el escénico.
 
Pero al existir Ella, se ahondan los vacíos.  Cómo contar ese haber aceptado un compromiso que no lo llega a satisfacer con la misma potencia que el gol que le dejan hacer, actividad que por otra parte es la que le calza, además de una avidez ancestral por el metálico.
 
Es un tipo que no tiene más que un pasado de compañerismo estudiantil y que es capaz, risueñamente, de trasladarlo a momentos donde la seriedad y el compromiso deben ser absolutos, pues absoluto es el mandato recibido. No atina a tener contextura intelectual. Gimotea. Nadie valora lo que le cuesta aprehender las enseñanzas de sus modelistas. Por eso ese amor por la pelota que lo trasporta  a praderas sin compromisos ni exigencias. Un hombre con contextura de grande y textura de niño.
 
Ansía abandonar con cierto estilo esa equivocación vital, pero teme un después donde no siempre el dinero lo protegerá del escarnio verbal que solo él se supo conseguir.
 
 Si pudiera contarle a otros lo que le pasa, además de a su analista, le diría que sus apetencias no son satisfechas por transitar las grandes alfombras, pues él las tuvo y las tendrá. Con espíritu infantil, de noche de reyes, creyó que en sus zapatillas deportivas encontraría otra cosa. Y los reyes lo olvidaron. No sabe si para siempre.