por Rosana Herrera

 
No conozco a nadie que haya pensado jamás “qué ganas tengo de viajar en ambulancia” o al menos que lo dijera en voz alta. Y seguramente nadie lo deseó porque no tuvo el privilegio de conocer a Gaby, el ambulanciero de Boedo y a su deliciosa compañera de vida y copiloto, Marita.

En cambio yo sí. Yo lo pensé. Y desde mucho antes de conocer a este dúo tan encantador. Sólo que yo lo deseé siempre, porque tuve el privilegio de conocer a Miguel, el querido amigo, médico sanitarista y pediatra de mis hijas, jefe y luego compañero de trabajo. El mismo que se nos fuera muy pronto dejando un enorme vacío entre lxs que lo queríamos mucho (que somos muchxs).

¡Atenti! que conste que esta vez no hago uso y abuso de mi costumbre de mezclar las cosas porque en este caso está todo mezclado. Así que vayamos por partes (como diría Jack).

Miguel y yo fuimos alguna vez, secretarios de Salud Pública, y formábamos parte del Comité Provincial de Vigilancia Epidemiológica (una de esas Comisiones de trabajo que quedan por siempre grabadas entre los tesoros de la memoria); por aquel entonces él era radioaficionado y tenía lo que yo llamaba una obsesión pero que él tomaba como obligación: descubrir en qué casos se justificaba que los choferes de las ambulancias hicieran sonar las sirenas (el área de Emergencias dependía de su secretaría) porque según su teoría, no sólo la prendían frente a las urgencias, sino cuando algún motivo de índole personal los empujaba a cometer esa infracción.

La cosa es que corrían los tiempos en que transitábamos con muchos temores la amenaza del brote de cólera que se había iniciado en Salta (en la localidad de Salvador Mazza) y las jornadas laborales generalmente culminaban en largas vigilias nocturnas con todo el equipo interdisciplinario (y multitudinario) discutiendo, leyendo, recibiendo noticias por radio y aprendiendo con cada caso que se presentaba, desafiando nuestra gran responsabilidad y nuestra mínima experiencia. Estábamos todxs una noche en la imponente sala de situación y advertimos que Miguel, el Presidente, no estaba  entre nosotrxs. Confieso que ya empezábamos a preocuparnos por su demora en regresar, cuando justo se nos aparece triunfante diciendo: “yo sabía, yo sabía, le dí la cana por fin, lo voy a sumariar a él y a su jefe”. Su rostro tenía una rara expresión mezcla de enojo y de alivio, como los nuestros seguramente denotaban sorpresa, porque inmediatamente nos aclara “el muy bobina de Rubén me dijo que la prendió porque no quería que se le enfriara la pizza, estoy indignado”.

Frente al problema resuelto y finiquitado gracias a la actitud siempre alerta de Miguel, no nos quedó otra que ocuparnos del cólera y de sus estragos por muchos meses más. Pero a mí (junto con el recuerdo imborrable de una época maravillosa) siempre me quedó rondando en la cabeza como sería esta cosa, este  universo misterioso de las ambulancias y el (o los motivos) de la falta grave que cometiera Rubén, el chofer que, suponíamos, jamás sería sancionado por el santo del “doctorcito Miguel”.

Me saqué la duda muchos años después, en Bs As, ahorita nomás, hace días. Y  entré a ese mundo tan especial como desconocido para lxs que no tuvieron (afortunadamente) la oportunidad de usarlo como medio de transporte, de la mano de una inolvidable pareja que pareciera haber sido concebida para hacer ese trabajo.

Una mujer y un hombre que tienen la sonrisa instalada a perpetuidad en su cara rolliza, un hombre que habla un porteño básico tan gracioso como tierno, una mujer que te acaricia con la mirada y dos seres que te abrazan hasta hacerte doler la osamenta. En definitiva, entré de la mano de esas personas que te ofrecen justo lo que tu angustia necesita para bajar de peso, porque sentís que te la aligeran apenas estampado el beso (en ambas mejillas) y regalado el “mucho gusto, somos Gabriel y Marita, lxs de la ambulancia que pidió, pero… dígame Gaby, por favor”

Ellxs son marido y mujer, (los dueños de la empresa para la que trabajan son prestadores de PAMI) y toda su vida trasladaron a pacientes adultos mayores a las sesiones de diálisis, por lo que el interior de “la carroza”,como él le llama, está totalmente equipado para las necesidades de lxs ancianxs y para las de lxs pacientes con movilidad reducida. Tiene una heladera con agua fresca, aire acondicionado y una música suave que te acompaña todo el viaje si lográs escucharla, porque en cuanto empieza a sonar y él te pregunta “¿les gusta Vincet Morocco o quieren que les ponga unos buenos pasodobles? si vos cometés el pecado de sonreír o de contestar… estás en el horno, no para de hablar y es cuando las melodías se pierden detrás de la categoría de cada una de sus afirmaciones roncas y gritonas.

De Marita sólo sabes que ayuda en todo momento a movilizar al paciente y a dejarlo cómodamente instalado en la carroza, que tiene el pelo rojo ensortijado y que de a ratos mira por el espejo retrovisor aprobando orgullosa cada frase del conductor. Entre nosotrxs… el personaje de Alelí (¿se acuerdan de ella?) tenía más texto en la peluquería de Don Mateo que Marita en este cuento.

Lo cierto es que hace más de treinta años que recorren las calles porteñas y él confiesa no haber visto jamás tanta gente durmiendo en ellas, como no recuerda épocas tan duras como las actuales, “hace más de siete meses que el PAMI no le paga al patrón”. Su preocupación por la situación del país parece tan genuina que enternece, sobre todo cuando recuerda que mientras tenga combustible, él debe salir a trabajar igual, aunque haga tres meses que no cobra, aunque le hayan bajado el sueldo y las horas, aunque no le alcance para pagar la luz y haya suprimido “algunos de los lujos que me daba como el cable” porque él no sólo lleva y trae pacientes en riesgo de vida que “ya son de mi familia” sino porque siente que Dios le dio ese oficio para servirle a la gente y porque “yo sí creo que la Patria es el Otro, doñita”.

Nos cuenta que tiene a su mamá muy viejita con Alzheimer en su casa porque no puede seguir pagando el geriátrico, que tiene “la parejita” en la secundaria y que apenas le alcanza para comprar los libros. Que es muy creyente (la imagen de Jesús de la Misericordia pende del espejo y sus rayos te pintan de arcoiris la angustia entibiándote los miedos) y que justamente por eso no puede entender cómo la gente confunde los tantos cuando dicen de que son provida  desconociendo, según él, que lo que se está buscando con la ley del aborto que es salvar la vida de esas pobres mujeres que “usan el perejil, doñita, yo sé lo que le digo”.

Gaby se manifiesta peronista desde la cuna y kirchnerista por convicción (Marita sólo sonríe y asiente) Canta en cada semáforo “…savolver, savolver…” mientras hace la V de la victoria despertando las más variadas reacciones que van desde la carcajada hasta la puteada. Y de pronto, apasionado por su propio discurso y al advertir que el tránsito se pone cada vez más pesado y la siesta se abalanza sobre la mañana, se da la vuelta y pregunta “¿ Decime…vos tenés hambre, hijo?” Y ante el sí del aludido, pulsa inmediatamente el botón de la sirena y de golpe la fila de vehículos mágicamente se abre dejando a la carroza sola en el medio de la ancha y elegante avenida Libertador.

Y mientras nosotrxs nos mirábamos lxs tres muy sorprendidxs, sin saber muy bien qué hacer o qué decir, el susodicho, muy canchero, nos relojea por el espejo, susurrándonos su complicidad con el guiño del ojo y casi riendo: “tranquilxs, ahora el pibe va a  tener tiempo de comer alguito antes de que le saquen los puntos, tranquilxs, no se preocupen” y empieza a tararear Cafetín de Buenos Aires.

Yo, ante la primera sonrisa del día de mi hijo y envuelta en una compulsiva nostalgia, en el acto me acordé de Miguel y del cólera y de la Comisión y delaputamadrequeloparió!! y… me dio vergüenza imaginar aquel sumario de Rubén y la pizza que seguramente llegó caliente.