Por Oliverio Jitrik.

Después de publicada la nota «Las Brandoni…» en La Barraca (una versión ligeramente cambiada se publicó enseguida en Página12) compartí con Horacio González y con la joven diputada Ofelia Fernández el honor de haber sido blanco de un asedio informático automatizado que, como es costumbre, fue instrumentado por los operadores más agresivos del macrismo/marquitospeñismo y disparado por integrantes del colectivo de científicos afines al gobierno de Cambiemos, que pueden ser pocos pero «muchos más que dos». Al sentirse ofendidas por ser comparadas con el actor, quien como campeón de la democracia y la república  avivó desde Madrid el acto en Barrancas de Belgrano, su malestar podría entonces resultar insultante al propio Beto Brandoni y, lateralmente, a Casero o al mismo forward bostero, admirador del conocido en nuestras tierras como el Domador e’reposeras.

Pero no fueron los únicos que se irritaron. Algunas personas cercanas -del arco progre- en el mejor de los caso me criticaron por mis formas o, con su silencio, me pusieron distancia. Muchos otros, que no tengo el gusto de conocer, me alentaron y suscribieron plenamente sobre denunciar las canalladas del macrismo. Son, admitamos, difíciles de tratar desde la pura corrección política. La intención de la nota, aclaro, era meramente la de generalizar lo que une a científicos con personajes de la sociedad argentina cuyos nombres no repetiré: su definición es que son funcionales al macrismo. ¿Me habrían atacado desde las redes de forma igual si las científicas hubieran sido dos varones?

Si las chicas alardean que votaron a Macri, vaya y pase. Pero no esperen que acusar de «fascismo» al Frente de Todos, como lo hicieron, no obtenga respuestas. Resulta totalmente fuera de lugar pensar que, de repente y de manera mágica, se cierre la «grieta» para que convivan alegremente dos posiciones que en esencia declaran: 1. «Me interesa vivir en una nación independiente, autosuficiente y que todos tengan para comer» y 2. «Los K se robaron todo y hay que reventar a los negros choriplaneros». La segunda declaración no tiene, evidentemente, la misma jerarquía para ser siquiera debatida en Córdoba. La grieta, pues, no puede entonces describirse de manera simplista como «dos corrientes de opinión política, una tan válida como la otra, que no se ponen de acuerdo», modo de pensamiento bien representado por los actores del macrismo y, en particular, en uno de sus momentos estelares: «… ella tenía sueños, sabía lo que quería, escribía sobre lo que quería y esos sueños quedaron truncos en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia” (sobre Ana Frank, Esteban Bullrich, ministro de Educación, Amsterdam, circa 2017).

Con una valoración desde lo ético, Pablo Esteban me señaló en Página12 que «Las diferencias ideológicas no habilitan la falta de respeto, ni mucho menos cualquier forma de menosprecio, degradación y estigma». Tomo nota y, en el fondo, el debate se reduce a si desde la trinchera política la crítica puede hacerse «sin ofender» y «debatir ideas y no señalar a personas» cuando lo que se combate excede por mucho cualquier escala razonable.

¿No deberíamos señalar a quienes se dedicaron cuatro años a -inflamados de odio- calificar de «chorra», «puta» o «yegua» a Cristina? Y, tratando de superar el sobado contexto local ¿merecería cortesía y respeto la autoproclamada presidenteñida Añez cuando expresa el destino que desea para «los indios» o que declara que Evo «es cobarde» por evitar que lo asesinaran en Bolivia (y ser rescatado por un valiente piloto de la Fuerza Aérea Mexicana para llegar sano y salvo a nuestro bendito México) cuando, justo, asesinaban a los cocaleros en Cochabamba? Y le toca también, como debe ser, a los hombres… ¿Piensa el periodista uruguayo Lissardy, sirviente de Almagro, y el que con la chapa de la BBC se atrevió a hacerle perder tiempo y casillas al Presidente Morales, que no lo vamos a chicanear?

Esteban me señala, también, que la crítica “al macrista arquetípico” peca de esquemática. Es muy posible, pero me quedé a sólo 10 puntos porcentuales en acertar la filiación macrista de los votantes argentinos en México: predije un 70% y resultó de un 80%. Me quedé corto, pues, en mis proyecciones pigmentológicas.

No nos engañemos, en Argentina la derecha también va por todo y en cuatro años pueden reaparecer con más fuerza si no se desarticulan sus falacias infinitas y nos reducimos únicamente a la extenuante discusión sobre los desaciertos económicos de Cambiemos. ¿De verdad creen que lo que pasó en Bolivia no puede pasar en nuestro país?