Por María Centeno (desde Venezuela)

Cuando el ejército de Hitler sitió la ciudad de Leningrado durante la segunda Guerra Mundial, los alemanes pensaron que la ciudad pronto se rendiría ante la superioridad aplastante de las fuerzas invasoras. Las tropas nazis mantuvieron el bloqueo durante dos años, 4 meses y 19 días, impidiendo que entraran alimentos, medicinas y combustible, este ultimo crucial en inviernos de hasta menos 30 grados de temperatura. La gente resistió heroicamente, sufriendo hambre, frío y enfermedades que le ocasionaron la muerte a un millón doscientas mil personas, más de un tercio de la población de la ciudad. Los habitantes, para sobrevivir, acabaron con todos los perros, gatos, ratas, palomas y cuervos. Para no morir congelados, se vieron obligados a quemar los libros de la biblioteca de la ciudad, de más de 200 años de antigüedad.

Miles de poblaciones han sido sitiadas a lo largo de la historia, y todas coinciden en algo: el bloqueo ha sido pensado para poner de rodillas y obligar a rendirse a una población, y para que entreguen posiciones o riquezas a los vencedores. 

Los tiempos modernos han presenciado bloqueos más sofisticados y complejos. No es solo interceptar barcos, aviones o camiones cargados de alimentos, medicinas, repuestos u otros materiales, también, como en el caso de Venezuela, incluye el bloqueo de toda carga de materia prima como el petróleo destinado a la exportación, y prohibición de pagos a proveedores y toda otra transacción a través de la banca internacional relacionada con Estados Unidos o los países europeos.

Pasqualina Curcio, economista venezolana, calculaba que las pérdidas del Estado venezolano debido al bloqueo y las medidas unilaterales de Estados Unidos alcanzaban los 194 mil millones de dólares, sólo entre 2.016 y 2.019. Ese dinero alcanzaría no sólo para pagar la deuda externa del país, sino para importar todos los alimentos y medicamentos que precise Venezuela durante 45 años.

John Bolton, ex funcionario de la administración Trump, confesó en 2019: ¨Congelamos todos los bienes de la petrolera estatal PDVSA en EE. UU., bloqueamos 7 mil millones de US dólares en activos más mil millones de $ en ingresos estimados por exportaciones en el 2020. Adicionalmente, US $ 5.400 millones se encuentran retenidos en 50 bancos del mundo, incluyendo las 31 Toneladas de oro que fueron depositados en el Banco de Inglaterra, y que este país se rehúsa a devolver bajo la escusa de que no tienen claro si el presidente de Venezuela es Guaidó o Maduro.

Además 18 mil millones de los activos y los dividendos de la empresa Citgo, que posee 3 refinerías y más de 10.000 estaciones de servicio de gasolina en territorio norteamericano, robada descaradamente al estado venezolano cuando un juez norteamericano autorizó su embargo en enero de este año 2.021.

El impacto de esta guerra contra Venezuela no es solo económico sino también simbólico y psicológico. En castigo al país por no alinearse con EE. UU. y con los intereses de las grandes corporaciones se ha desatado desde hace más de 20 años, es un asesinato moral del país. Venezuela ha sido convertido en un estado paria, el modelo a no seguir, el fantasma con el cual asustar a los pueblos que osan soñar con desviarse del dogma neoliberal y capitalista. Eso ha sucedido con muchos otros países que eligen otra senda, han sido cruelmente castigados con sanciones, guerras, ataques a su moneda, golpes de estado y calumnias en los medios. Cuba ha sido objeto de todos estos ataques, Chile también, cuando eligió al candidato equivocado en 1970, o Grecia que fue obligada a humillarse y pedir perdón a Europa por optar por un candidato de izquierda. El capitalismo no puede permitir que un país desobediente sea exitoso.

Como en la novela de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, el capitalismo internacional obliga a las economías rebeldes a morir, para que no den mal ejemplo. Como ha dicho Rafael Correa, con la economía venezolana pasa como con un nadador en una piscina a quien encadenan un bloque de cemento a los pies y luego critican por no poder nadar. Los problemas económicos de Venezuela equivalen a millones de bloques de cemento amarrados a su cuerpo, para que no salga jamás a flote.

Finalmente, Leningrado, contra todo pronóstico, y con mucho sacrificio, logró resistir el asedio de una fuerza muchas veces superior. De manera similar el pueblo venezolano ha resistido los embates del país militarmente más poderoso del mundo, aguantando hambre, enfermedades, pandemia y ataques violentos de todo tipo. Un golpe de estado en 2002, una criminal hiper inflación inducida, saboteos a su infraestructura, intentos de asesinato a sus gobernantes, conatos de invasión y una guerra de mentiras que nos ha convertido en el Cuco con el que se asusta a los pueblos traviesos. Pero éstos están perdiendo el miedo, están descubriendo quienes son los verdaderos ogros, y están abriendo puertas y ventanas, rompiendo bloqueos físicos y mentales, marchando al nuevo mundo luminoso que se asoma.

María Centeno: Nació en Venezuela. Es arquitecta, egresada de la Universidad de Cambridge donde obtuvo el grado y el postgrado con los máximos lauros. Caricaturista política de proyección internacional. Militante bolivariana activa en grupos políticos en defensa del proyecto bolivariano y en contra del bloqueo a Venezuela. Activista feminista de reconocimiento nacional e internacional. Editora de la revista de proyección nacional “Mujer tenías que ser”. Ha recibido numerosos premios por su aporte a la cultura de su país y por su labor como arquitecta. Ha publicado numerosos artículos sobre el proyecto bolivariano en revistas nacionales e internacionales. Colabora con dos periódicos de Caracas y dos internacionales.