por Alejandro Mosquera

El gobierno no logra establecer, aunque sea un logro de su gestión o de sus políticas públicas para hacerse fuerte. No hay nada para generalizar como un triunfo, y demostrar que, aunque el camino sea duro “vamos bien”. Sus políticas son cada vez mas rechazadas.  Así se ve en sus políticas de tarifazos salvajes, en los despidos en el Estado, los ajustes, en la lucha contra la inflación, en los créditos hipotecarios, en la educación publica, en la Universidad, en las devaluaciones constantes, en salud, en la política energética, en la vigencia del estado de estado de derecho y las libertades publicas, en la seguridad y podríamos seguir.

El “mejor equipo de los últimos 50 años” va demostrando que no solo que es un gobierno de derecha, que viene a profundizar la desigualdad, la transferencia de riqueza a favor del capital financiero (lo cual por si solo ya es un desastre) sino que lleva adelante una verdadera catástrofe política y social.

Los comunicadores oficialistas, los periodistas pro-pro, las editoriales de los medios hegemónicos que lo protegen, ya no saben que sostener para decir que hay una posibilidad que el experimento ceo-neoliberal salga bien. Tratan de mantener vivo el sueño de que Vidal es la persona mas popular y posible recambio, aunque después de la tragedia de Moreno producto de la desidia estatal comienza a verse la debilidad de su gestión, y ya no dan el resultado esperado las provocaciones a los sindicatos especialmente docentes y estatales para lograr el apoyo de la sociedad a sus políticas de ajuste.

Con preocupación se mira el resurgimiento de las luchas universitarias en Córdoba que tuvieron características masivas. El temor es si se despertara el movimiento estudiantil en el resto del país después de años. A 100 años de la reforma universitaria parecería una pregunta pertinente. El crecimiento de la bronca contra el gobierno, y el crecimiento de la resistencia obrera y popular esta tocando a la puerta. Veremos si es escuchada o el franjismo-pro logra que la sordera se mantenga.

La exigencia que la situación pone al gobierno les hace volcarse al expediente del odio a lo popular que vive en una parte de nuestra población. Ese fascismo societal que cada vez que se le abre la puerta o se lo convoca tiene también fuerza callejera y muestra su impronta no solo antiK, sino antiperonista, anti-izquierda, anti-progreso. Adoradores de los regímenes de orden y control, que con tal de que prosperen sus sueños anti populistas gritan para que el poder se lleve por delante la democracia, las libertades civiles, el estado de derecho.

Intoxicados por la tv abierta necesitan voceros para su odio, pueden vivar a Alfredo Casero, o deleitarse con las provocaciones de Fernando Iglesias o las ocurrencias legitimadoras de Carrió, estiman a la Graciela Ocaña del Pro, aunque aborrecían a la Graciela Ocaña ministra del gobierno Kirchnerista. El poder les da pantalla cuando los necesita, los usa y luego los olvida. Personajes menores de la historia oficial y mucho mas de la verdadera historia de nuestro pueblo por la libertad y la igualdad.

El desatino del gobierno también se muestra en hechos menores pero que expresan la falta de rumbo y la debilidad de esta derecha. En particular en la reunión de los legisladores de Cambiemos con el presidente Macri en Olivos cuando todos cantaron queremos Flan emulando a Casero y sabiendo que el significado de ello es el de un pueblo pidiendo aumentos de salarios frente a una inflación del 35 o 40% para este año. ¿estúpidos? ¿torpes? ¿impunes? Me niego a pensar así, me parece un capitulo mas de la soberbia oligárquica frente a los dolores del pueblo, son su karma, su esencia…es su clase.

Es la otra cara de la misma moneda de los dichos “sinceros” de Mario Quintana frente a los banqueros y lobos de Wall Street cuando sostuvo ante la desconfianza de ellos sobre que Argentina no iba a poder pagar sus deudas que “Hay mejoras en el frente fiscal que no se pueden anunciar porque nos perjudicaría en lo político, como por ejemplo la caída del salario real”.

Sabíamos que venían a cumplir el reclamo de sus empresas de bajar el salario real de los trabajadores y que esa transferencia de riqueza tuviera el destino del capital financiero. Lo sorprendente es que lo digan tan clarito: bajamos el salario para garantizar pagar una deuda externa que contrajimos para que nuestros socios pudieran fugarla del país.