Por Alejandro Mosquera

La situación social se tensa dada las penurias combinadas de la inflación en especial en los alimentos y la necesidad de trabajo estable de millones de argentinas/os que no lo tienen. La urgencia social se cruza con la necesidad de construir un rumbo para mejorar la vida de nuestro pueblo.

Con ese contexto también se tensa el debate político. En el fondo de la discusión están las viejas recetas de privilegiar los equilibrios macroeconómicos que en política expresa la necesidad de achicar el gasto público que en países tan desiguales como el nuestro significa ajuste sobre el estado y sobre los trabajadores. Y por el otro lado las propuestas de re-industrialización del país con generación de trabajo estable, con desarrollo de mercado interno y capacidad exportadora con valor agregado, con redistribución de riqueza y del conocimiento, con desarrollo soberano científico-tecnológico.

Las viejas recetas tienen sus máximos exponentes en la cofradía que se beneficia con el libre mercado, la reducción derechos de los trabajadores, con un país exportador de materias primas y que propone un estado gendarme para custodiar la maximización de sus ganancias.  Para representar esta variante de país se ofrecen innumerables políticos que creen que así logran el apoyo del poder económico y mediático para dar lustre a sus carreras políticas, aunque eso signifique abandonar banderas y propuestas que estaban en su origen.

Esas ideas y acciones presionan sobre el debate del movimiento nacional y popular. No es nuevo, pero eso no nos exime de analizar la situación actual.  El FMI, el Club de Paris, EE..UU tratan de imponer sus recetas acordes a sus intereses. Tampoco es nuevo.

La crisis del 2001, el empobrecimiento de los sectores medios, las revueltas populares, el recamo de los trabajadores, los reclamos del empresariado nacional, la caída de la autoridad de la política institucional, la promoción y fracaso del estado represivo de los radicales del gobierno de la Alianza, todo junto parió una nueva etapa, y también al kirchnerismo. El posibilismo de la centroizquierda fue derrotado por la gestión y acción de Néstor Kirchner y luego por Cristina. Las grandes ideas de un Patria mas justa e igualitaria construyeron nuevas y renovadas ansias de participar y transformar.

Parecía que, con inteligencia, pero con audacia se iba rompiendo esa cultura con la que el neoliberalismo había penetrado sobre el movimiento nacional y popular. Con un país devastado y solo con el 22% de los votos y una segunda vuelta frustrada, el presidente nos propuso salir del infierno, construir un país normal, y un rumbo de transformaciones a veces proclamadas y otras tantas realizadas sin avispar a los enemigos.

Reflexiono sobre ese periodo a propósito de la vuelta al viejo posibilismo de los finales de los 80 y 90.  Entendemos por posibilismo esas ideas que tienen en común un culto exacerbado a la correlación de fuerzas que siempre imaginan contrarias a las transformaciones.

Esta política se expresa en que “siempre hay una razón de estado para no hacer lo que se debe hacer”.

Y casi en la grosería político-cultural en aquella frase de Raúl Baglini diputado radical de Mendoza formulado el 7 de marzo de 1986, en la bicameral por la deuda externa, que se conoció como el “teorema de Baglini”: «… la ligereza de las posturas sobre la deuda externa es inversamente proporcional a las posibilidades de acceso al gobierno de un partido político determinado. Es decir, que, a menor posibilidad electoral de ser gobierno, más ligereza en el planteamiento»

En la actualidad ese viejo posibilismo de cuño conservador que afectó profundamente a todas las fuerzas políticas incluso a segmentos importantes de la centroizquierda e izquierda se moderniza para parecer mas serio, pleno de un realismo con ritualismo científico, siempre aparecerá en oraciones donde se habla de gobernabilidad. Que como palabra mágica capea las ínfulas transformadoras de los sujetos políticos.

La gobernabilidad de la que nos habla el poder y que coloniza a parte del pensamiento popular es que se acepte su programa o por lo menos lo esencial de sus propuestas, con una amenaza latente de que si es aceptada su gobernabilidad no se desestabilizara al gobierno. Promesa que todos sabemos que es una gran mentira. Porque los gobiernos populares que asumen el programa de sus enemigos pronto se separan de su base social y son mas débiles y mas fáciles de vapulear por el poder económico.

En los oídos receptores de ese chantaje se reelabora de otra manera. La cuestión es ser inteligente y aceptar que la correlación de fuerzas no permite las medidas necesarias para generar un país mas justo y soberano. El pragmatismo conservador coloniza discurso y acciones. El pensamiento critico retrocede.

Influenciado por ese pensamiento el debate interno dentro del movimiento nacional y popular se ve como debilidad, cuando en cambio es su fortaleza. Con la convicción de no ser funcionales a la derecha se moderan las ideas mas punzantes y logradas del pensamiento y la acción transformadora. Aún con buenas intenciones se debilita al movimiento, se inmoviliza a sus bases.

Por el contrario, un debate participativo, combinado con una organización de la unidad en la diversidad del movimiento lo dotaría de fuerza al frente, al gobierno y crearía esa correlación de fuerza tan reclamada.

Parecerá una utopía para algunos, pero por qué no transformar las PASO del FdT en vez de ver cuales son los candidatos mas “presentables” para la TV en un gran debate de propuestas que permita reparar los daños en las articulaciones y músculos del movimiento. Que las broncas, desalientos y desconfianzas generadas muten por propuestas y debates entre compañeros, evitando que la derecha o sus colectoras disfrazadas le saquen votos al Frente.

Hay que apostar a una gobernabilidad diferente a las que nos propone el poder concentrado, a una gobernabilidad popular, repleta de energías, de demandas, de creatividad. Es una gobernabilidad incomoda para los dirigentes, pero beneficiosa para el país.

Como dice el Frente dentro del Frente:

Son miles y miles las voces que piden la palabra.

                     Hay sueños que no quieren ser postergados.

                                             Hay necesidades que deben convertirse en derechos.