Por Alejandro Mosquera

Los nuevos porcentajes informados implican que 19,2 millones son pobres y de ese número, 4,5 millones son indigentes.

Entre ambas mediciones el Producto Bruto Interno (PBI) cayó un 9,9 % producto, como consecuencia de las restricciones que se aplicaron para evitar la propagación del covid19 y del arrastre de las políticas macristas, al tiempo que la inflación fue de 36,1%.

Los contagios de covid19 crecieron en forma alarmante y la segunda ola comienza con crudeza tensionando a todo el sistema sanitario. Crece la llegada de vacunas pero todavía son insuficientes para hacer más leve el impacto de esta ola de la pandemia.

Estas dos informaciones que inundaron los periódicos y las pantallas, todos sabemos que no son independientes una de otra. Los números duros de la economía no dañan a todos por igual, no son todos perdedores ni del neoliberalismo macrista ni de los efectos en la economía de la pandemia. Hay ganadores y perdedores.

Tampoco la pandemia afecta a todos por igual. Si bien todos somos similares en cuanto a los contagios, los sectores de mayor vulnerabilidad sufren los efectos más duros por la falta de redes de sostén y las condiciones de salud y alimentación cuando los golpea el virus.

La inflación sigue, los alimentos son los que más crecen y ello impacta, sobre todo, en las clases medias trabajadores y los pobres. Mientras los más ricos de los ricos rechazan que haya retenciones en el negocio agropecuario, que además de sus efectos fiscales desenganchen los precios internacionales de los locales y así proteger a la población. Y los más ricos de los ricos presentan amparos judiciales para no pagar el impuesto solidario a la riqueza, por única vez.

Es el país vergonzosamente desigual que vivimos. Y la crueldad del capitalismo realmente existente.

Esta columna ya analizó en el número pasado la necesidad de que los gobiernos tomen medidas urgentes para evitar que la segunda ola no nos golpee tan fuerte. Volvemos a sostener que las medidas no pueden recurrir solo a la responsabilidad individual porque ello no organiza a la sociedad y elude la responsabilidad principal de los gobernantes.

Cuando hablamos de pobreza con los números que dio a conocer el INDEC nos estamos refiriendo casi a la mitad de la población. A la vez, todos sabemos que cuando crece esto afecta a otros sectores que viven del mercado interno y que, por lo tanto, las dificultades económicas de la mayoría de la población les impactan de pleno en sus negocios o en las empresas que los emplean, creándose un círculo vicioso que lleva a más desocupación y a más pobreza.

La derecha y ultraderecha trata de aprovechar la situación para volver a proponer   medidas de origen neoliberal que nos crearon las bases donde se desarrollaron los efectos de la pandemia. Patricia Bullrich, mandadera de esos sectores, le envía al presidente el viejo decálogo:

  • Bajar impuestos y desfinanciar al Estado
  • Terminar con los planes sociales
  • Flexibilizar las formas de contratación y la pérdida de derechos de los trabajadores
  • Desarmar las organizaciones populares y movimientos sociales

Nada nuevo bajo el sol en la derecha.

El país necesita pensar un rumbo que atienda a la brutal desigualdad que vivimos. Las pymes, las empresas nacionales, los productores que apuestan al mercado interno, los trabajadores y desocupados, los pobres del país, necesitan que se produzca un shock distributivo, sin él es difícil prever que el rebote económico iniciado, se sostenga en el tiempo.

La pregunta es cómo financiar la recuperación del país. Podríamos empezar por tomar la propuesta de Horacio Rovelli, miembro del IEFI y columnista de nuestra revista, donde expone: “El Informe de marras del BCRA sostiene que fueron casi siete millones de personas físicas y jurídicas las que compraron 86.200 millones de dólares en la gestión de Cambiemos, pero los 100 (cien) primeros lo hicieron por 24.679 millones de dólares, por ende se debe llamar a los titulares de esas cien firmas y decirle señores ustedes no pagaron impuesto a las ganancias por el monto de dólares que compraron,  de dónde extrajeron esa suma, con lo cual se logra hacer, además, un avance sobre las contabilidades paralelas y la evasión tributaria.

 Una vez analizado en principio, los cien primeros grandes compradores y fugadores de divisas del período diciembre 2015-diciembre 2019, seguramente le cabrá las generales de la ley y por multa y declaraciones falsas deberán devolver al Estado nacional parte de lo fugado. Es más, se puede acordar amortizar parte de lo equivalente a 45.000 millones de dólares de deuda con el FMI, con esos ingresos.” (véase en este número la nota de Horacio).

Podríamos comenzar con la recuperación de las deudas de Vicentín con el Estado y recuperar el puerto de Rosario y la aceitera para que junto con YPF agro se geste una empresa testigo en el mercado de granos como propone el IEFI y distintas organizaciones.

Podríamos recuperar la soberanía plena sobre el Paraná y relanzar una marina mercante nacional que incluya la construcción de barcos en nuestros astilleros.

Ahorrando con estas dos propuestas miles de millones de dólares por año y ejerciendo el control sobre lo que se exporta, cobrando los impuestos que corresponden y evitando tanto contrabando.

Podríamos poner en el centro de las prioridades la creación de trabajo con políticas más enérgicas de protección de las pymes y las empresas nacionales. Impulsando, entre otras medidas, un estado inteligente en la sustitución de importaciones, que conozca qué se produce en cada rincón del país para promover formas de “compre nacional” eficaces e idóneas.

Podríamos estatizar  las empresas de servicios públicos que han logrado máximas ganancias pero no invierten, no innovan y son un lastre para la posibilidad de planificar el desarrollo nacional a largo plazo. Las tarifas no pueden ser un precio determinado por la rentabilidad sino parte de una estrategia para el desarrollo del trabajo argentino.

El país vive un momento de emergencia. La región está en emergencia. Dos proyectos históricos se enfrentan. La cuestión es qué rumbo tomaremos, no hay soluciones mágicas. Las medidas progresistas focales que son plausibles, son eficaces más profundamente en un proyecto estratégico de desarrollo. Sin atacar las causas de la desigualdad no hay transformación verdadera. Sin recuperar soberanía no se podrá ganar la batalla por la igualdad.