Ya hemos señalado en esta columna que al Gobierno, al PRO y a la derecha radical les importa un pito el dolor ajeno, y menos si es de indígenas o negros, o blancos solidarios.

Ese desprecio racista –que anida en gran parte de las burguesías urbanas argentinas– subyace en los casos ya emblemáticos de Milagro Sala, a quien el Gobierno parece decidido a matar lentamente; de Santiago Maldonado, a quien todo indica que mataron gendarmes; y ahora de Rafael Nahuel, muerto a balazos.

La comunicación gubernamental (para desinformar a la sociedad) consiste esencialmente en la mentira, el ocultamiento y la distorsión mediáticos, en las frases insensatas de la vicepresidenta, y en el silencio contumaz del Presidente. Que no ha dicho una palabra sobre esos casos ni sobre la cada vez más oscura desaparición del submarino San Juan con 44 compatriotas a bordo.

El racismo, que es el más irracional, primitivo y repudiable sentimiento humano, prende siempre en los sectores más ineducados de todas las sociedades. Por eso la sistemática destrucción educativa que el Gobierno lleva a cabo, como lo hizo ya con la salud pública y lo está haciendo con la previsión social.

Ya dijimos la semana pasada que el Gobierno actual se pasa irresponsablemente las instituciones republicanas por las entrepiernas, avalando sin saberlo la sabiduría del último jurista respetable que integró la Corte Suprema de Justicia, el Dr. Jorge Bacqué (1922-2014), quien en 1998 confesó para la Historia ser “escéptico en cuanto al funcionamiento de las instituciones. Creo que las instituciones en sí mismas no garantizan nada si no están en manos de hombres probos”.

Que no es el caso actual, y así se explican el desquicio jurídico y destrozo sistemático del Estado de Derecho. Eso les facilita el camino para cambiar la lógica colectiva, por la cual ahora los pobres apoyan a los ricos que los empobrecen cada día más. Y eso es un triunfo de la Antipolítica y por eso esta columna sostiene que el problema de las instituciones, la democracia y la política en la Argentina, hoy, no es Macri solamente, sino los que lo votan.

Porque a nadie sorprende el voto de la vieja oligarquía antinacional que aplaudió todos los golpes de Estado criminales, desde los bombardeos aéreos sobre Plaza de Mayo y el microcentro porteño en junio de 1955 con la inscripción “Cristo Vence” en los fuselajes, hasta la dictadura cívico-militar-religiosa-empresarial instalada en marzo de 1976. Es la misma oligarquía cuya “expectativa esperanzada” interpretó Clarín en 1966, cuando el mediocre militar de apellido Onganía desplazó al presidente acaso más honesto que jamás tuvo este país: el médico cordobés Arturo Illia.

Enferma de odio antiperonista, esa oligarquía no sólo aplaudió a rabiar diez años después el desplazamiento de la mediocre y torpe presidenta constitucional Isabel Perón (a sólo siete meses de las elecciones que la iban a sepultar históricamente), sino que además consintió con silencio y tilinguerías todas las atrocidades de los genocidas entre 1976 y 1983. Y se beneficia todavía hoy de la Ley de Entidades Financieras que parió uno de los suyos, José Alfredo Martínez de Hoz, y que –todo hay que decirlo– ningún gobierno democrático de los últimos 34 años derogó.

El largo historial de nuestra Patria está signado por la desigualdad y la lucha por superarla, democráticamente y sin sangre. Pero esa lucha, ahora, en la emergencia que vivimos desde hace dos años encuentra al pueblo argentino borracho de Antipolítica y enfermo de los peores sentimientos que le inoculan y fomentan día a día.

Fue por esa perversa y astuta prédica antipolítica que lograron ser votados, y ya dos veces, por las llamadas “clases bajas”, es decir la ciudadanía más explotada, los laburantes y los marginados, el pobrerío urbano y el rural que aún queda.

Así fue como la derecha –hoy alianza del macrismo y el radicalismo alvearista– logró en dos elecciones que millones de jodidos de este país los votaran, seguramente no por amor sino por espanto. O sea por pura Antipolítica, entendida ésta como el hartazgo colectivo generado por décadas de corrupción y engaño. Para ello, estos tipos crearon, alimentaron y exageraron el malhumor de los sectores de menores recursos, a la par que inflamaban el odio de la oligarquía, invisibilizando todos los logros sociales del gobierno anterior.

También es por Antipolítica –y no por moralidad– que dan relieve a conductas despreciables de las dirigencias opositoras, tapando estrictamente el desaforado latrocinio de las propias. Con lo que se aprovechan, de paso, del ominoso muestrario de incumplimientos y traiciones de muchos representantes populares que demuestran ser meras cucarachas de la política.

La Antipolítica –vieja arma del fascismo en todo el mundo– pivotea sobre las estupideces, frivolidades y corrupciones de los sinvergüenzas. Y es urgente reconocerlo porque así lo exige el cambio moral, verdadero y profundo que necesita la Argentina, para no acabar siendo mera factoría con ricos de un lado y mayorías embrutecidas y condenadas a sobrevivir miserablemente del otro.

Por eso repugnan ciertos votos y abstenciones en el Congreso, como indigna que por ejemplo el Concejo Deliberante de Rosario, segunda o tercera ciudad del país, una semana aprueba prohibir el glifosato en todo su territorio, por contaminante y criminal, pero a la semana siguiente cede ante el lobby sojero y da marcha atrás anulando su propia resolución. Extraordinario ejemplo en favor de la Antipolítica, que aquí y en todo el mundo es engordada por la corrupción.

De la Antipolítica se sale no con menos sino con más Política. Y con mejor Política. Y con lo más grande del amor a la Patria, que es la decencia, como tuvieron Belgrano, San Martín, Moreno y otros -pocos- padres fundadores.