A propósito de Siete miradas. Conversaciones sobre literatura, de Noé Jitrik y Demian Paredes. Alción, Córdoba, 2018.

 

por Guillermo Saavedra

Celebramos hoy aquí al querido, al generoso, al lúcido, al tenaz, al diverso, al inagotable Noé Jitrik.

Y lo celebramos por ser siempre fiel a sí mismo, lo que en buen romance implica que por ser capaz de renovarse en las aguas siempre distintas del río de las letras y de las ideas pero sin dejar de llamar a ese río por su antiguo nombre necesario: imaginación crítica.

Lo celebramos, también, por el merecidísimo premio de ensayo Pedro Henríquez Ureña que la Academia Mexicana de la Lengua acaba de otorgarle y que le será entregado el próximo 14 de noviembre en ese país a cuya vida intelectual Noé ha contribuido enormemente antes, durante y después de su exilio allí durante la última dictadura cívico militar argentina.

Y lo celebramos hoy, muy especialmente, por este libro de conversaciones habladas y escritas con la inestimable colaboración de Demian Paredes y la prodigalidad de ese valioso editor que es Juan Maldonado.

He pedido hablar en primer lugar porque no me detendré a analizar puntualmente lo que ambos discuten, con rigor, lucidez y generosidad recíprocos, a lo largo de sus páginas luminosas, en la convicción de que quienes me acompañan en esta mesa sabrán hacerlo luego y mejor que yo.

Quiero en cambio detenerme en ese rasgo eminente y distintivo de la acción pública y cultural, del papel que Noé viene representando para sí mismo y para todos nosotros, sus agradecidos discípulos, desde hace más de 60 años y que este libro pone en primer plano por la modalidad de su realización.

Y es precisamente el carácter conversacional de su tarea, el modo dialógico, y también dialéctico, en que su labor como ensayista, teórico, narrador, poeta, docente y propulsor de empresas más amplias como el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA o la imprescindible Historia Crítica de la Literatura Argentina, sabe desplegarse, diseminarse y complicarse para interesarnos no a través de la seducción sino de la inducción o, si se prefiere, de la perlocución, uno de los efectos del discurso que es precisamente el de provocar en los demás acciones concretas, una capacidad de despertarnos del estupor, del letargo o de la pereza instándonos a hacer cosas con palabras, como diría John Austin, en este caso, con palabras que se proponen como guías o como herramientas para dar paso a las propias, a las nuestras, pero que tal vez sin las de Noé no habrían sabido cómo o por dónde prosperar.

En el acto de conversar, hay por los menos dos actores, dos interlocutores, en un intercambio, en un encuentro, que es maravillosamente descripto en este pasaje de un ensayo de Lezama Lima titulado precisamente “De la conversación”, que me permití incluir en mi libro de entrevistas con narradores argentinos, La curiosidad impertinente, y que creo que viene aquí muy a cuento:

“El ritmo de una conversación es en extremo riesgoso y pocos han logrado sobrepasarlo, quedando los más mareados y lo que es peor aún, mareantes. Se trata de un ritmo invisiblemente entrecortado, pero del cual sacamos después una cinta, como si la imaginación, pinchada por lo fruitivo anhelante de su reconstrucción, tuviese que unir el pez que salta con el que dispara como una flecha, la plata miliunochesca de la sardina con el pez espada. Avanza la conversación como deshaciéndose en cada una de sus irisaciones, se disculpa con el cejijunto trascendental al cual percibe de inmediato como insensible a sus diminutas flechas, procura no subrayar para provocar el placer de una súbita inmersión en el acuario, pues le interesa hasta la pasión secreta que el que escucha mantenga su libertad para ocultarse y reaparecer ante la diversidad que frente a él se ejercita. Pues mantener el acecho en el otroes su pasión, casi su locura.”

En este libro, en el que el escritor y crítico cultural Demian Paredes ha tenido la delicadeza de colocarse en el difícil papel de estimular y acompañar el pensamiento de Noé pero sin limitarse en absoluto a proponer asuntos o a dar pie al lucimiento inevitable de Jitrik sino asumiendo sus propios riesgos de sardina o pez espada, según los casos, la erudición amable de Noé, su claridad de nervio óptico, su precisión de cirujano de relojes blandos à la Salvador Dalí, su nutritiva memoria relacional dejan al desnudo el aparato prodigioso con el que él encara su preocupaciones en torno a la lectura, la escritura, la poesía, la narración, la crítica, la historia y el discurso, siete asuntos como partes de un paradigma cabalístico, como el transcurrir de una semana inaugural del pensamiento, como la escansión semialejandrinao como un heptamerón portátil, apto tanto para el bolsillo del caballero como para la cartera de la dama.

La sola enunciación de esos siete asuntos permite comprender la complejidad de la empresa, pero el talento expositivo de Noé, su talante docente, va exponiendo sus pareceres de manera gradual, en una suerte de strip tease argumentado y progresivo del pensamiento crítico, una danza de los siete velos o temas ya mencionados, hasta llegar, si no a la desnudez del carozo de los temas, a permitirnos palpar su hueso bajo la carne viva de sus razones.

El modo gradual, como por capas de cebolla atenta y perfumada, de sus intervenciones, salpimentado cuidadosamente por la presencia de su activo interlocutor, nos va aprehendiendo hasta convertirnos en ese otroen acecho del que habla Lezama, contagiándonos de su pasión sin subrayarla, invitándonos a zambullirnos en el acuario, en el hermoso espacio de natación que es este libro.

El gran conversador que es Noé, un conversador que parte del supuesto de que su interlocutor es tanto o más inteligente que él, que lejos de intimidarlo lo convida, parece tener siempre presente que, si la literatura nació una noche improbable junto a un fuego alrededor del cual los miembros de la tribu buscaban el hilván de las palabras que les dieran una razón y un sentido, hoy, cuando la letra malvive en digital y se ahoga en las imágenes incesantes y sin otro propósito que acicatear nuestro papel de máquinas deseantes, recuperar para la letra su condición de dicha y escuchada, reencarnándola en una voz, exponiéndola a los riesgos de la enunciación, con sus temblores, interferencias y malentendidos, supondría tal vez una respuesta al desleer, al maldecir, al balbuceo en definitiva, de un tiempo como este, en que el poder degrada la palabra exponiéndola a sus usos más ruines y clausura el diálogo a través de un autismo calculado.

Los invito amablemente a ponerse la ropa de baño y zambullirse, casi desnudos como los hijos de la mar, en las aguas inquietas y al mismo tiempo amigables de este libro que, al fin y al cabo, para decirlo con palabras de otra gran interlocutor, no es más que un nuevo capítulo de esa conversación infinita con la que el querido Noé nos convoca, nos provoca y nos despabila.

Gracias a él, por su disponibilidad de siempre, a Demian, que, haciendo honor a su apellido, ha sabido armar con Noé hermosas paredes no futboleras sino con ideas y palabras, y a su editor, que ha sabido reconvertir el suyo en un don, en un presente valioso y propositivo que hoy recibimos con alegría.

 

(Texto leído en ocasión de la presentación del libro, el viernes 12 de octubre de este año, en el Bar Wallace de la ciudad de Buenos Aires).