por Rosana Herrera

Salir ileso de la asfixiante realidad es un esfuerzo cotidiano y consciente. Especialmente en días como los nuestros, en que la alegría, la euforia y el alivio por las victorias familiares no alcanzan para iluminar la lobreguez del túnel, ese largo sendero pedregoso del que no podemos aún ver su final.

Por suerte llegamos y ayer también estaban ellas con su rutina de migas y coqueteos, suavizando el olor a espera que embriagan las siestas de Belgrano. Desde que el bodegón de Libertador y Mendoza cerrara junto con las puertas de su historia, gran parte de nuestra propia historia en Bs As, el casting de cafetines de los alrededores y la lluvia incesante, nos llevaron no hace mucho a descubrir el Olazábar. Y llegábamos a ese refugio a bordo del miedo, empapados de ilusión, para quedarnos y así poder disfrutar de la ternura de esa postal tan urbana.

No fue un pajarito el que me contó que la elegante y anciana dama de la boina roja y el cigarrillo tan largo como su cuello, se llama Consuelo y que todas las tardes encuentra consuelo a su soledad en esos diarios encuentros. La ceremonia repetida se inicia cuando la paloma se arrima al cordón de la vereda adonde el delivery de miguitas la aguarda todos los días. Impresiona mirarlas sin apuro y sentir sin escucharlos, acordes de una zamba lánguida y sensual como dándole el marco justo a ese romance…Qué maravillosos recursos ofrecen las grandes ciudades cuando tenés tiempo para perder, necesidad de no pensar y la obligación de no permitirle a la memoria que se instale.