Por Juan Carlos Di Lullo

«Síganme, no los voy a defraudar» recitaba un joven Carlos Saúl Menem en el fragor de la campaña electoral de 1989. Un 47% del electorado le creyó, se entusiasmó cuando lo escuchó prometer el «salariazo y la revolución productiva» y el riojano se convirtió en el sucesor de Raúl Alfonsín, en un país devastado por la hiperinflación y con un presidente jaqueado por los factores de poder.

El 9 de Julio de ese año Menem se ciñó la banda presidencial, y dio comienzo a un ciclo que coincidió casi exactamente con la década del 90, y que tuvo características únicas y efectos insoslayables en la historia argentina.

Nuestro país ha vivido etapas que marcaron su rumbo y que han recibido calificativos específicos (la década infame, la década perdida, la década ganada) por parte de politólogos, historiadores, sociólogos y otros estudiosos del comportamiento social… la presidencia de Menem originó lo que se podría llamar la «década inesperada». Nadie fue capaz de adivinar (y mucho menos anticipar) que en los casi 3.800 días en los que Menem ocupó el despacho presidencial se iban a producir los acontecimientos y las transformaciones que signaron a esa época y que se proyectaron dramáticamente hacia el futuro.

Hace pocos días, ante la muerte del ex presidente, los medios de comunicación prepararon interminables informes sobre la carrera política y los dos mandatos del extinto. Los que responden a los grupos concentrados del poder reivindicaron aspectos coincidentes con sus líneas editoriales; la culminación de este enfoque estuvo a cargo del ex ministro de Economía Domingo Cavallo quien, con un inquietante desprecio por los datos de la realidad, sostuvo que «el país debe retomar el rumbo económico» de los 90. Se habló mucho del «carisma» del riojano, de la «reinserción» del país en el mundo moderno y del «triunfo sobre la inflación» soslayando el hecho de que se obtuvo gracias a la temeraria paridad cambiaria con el dólar, que estallaría con sangre y dolor apenas comenzado el nuevo siglo. Uno de los hechos más alabados fue la modernización de la telefonía, con recurrentes relatos sobre lo que costaba conseguir un teléfono antes de que el servicio fuera privatizado.

Otros aspectos quedaron en la penumbra; no es casual que sean precisamente los que perjudicaron (y, en muchos casos, sacaron del sistema) a millones de trabajadores, de jubilados, de pequeños empresarios. Muchos de ellos habían votado a Menem como una alternativa viable. Pero resultó inesperado que, apenas asumido el gobierno peronista, se entregara «llave en mano» el ministerio de Economía a los gerentes de Bunge & Born.

Fue inesperado que, poco después, se decretara un indulto a los responsables de la dictadura genocida, condenados por la Justicia. Tan inesperado como que, en una reformulación tácita de la teoría de los dos demonios, se indultara al mismo tiempo a los cabecillas de las organizaciones armadas.

Igualmente inesperado fue que, bajo el lema «ramal que para, ramal que cierra», se hiriera de muerte al sistema de transportes del país al desmantelar los ferrocarriles, condenando a la miseria a miles de trabajadores y a la desaparición a centenares de poblaciones rurales.

El volumen de las privatizaciones alcanzó una magnitud también inesperada, incluyendo la venta a precio vil de la aerolínea de bandera, el regalo de la poderosa Somisa a uno de los grupos empresarios más conspicuos, la entrega de los canales de televisión de aire a los dueños de las corporaciones periodísticas… la lista es decepcionantemente larga, porque se elaboró y se ejecutó bajo el lema que el entonces ministro Roberto Dromi enunció (con algún tropiezo conceptual) como parte del «Decálogo menemista»: «Nada de lo que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado». Inesperadamente también, se lesionó severamente la soberanía energética al rematar la estratégica YPF, y se transfirieron diligentemente a manos privadas las empresas de agua, luz y gas.

Inesperadamente, se liquidó el sistema previsional para entregar un brillante negocio a grupos de bancos y financieras sobre los bolsillos de los jubilados: el régimen de las AFJP se vendió como garantía de prosperidad y seguridad para el sector pasivo y terminó siendo una descomunal estafa, en la que sólo resultaron favorecidos los dueños de las administradoras de los fondos.

Inesperadamente, Argentina apareció alineada con Estados Unidos y, en el marco de las «relaciones carnales», envió tropas a la guerra del Golfo Pérsico. Dos atentados terroristas, nunca aclarados, sacudieron a la sociedad y dejaron hasta nuestros días un regusto de dolor y de impotencia.

Inesperadamente, la paz de la siesta cordobesa trocó en pavor, muerte y estupor al volar una fábrica militar en Rio Tercero, en un episodio vinculado a la infamante venta clandestina de armamento a Ecuador y Croacia.

Se puede cerrar (arbitrariamente, claro) esta infausta enumeración citando el daño (inesperado, también) sufrido por el Poder Judicial en su conjunto a lo largo de la década. Menem nombró en la presidencia de la Corte Suprema a su ex socio en el estudio jurídico que tuvo en La Rioja, consiguió la tristemente célebre «mayoría automática» en el organismo y amañó nombramientos de jueces y de fiscales hasta moldear a los tribunales a su gusto y paladar. Los nombres que integraron la célebre «servilleta de Corach» trascendieron el decenio y se proyectaron en el tiempo.

Menem vivió los 90 a pleno. Corrió en una deslumbrante Ferrari roja, se codeó (¿se integró?) con la farándula local, fue anfitrión de Los Rolling Stones, de Xuxa y de Madonna, jugó al golf con el presidente norteamericano, al fútbol con Maradona… mientras tanto, su gobierno provocó la pauperización de millones de argentinos y la destrucción de incontables puestos de trabajo en pequeñas y medianas empresas.

Tal vez por eso, la despedida de sus restos mortales no haya logrado reunir una cantidad significativa de argentinos conmovidos por su deceso, a poco más de veinte años de alejarse del poder.

«La última víctima de las guerras napoleónicas no ha nacido todavía» dice Rodolfo Walsh por boca de uno de los personajes de su pieza teatral «La granada». Habla de la proyección en el tiempo de las consecuencias de un hecho histórico de gran trascendencia.

En paralelo con esta idea del escritor y periodista desaparecido por la dictadura, podemos aventurar, no sin amargura, que el último argentino afectado por las políticas de la década menemista aún no ha obtenido su documento nacional de identidad.