por León Pomer   

Son indiscutiblemente justas las críticas a los actos y las políticas puntuales del gobierno actual, y a los sinuosos “negocios” que realizan sus integrantes, utilizando su posición privilegiada; son indiscutibles, pero  adolecen generalmente de una ausencia que las empobrecen: su  no inserción, siquiera mencionada, en  el proyecto global  que  les otorga  su real sentido. El no mentar el TODO de que son parte los cuestionados “hechos puntuales”, el no explicarlo impide entender cabalmente la magnitud del significado de lo que aun algunos califican de errores de gestión. El  cierre de escuelas, el abandono de hospitales públicos, los despidos masivos, el sacrificio inmisericorde de millones de jubilados, el hambreamiento de gran parte de una generación de niños, la destrucción de la industria y tantas otras manifestaciones de degradante regresión  que asolan al país  argentino, responden a un proyecto global. Y es este lo que debe ser destacado. Lo aislado y lo parcial no dan entera cuenta de lo que está sucediendo; y sucediendo, para colmo de males, con la complacencia inconsciente y la complicidad consciente de individuos que no ven, o no les importa ver  la “revolución negativa” instrumentada “gradualmente”, según lo dicen sus autores, o porque el  ideal de algunos es un pueblo castigado por haber pretendido una vida mejor. Son demasiados, los que por uno u otro motivo, asisten pasivamente a un proceso que pretende  transformar radical y definitivamente todas las estructuras sociales, materiales y culturales del país. Y  fundamentalmente, transformar en estúpidas marionetas a los seres humanos que lo habitan.

Conviene advertir (y no como consuelo) que somos un caso más de un proceso poco menos que planetario, que atraviesa distintas etapas de su consecución en diferentes países y de que son ejemplo, entre otros, la  España de Rajoy y la Francia de Macron. El capitalismo como sistema mundial desarrolla estrategias mundiales, que en los inclementes tiempos actuales lo están remodelando por acción de su propia dinámica, sin por eso afectar la brutal esencia que siempre lo habitó. Los gobiernos de turno son los ejecutores de la tarea, que con sus más y sus menos sigue con la máxima fidelidad posible una cartilla cuidadosamente elaborada por los grandes poderes del sistema.

El neo – liberalismo, o el capitalismo en su etapa  actual,  es mucho más que una política económica, como parece desprenderse de críticas que no se salen de ese ámbito, ciertamente uno de los más decisivos, pero lejos de ser el único. El neo – liberalismo  es una concepción de mundo que remite al mercado la regulación social, la distribución y apropiación de la riqueza , la relación con la naturaleza y  la modelación de los tipos  humanos que su reproducción requiere. En las diferentes etapas de su historia, el capitalismo ha necesitado modelar masas humanas para hacerlas funcionales a sus objetivos circunstanciales. En su  presente  versión, las personas sobre las que ejerce su dominación, en consonancia con el lugar que ocupan en la sociedad, deben  poseer  atributos funcionales y específicos que los habiliten al desempeño que el sistema precisa de ellos. Otro destino que se cierne amenazador, es la transformación de millones de seres en despojos sobrantes,  para los cuales no hay lugar en el universo neo-liberal.

Para lograr la creación de un ser humano a su medida, el sistema de dominación impone maneras relacional – comportamentales que contribuyen a la eclosión de los aludidos atributos, sobre las cuales se vuelca un enorme aparato cultural, o poder simbólico, que incluye el bloqueo (no necesariamente logrado en todos los casos) de desarrollos personales en discordancia con el modelo humano buscado.

El anónimo hombre de a pie, ese constituyente básico de las grandes multitudes, debe ser un desposeído de toda facultad crítica y visión objetiva de la realidad que lo circunda, a comenzar con la suya propia. Ambas desposesiones son el terreno fértil en que se insertan los relatos del poder, emisarios de la confusión, verdaderos esperpentos interpretativos de los hechos políticos y sociales. Cerebros preparados previamente para asumir y repetir maquinalmente los cantos de sirena del poder, ejercen una flagrante perplejidad, un penoso desconcierto   frente a un presente que los abruma con lo que semeja un  abominable  galimatías factual y una horrible confusión semántica.

El sistema necesita consolidar su control de los pensamientos, de ahí que quienes vinieron al mundo con la facultad de pensar, (al fin de cuentas, una prueba de su condición humana), deben ser incapaces, o mejor dicho, son incapacitados para la reflexión meditada que extrae conclusiones de los hechos y siente la necesidad, y la curiosidad, de ahondar en ellos, de no limitarse a padecerlos desde un  angustioso sentimiento de impotencia.

Hoy más que nunca sabemos que si el pensar es una facultad que traemos en nuestra constitución como criaturas humanas (como también lo es el hablar), para pensar en  términos lógico – racionales es necesario pasar por un aprendizaje, para comenzar, en la escuela del vivir cotidiano, lo que la dominación nos niega por razones más que obvias: mentes confusas son fáciles de manipular.  Pensar lógica y racionalmente no se trae del vientre de la madre, como no se trae   la curiosidad por perforar las apariencias, de evaluar las  “verdades” que nos endilgan y  de formularse preguntas sobre el por qué de acaeceres   que enturbian sistemáticamente  nuestro  día a día.  El hombre del capitalismo neo-liberal que vino al mundo como un ser normal, acaba por   ignorar que su potencial de pensamiento original (rindamos homenaje a las excepciones), le ha sido pervertido  por una cultura que para dominarlo lo quiere reducido a marioneta repetidora de lo que el poder  inocula a diario en su pobre y torturado cerebro.

Esa degradación de un posible pensar alerta,  trabajado por la inquietud que hace del desconformismo del poder una actitud de vida, aunado a una cuota de desconfianza, es producto de la  implacable catequización cultural que se respira en  las prácticas cotidianas, sujetas al dominio del  poder simbólico dominante, formidable administrador de tósigos y miasmas “culturales”. La “científica” y sistemática manipulación de los cerebros (una constante indispensable de la cultura de la dominación), hoy con recursos  nunca antes imaginados, logra castrar la capacidad humana de adquirir uno de los grandes logros de la historia del homo sapiens: el pensar que se vale de la lógica. Usar la palabra “degradación” (como la venimos usando) no es una exageración.

El éxito en la manipulación de los cerebros logra  proporciones  inusitadas. El escándalo Google lo confirma. (Se afirma que en la Gran Bretaña triunfó el Brexit gracias a las refinadas técnicas de   influencia sobre las masas. Y el triunfo del señor Trump tendría el mismo origen).  El control “científico” del pensar y el obrar de millones de personas viene siendo practicado desde, por lo menos, 1928. Uno de sus iniciadores fue un sobrino de Sigmund Freud, nacido en Austria y radicado en EE.UU. Sus primeros, grandes éxitos consistieron en  preparar la opinión pública de su país de adopción para la campaña militar que derribó a Jacobo Arbenz de la presidencia (progresista) de Guatemala, so pretexto de constituir un peligro para la gran potencia mundial.

Pero vamos a los “ideales” que propugna el neo-liberalismo. A la cabeza de ellos, la persuasión de que   lo que carece de valor monetario, que no se puede comprar y vender o trocar por favores y beneficios materiales, oscila entre lo prescindible y lo inútil: es deleznable. Aquello que posee un valor que trasciende la cruda y dura materialidad dineraria, y representa un   enriquecimiento del ser humano porque  lo  conduce a  amar la libertad, a distinguir lo socialmente justo de lo injusto y arbitrario y contribuye a mejorar el despliegue de su potencial, en tanto  valor  no mercantil importa poco y nada.  No importa, siquiera, en el papel moneda, en que personajes como San Martín y Belgrano, desterrados de aquel, evocan las al parecer inquietantes  ideas de patria, de sacrificio personal por una gran causa, de identificación y pertenencia a un pueblo y su destino.

En la regulación de las conductas humanas tienden a desaparecer «antiguallas» tales como el amor,  la amistad no mediada por intereses materiales, la generosidad, la fraternidad, la ayuda desinteresada al prójimo agobiado por las desventuras. El vivir debe ser  un emprendimiento personal, insensible y egoísta, en que los recursos para «triunfar» desconocen  limitaciones tales como la mentira, la hipocresía, el fingimiento, el fraude, el recurso a influencias bastardas sin importar su origen y catadura moral; implican el impávido ejercicio de la crueldad y la indiferencia ante el asesinato a mansalva ejercido impunemente por las fuerzas “del orden”, siempre que la víctima sea un miembro de ese sub mundo llamado pueblo subalterno. El capitalismo siempre llevó en su entraña una pulsión de muerte, hoy con manifestaciones tan elocuentes como  la esterilización de las tierras,  la cancigeración de las personas con glifosato, el envenenamiento de las aguas con el cianuro utilizado en las explotaciones mineras, la destrucción de los bosques.

El sistema necesita cultivar el miedo y el odio, dos instrumentos clásicos de la dominación. El aferramiento dogmático-irreflexivo a ciertas lecciones que han sido instaladas en los cerebros transcurren en un ámbito social que el sistema quiere lo más fragmentado posible. Lugares de vida social como instituciones barriales deportivas y culturales son objeto de impedimentos para funcionar. El sistema parece temer que una vida social más o menos normal pueda engendrar pensamientos y actitudes “inconvenientes”: la soledad y el aislamiento, la incomunicación parecen ser los  ingredientes que reserva para las vidas comunes y anónimas, que ciertamente no deben despertar del anonimato, ni siquiera para gemir una protesta. La multitud solitaria, metida en su drama cotidiano, incapacitada para el diálogo fraterno: he aquí una propuesta de vida. Un notable sociólogo norteamericano, David Riesman, publicó hace muchos años (si no erro, fue en 1950) una obra significativamente titulada La Muchedumbre Solitaria (edición argentina de Paidos, 1971). Entre otras características que el autor atribuía entonces a la multitud, señalaba  la extrodeterminación, o la ausencia de un pensar y obrar autónomos,  amén de una falta de sentido de la realidad, maniqueísmo y un carácter  obsesivo y esquizoide. Riesman se refería  a los Estados Unidos, pero lo que él encontraba en aquel pueblo ¿estaba totalmente ausente de otras realidades?

El hombre enteramente poseído por el ideario neo-liberal ejerce el individualismo egoísta.  En su cerebro hay instalada una concepción de mundo en que los seres humanos responden a una inexorable diferencia: los  bien nacidos y los otros. Algo que que ya tuvo una expresión en la predestinación sustentada por Calvino: existen dos categorías de personas, sostenía, las que se salvan y  las que están destinadas a la condenación eterna. El darvinismo social, teorizado por Herbert Spencer, con un lenguaje laico, postuló lo mismo. En el pensamiento de la civilización regida por el capital, siempre estuvo presente la idea de una minoritaria humanidad plena, y una mayoritaria sub humanidad biológica y culturalmente minusválida. Lo prueba la llamada eugenesia y, claro, el nazismo y el racismo de ayer, de hoy y de siempre. En esta concepción, brutalmente dicotómica, el papel de los condenados es servir a esa suerte de reducida hiper humanidad pretendidamente beneficiada por la biología y acaso, según su entender y su ilusión, por algún enigmático, metafísico  e inescrutable destino superior. En la concepción neo-liberal, que surge claramente de los hechos que produce, de la indiferencia con que los ejecuta, de las catástrofes humanas que   produce y de la invariable persistencia de sus acciones, está expresada una visión de la realidad humana que incluye una auto atribuida   misión: gobernar el mundo a su gusto y paladar, en su exclusivo interés, excluyendo a los naturalmente incapacitados, a los privados del fuego sagrado que los otros poseen en demasía. Entre otros motivos de odio feroz, el origen social de los Evo Morales y los Lula da Silva lo convierte en aberraciones que no pueden ni deben repetirse.

En la concepción de mundo del neo-liberalismo, los retoños de la humanidad sub humanizada (las llamadas clases subalternas) deben cumplir en silencio la misión que les ha sido encomendada para que funcionen el sistema productivo, el intercambio y la seguridad: incluso de sus filas  deben surgir los que no sólo abollen ideologías a palazo limpio (como lo dijo Mafalda), sino también  los agentes del orden autorizados a matar por la espalda. De las filas de los pobres surgirán los que al servicio del poder matarán a los pobres con pleno asentimiento y satisfacción del poder. En la concepción neo-liberal, es propio de la menor valía humana vivir  en la ignorancia,  padecer dolencias que no merecen una cura que demanda dinero del estado; es propio de esos seres  vivir  en la lobreguez de villas y habitáculos fabricados con chapas y cartones. Invertir en escuelas y hospitales son gastos inútiles, porque se trata de gentes que no se lo merecen, porque han nacido malparidas.

Satisface al sistema la desocupación de adolescentes y jóvenes que aspiran a su primer empleo, que están materialmente impedidos de proseguir sus estudios, y que en la búsqueda inútil y desalentadora se encuentran con el fantasma de la droga y la criminalización. La  degradación de los seres humanos provocada por las políticas del poder generan la violencia, atribuida por aquel al carácter inherentemente baldado de las personas a las que se les cierran los caminos de la vida más o menos honorables.

Hay una política cuidadosamente planeada para disminuir el volumen de la clase obrera, creando con lo que se va desprendiendo de ella una masa de marginados sociales, expulsados de hecho de los cuadros regulares de la sociedad.  Ese sobrante poblacional no sólo permite reducir a la insignificancia los salarios de quienes aún trabajan, sino que además corroe lo que queda de la clase obrera, la desindicaliza y la transforma en un factor inerte, inhabilitado para luchar contra el poder que la destruye. La clase dominante (todas sus fracciones) teme a la clase obrera. Tratan de cooptar a sus burocratizados dirigentes, ejerce con ella violencia y la mentira, el palo y la zanahoria.

Si el capital nunca tuvo patria, hoy más que nunca ese aserto se confirma. El hombre neo liberal de la clase dominante se importa poco y nada con la soberanía, con el interés global de sus habitantes, con la preservación de los recursos naturales que hacen a la vida. El país es el espacio de ganar dinero mediante todos los artilugios y poderes de  quienes  tienen una sola norma: ganar dinero. Si hay unas islas en el Atlántico sur, no vale la pena discutir por ellas con la potencia ocupante. El país es grande, puede prescindir de ese pedazo de tierra insular, cuyos reclamos pueden incomodar a la potencia que fue conocida como pérfida y no ha dejado de serlo, sea quienes fueren sus gobernantes. La clase dominante carece de sentido de patria, de pertenencia a una tierra y su historia, de identificación con su herencia y su realidad cultural.

Considerando el grado de manipulación de las voluntades de millones de seres humanos, cabría preguntarse si la democracia aún tiene algo que ver con la voluntad popular que se supone debe ser libre y autónoma, hoy considerablemente  manejada y dirigida sin que sus víctimas  lo perciban. Lo menos que se puede concluir es que las técnicas  de dominación del gobierno actual (que no es su inventor, pero sí hábil instrumentador) demuestran que la hegemonía cultural en acción cuenta con recursos y logra resultados que los políticos y los intelectuales que creen en la democracia, no parecen haber previsto ni advertido,  por lo menos en la magnitud en que se manifiesta en estos dos últimos años y pico. Los cerebros que aceptan los relatos del poder, aun contrariando sus personales experiencias de vida, no son un reciente producto: vienen de una prolongada manipulación, porque la dominación no podría funcionar sin lograr lo que de hecho representa el consentimiento no consciente de las personas dominadas; un funcionamiento que se nubla en períodos en que parecen predominar culturas democráticas, que por lo demás se han revelado bastante endebles cuando la dominación desata todas sus furias.

Los fenómenos culturales profundos y decisivos, los que cambian los ánimos y la estructura de los pensamientos, no se hacen notar, carecen de espectacularidad, accionan en silencio, pasan desapercibidos porque no hacen ruido mientras construyen otra y diferente mentalidad. Habría que investigar a fondo las influencias sutiles y ocultas a que es sometido el hombre argentino desde siempre, con independencia de su filiación política o religiosa, pero sin ignorar su situación en un determinado estrato o clase de la sociedad. Entendámonos: no se trata de una historia de corrientes culturales en disputa o en concurrencia amigable, se trata de algo más profundo. Se trata de esas mudanzas que se evidencian como una suerte de tonalidad colectiva, que a veces en un  corto espacio de tiempo reemplazan una tonalidad anterior, y que están estrechamente asociadas a grandes esperanzas y convicciones, o a grandes frustraciones e incertidumbres. Los ánimos de las personas no están en el orden de lo racional, sino de lo emocional. Y las circunstancias, a comenzar por aquellas que el poder desencadena, actúan poderosamente sobre la emocionalidad colectiva. La dominación sabe provocar las emociones que le conviene y le facilitan el control de las voluntades.

Retornamos al principio de esta nota. Lo parcial, todo lo justo que sea, no explica la magnitud de lo que se está jugando. Una mirada sobre el TODO advierte sobre lo que podemos llegar a ser: un  paisito de millones de miserables destinados a vivir en la precariedad permanente. Aquí se ha intentado dar un rápido pantallazo sobre un aspecto, pero aspecto decisivo, como es el de la estructura humana que se pretende crear. Aún queda mucho que decir sobre la barbarie  Que por lo menos parcialmente, ya está presente.