Por Alejandro Mosquera

La agresividad de la ultraderecha política, cultural y económica sobre el gobierno democrático sigue desarrollándose. Siguen las movilizaciones convocadas desde las redes y los medios hegemónicos. Los medios no adictos, los periodistas y los sociólogos describen y analizan los hechos tratando de ver los hilos visibles e invisibles de la provocación en marcha.

Por supuesto que los hechos sociales se pueden analizar desde distintas ópticas, sin embargo, dada la situación de América latina y la del país, y la de los intereses de EEUU en su lucha contra los otros bloques de países, que también se expresa en la región, lo esencial es valorar y analizar cuál es la etapa de la estrategia política que se está desarrollando.

Vivimos la etapa de la negación. El hilo conductor es el estímulo y la visibilización de todo lo que sirva para desgastar al gobierno.  No importa si son consignas programáticas o no, importa que sean opuestas. Conviven el medioevo, con los anti-cuarentena, con los gorilas, con los fascistas, con los reivindicadores del genocidio. Todos juntos con los que quieren ir a tomar café y se sienten progres liberales.

El objetivo no está en unificar los reclamos, sino en diversificarlos. A la vez lograr que el gobierno y la mayoría se sienta en una fortaleza sitiada donde solo queda estar a la defensiva. Buscan así descomponer el respaldo popular, deslegitimar la voluntad expresada en las urnas.

Tratan de demostrar que no hay gobierno, y que el ejecutivo responde al día a día. Buscan generar distancia y desconfianza mutua entre lo más activo y transformador de la militancia del Frente de todos y el ejecutivo.  Y siembran la idea de dictadura, de caos, de incertidumbre para que pierda espacio la credibilidad de la democracia, para aprovecharla en próximas etapas.

El mensaje es que el poder real y la ultraderecha no aceptarán ni la menor de reformas, que no permitirán que el estado se ocupe del interés comunitario. Que el gobierno debe aceptar su programa o le espera mayor desgaste y alguna forma de golpe blando.

Si estas grandes coordenadas son reales, la salida es política. El país necesita más liderazgo. Las mayorías necesitan un rumbo, una ética de los desafíos, necesitan una organización que rompa cualquier letargo.

Sí, el gobierno debe dar signos de mayor capacidad de fijar la agenda pública y salir de la defensiva. El Frente de todos, sus partidos y movimientos tienen la obligación de superar el mero frente electoral y transformarse en un frente organizado, institucionalizado, con participación y organización desde cada barrio hasta nacionalmente.  La gravedad sanitaria, económica y política del país y la región necesita de nuevas y mejores actitudes de las dirigencias populares

La solución política al dilema que vivimos no necesita ni la delegación absoluta en la conducción del proceso, ni la contracara de los fiscales de la patria que siembre señalan los yerros pero no construyen ni las soluciones ni la organización popular para superarlas.

 

¿Macri al ataque?

De la carta de Macri publicada en el diario La Nación y las reuniones donde participó, muchos leen que  está queriendo dirigir a la oposición de derecha y ultraderecha. ¿Es así? A contramano de lo opinado por muchos analistas prestigiosos, creo que el expresidente esta peleando una interna dentro del PRO y tratando solo de no quedar al margen. Obligar a sus correligionarios a tomarlo en cuenta en las futuras variantes. El ex líder del PRO sabe que se queda al margen de la política real y será visualizado como el peor presidente de la democracia, rivalizando con De La Rúa, y corriendo el riesgo adicional de que la impunidad de la que gozó y disfruta se rompa.  Se ofrece entonces al poder real como vocero de las peores posiciones para ser parte de la urdiembre viscosa que es Cambiemos.

Desde el punto de vista económico Macri es impresentable incluso para su propio electorado. Si las causas de espionaje se profundizan se mostrará cada vez más claramente el estado paralelo y oscuro que creó al servicio, tanto  de la persecución de opositores, como de sus negocios.

Una parte del Frente de Todos entiende que esa actividad del exmandatario ayuda a mostrar qué es Cambiemos y entonces focaliza allí su debate con él.  Pero esa posición le permite a Rodríguez Larreta seguir construyendo la imagen de que es diferente. Le dice al poder real que él puede contener no sólo a la ultraderecha y derecha, sino al variopinto conservadurismo y liberalismo e incluso cosechar en los descontentos que votaron al Frente de todos para derrotar a Macri.

No había Macri sin Larreta. Y lo peor: no era posible la destrucción macrista, el mega endeudamiento, la destrucción del aparato productivo, la existencia de la mesa judicial y del aparato de espionaje sin la cofradía de Macri, Larreta, Vidal, Santilli, Bullrich.

Es un error creer que la represión a las y los enfermeros fueron de la policía de la ciudad, como si ella tuviera autonomía de la decisión del jefe de gobierno y su vice que está a cargo del ministerio de seguridad de la ciudad de Buenos Aires.

Rodríguez Larreta sabe que para ser competitivo necesita contar con Patricia Bullrich y Mauricio Macri para contener al segmento más inescrupuloso del PRO y sus alineamientos con la “embajada”. Pero a la vez sabe que son un lastre para una parte de la opinión pública que no comulga con su salvajismo. Son sus propios dilemas. Lo inentendible es que se le ayude desde algunos del Frente de todos a esa estrategia.