Por Mempo Giardinelli

«Los inundados» es el título de un chamamé que fue muy popular hace algunas décadas, con letra de Guiche Aizemberg y música de Ariel Ramírez, en uno de cuyos versos iniciales dice: «Bramando se viene el agua del Paraná / creciendo noche y día sin parar. / Ranchada, barranca, troncos se llevará /con viento y aguacero el Paraná». Pero terminaba con versos esperanzados: «Así ha de llegar el día en que volveré / a levantar mi rancho en Santa Fe». 

Era aquella una visión todavía con tintes poéticos, románticos, porque entonces –y hasta hace unos pocos años– las inundaciones eran hechos excepcionales.

Hoy, en cambio, la inundación es una maldición para millones de argentinos del Nordeste y particularmente de las provincias ribereñas del Padre Río, como lo llamamos. Chaco, Corrientes y Santa Fe, en especial, son devastadas año tras año y cada vez de manera más brutal. Como este año, ahora mismo, cuando vivimos un enero feroz en el que en 10 días ha llovido bastante más de la mitad que en todo el año pasado.

Pero el fenómeno no es climático, aunque cueste creerlo. El fenómeno es político. Y tiene que ver con la cuestión de la tierra, concentrada y agraviada por más de un siglo en manos de una oligarquía voraz, que ahora, para colmo, se entrega al proyecto neocolonial del neoliberalismo global en forma de compañías transnacionales que se apoderan también de la tierra y son los verdaderos autores de todos los desastres de la naturaleza. Que simplemente responde con ferocidad creciente a las barbaridades humanas, pero como no distingue víctimas entonces castiga implacablemente a los sectores más desfavorecidos, marginales de la sociedad.

En el libro que publicamos hace poco con Pedro Peretti, chacarero y escritor santafesino que posiblemente sea quien más sabe de campo y tierras en todo el país, y bajo el título «La Argentina agropecuaria», sostenemos que el otrora país rural y campesino ahora está «cada vez más trastornado por intereses familiares y empresariales mezquinos, enfermos de ambición de plusvalías que se pretenden infinitas y eternas».

La soja no es el problema, sino la hiperexplotación descontrolada de soja. El cuidado de los cultivos con agroquímicos tampoco debería serlo, pero sí el uso descontrolado de glifosatos y otros agrotóxicos de los que abusan los dueños de la tierra con tal de obtener ganancias desmesuradas, incontroladas y completamente irresponsables. El desastre climático (cambio es poca palabra para definir lo que está sucediendo y lo que se viene) no es producto de caprichos naturales, sino de la bestialidad humana cuando la ambición no tiene límites, el Estado no existe y nada controla, y los dueños de los medios de (in)comunicación son parte sustancial del negocio agroexportador.

La tierra es tan víctima de esos tipos, y de los que trabajan políticamente para esos tipos y para los poderes transnacionales, como los millones de compatriotas que por ignorancia o descuido sufren lluvias interminables, macondianas y destructoras. 

Es política la cuestión. Es política la solución. Y está en marcha, decimos desde El Manifiesto Argentino, al menos en tanto empezamos a ser conscientes del engaño y entendemos que es posible, necesario y urgente, un cambio profundo y radical en las políticas agropecuarias. @