por Ulises Bosia

Con una dosis de esquematismo podríamos dividir la historia de la izquierda en Argentina entre aquellas experiencias que trabajaron para delimitarse siempre de los movimientos nacional-populares, entendiendo que precisamente esa diferenciación era su certificado de pureza intelectual, y aquellas otras experiencias que asumieron el divorcio como un hecho trágico del movimiento popular y buscaron un rumbo de encuentro y mestizaje entre ambas tradiciones. Una izquierda de corte liberal, por un lado; otra popular, o nacional-popular, por otro lado.

A lo largo del siglo XX un esquema de ese tipo era asociado directamente a la actitud que tomaron las fuerzas hegemónicas de la izquierda frente a la irrupción del peronismo, cristalizado de forma especialmente elocuente en las elecciones de febrero de 1946, cuando como es sabido el Partido Socialista y el Partido Comunista formaron parte de la Unión Democrática.

Sin embargo, pese a que durante los años 90 las fuerzas ideológicas de la globalización neoliberal intentaron instalar que la lucha por la emancipación nacional había quedado irremediablemente en el pasado, el siglo XXI trajo consigo como dato fundamental el regreso del nacionalismo popular. No solo en Argentina sino, con diversos rostros, en diversos países de Nuestra América.

Pero junto con las fuerzas nacional-populares, lamentablemente el nuevo siglo también repuso la vieja reacción liberal en sectores importantes de las izquierdas. Fue así que el viejo imaginario de las izquierdas funcionales a los intereses imperialistas y oligárquicos se renovó con nuevas imágenes: las banderas rojas en los actos de la Sociedad Rural en 2008 y el voto en blanco frente al balotaje presidencial de 2015. Lo mismo sucedió en cada uno de los países de América Latina donde se alcanzaron gobiernos populares.  

Si 2001 fue un año que marcó un quiebre político en la alternancia neoliberal que habíamos conocido anteriormente, 2008 fue el año en el que emergió de forma definitiva una nueva identidad política de masas asociada al ideario nacional-popular.

El enfrentamiento entre el gobierno de Cristina Kirchner y las patronales agropecuarias, del que ahora se cumplen diez años, fue el acta de nacimiento de lo que en la discusión política habitualmente se entiende como kirchnerismo y -no casualmente- también de su némesis: el antikirchnerismo.

Una vez que el proceso político argentino emergente de la crisis de comienzos de siglo tomó esta forma, para las fuerzas políticas que buscaron ubicarse a la izquierda del kirchnerismo se configuró un desafío que aún continúa vigente, ahora en las nuevas condiciones impuestas por el intento de restauración neoliberal que encabeza Macri desde diciembre de 2015.

Una alternativa inexorable

A lo largo de los años distintos dirigentes de fuerzas populares pronosticaron reiteradamente o la inminente disolución o un giro a la derecha del kirchnerismo, desde discursos que lo cuestionaban por izquierda. Pero luego fundamentaron en esas lecturas las alianzas políticas más contradictorias y terminaron siempre en el lado equivocado de la historia. Lo concreto es que ninguno de esos dos pronósticos sucedió, mientras que sistemáticamente quienes habían realizado esos pronósticos terminaron abonando a armados por derecha.

Un caso fue la ruptura de Libres del Sur con el kirchnerismo después de la crisis del campo, sustentada en que el kirchnerismo estaba girando a la derecha mediante un mayor acuerdo con el PJ, justamente cuando se preparaba el mayor intento de desplegar fuerza propia de sus doce años.

Otro caso similar fue el de Proyecto Sur, que caracterizaba que tras la derrota legislativa en 2009 el kirchnerismo caminaría directo a su disolución, por lo que se jugó con determinación a disputar la base social opositora, precisamente cuando el gobierno de CFK desplegó sus mejores políticas y construyó ante la adversidad el 54 por ciento de 2011.

Finalmente también puede mencionarse el caso del Movimiento Evita que, a los pocos meses del triunfo de Macri, creyó que el liderazgo de CFK estaba agotado y rompió políticamente con el kirchnerismo cuestionando sus límites en la distribución de la riqueza y los actos de corrupción, para ver pocos meses después cómo los resultados electorales desmentían su pronóstico.

En los tres casos los argumentos políticos con los que se fundamentó la oposición o las rupturas con el kirchnerismo estaban a la izquierda del planteo de CFK, sin embargo, al mismo tiempo las construcciones políticas que fueron edificando estos sectores estuvieron sistemáticamente a su derecha. Libres del Sur terminó aliado al radicalismo en distintas provincias del país, Proyecto Sur implosionó tras el acuerdo con Elisa Carrió y el Movimiento Evita sufrió un duro traspiés al respaldar la candidatura de Florencio Randazzo contra CFK en la provincia de Bs As.

En este sentido, desde el campo de las fuerzas que buscan ubicarse a la izquierda del kirchnerismo, continúa actuando una alternativa de hierro: o bien permanecer voluntariamente en posiciones electorales que rehuyen el antagonismo principal que opone a las fuerzas sociales neoliberales de las antineoliberales –como el FIT- o bien asumir el desafío de aportar a un frente antineoliberal en torno del liderazgo de CFK.

El 2019 en perspectiva

Después de dos años y medio de acción fundamentalmente defensiva, las fuerzas nacionales y populares finalmente afrontan la oportunidad de desplegar una contraofensiva para derrotar el intento de restauración neoliberal. Es decir, surge la posibilidad de ir construyendo durante los próximos meses un escenario de triunfo electoral en 2019 mediante la acción callejera de masas, la resistencia al ajuste pactado con el FMI y la formación de una fuerza política y una propuesta para devolver la esperanza al país, siendo capaz de representar a una nueva mayoría popular.

Desde los inicios del gobierno de Macri presenciamos una seguidilla de movilizaciones multitudinarias, convocadas por distintos sectores, algunas veces por reclamos reivindicativos y otras veces como canales de manifestación política más general.

Toda esa masa de personas, a lo largo y ancho del país, conforman un sujeto activamente movilizado que emerge como resultado de un proceso de acumulación originado durante los gobiernos de Néstor y Cristina y amplificado por el proceso de resistencia a la ofensiva neoliberal desde diciembre de 2015: un pueblo antineoliberal.

Se trata de un conjunto sumamente heterogéneo en el que se destacan cuatro grandes sectores: el movimiento feminista, quizás el más potente y prometedor en la actualidad, capaz de pelear por nuevos derechos en medio del retroceso neoliberal; las organismos de derechos humanos, que con su notable persistencia consiguieron frenar y dar vuelta incluso el fallo del 2×1 de la propia Corte Suprema de Justicia; los sectores sindicales combativos, que están atravesando un proceso de reorganización a partir de la movilización del 21 de febrero de este año; y los movimientos sociales de la economía popular, que lograron imponerse como un actor de peso en la arena nacional a partir de la movilización de San Cayetano en 2016 y lograron reivindicaciones muy importantes como la Ley de Emergencia Social o la reciente media sanción de la Ley de Integración Urbana.

La construcción de una fuerza político-electoral capaz de representar políticamente a este pueblo antineoliberal es la principal tarea estratégica en la agenda política de las fuerzas populares. En especial desde quienes nos identificamos con la izquierda, sabiendo buscar una confluencia imprescindible con las fuerzas nacional-populares como modo de enriquecer una propuesta que pueda derrotar la ofensiva neoliberal en nuestro país y en toda América Latina.

* militante de Patria Grande, codirector de la revista digital Oleada.com.ar y coautor junto con Itai Hagman de “La izquierda y el nacionalismo popular, ¿un divorcio inevitable?” (Colihue, 2017).