Por Ruben Amaya

Perversas, siniestras, y no en pocos casos, incestuosas. Que se corresponden naturalmente con las relaciones siniestras, de los sectores de poder imperial, sobre sus pueblos. Al mismo tiempo, estos mismos libros, se ocupan cuidadosamente, de ocultarnos las ardientes y nobles relaciones sentimentales de las grandes figuras de nuestra propia historia.

Manuel Belgrano. Según investigaciones de María Esther de Miguel,  María Josefa (Pepita) de Ezcurra Arquibel, se había casado en 1803 con su primo navarrense Juan Esteban Ezcurra Madoz Juan Esteban Ezcurra estaba involucrado en conspiraciones contrarrevolucionarias, en combinación con el ex Virrey Cisneros, para derrocar a la Primera Junta. Al enterarse, Pepita no dudó en presentarse ante Manuel Belgrano, a fin de delatar la conspiración.
Producto de ese hecho, la Junta deportó a la Península a varios españoles contrarrevolucionarios, entre ellos a Juan Esteban Ezcurra. A partir de allí, se habría iniciado su romance. Lo cierto y verificable es que la relación entre Pepita y Manuel fue secreta. Ella era una mujer casada; y él, un destacado político revolucionario.
En 1812 Belgrano viajó a Tucumán, al mando de su Ejército del Norte. Allí conoció a una jovencita de 15 años llamada María de los Dolores Helguero Liendo, y el  general, de 42 años, se enamoró perdidamente de aquella muchacha.
También había tenido por amante a Isabel Pichegru. Una francesa que escandalizaba a sus contemporáneos con modales y osadías de vestidos cortones y ajustadísimos.
 
A los 30 años, José de San Martín era un brillante militar soltero, de guarnición en Cádiz. No es raro, entonces, que viviera una ardorosa amistad con Pepa, la Gaditana, según Benjamín Vicuña Mackenna ( Vida de San Martín).
sociales de aquel entonces y la propia agenda política de San Martín. Las intensas campañas militares del general, y la débil salud de Remedios, motivaron que tuvieran pocas oportunidades de estar juntos. 
La compañera del general mientras planeaba, desde Mendoza, la expedición al Perú, fue María Josefa Morales. Mexicana, condesa de los Ríos y viuda de Pascual Ruiz Huidobro. En los círculos sociales mendocinos, su relación era conocida. Tanto fue así que ciertos trofeos personales del general (su sable corvo y el estandarte de Pizarro, valioso regalo del Perú) fueron retenidos por la condesa. Los devolvió muchos años después, cuando San Martín residía en Francia.
Rosa Campusano vivía en Lima, pero era originaria de Guayaquil. Tenía 25 años (uno más que Remedios) y era muy amiga de Manuela Sáenz, el amor de Simón Bolívar. Rosita y el general, vivieron juntos en la residencia «La Magdalena», antigua casa de descanso de los virreyes del Perú.
Cuando San Martín viaja para entrevistarse con Bolívar en Guayaquil, lo hace solo. Su anfitriona en Guayaquil fue Carmen Mirón y Alayón. Nueve meses después de aquel corto encuentro, nació Joaquín Miguel de San Martín y Mirón.
 
María Guadalupe Cuenca fue la esposa de Mariano Moreno, con quien tuvo a su hijo Marianito. El 24 de enero de 1811, él tuvo que embarcarse rumbo a Londres para cumplir con una misión que le fue asignada por el Gobierno porteño. Unos días después, Guadalupe recibió en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros. A partir de allí, comenzó a escribirle una serie de cartas que nunca llegarían a manos de Moreno. La primera de ellas, fechada el 14 de marzo, fue escrita diez días después de la muerte de su amado en alta mar.
 
Cuando las guerrillas altoperuanas impidieron una y otra vez el avance de las fuerzas realistas, combatió una pareja, consolidando su amor en la lucha por la libertad: Juana Azurduy y Manuel Ascencio Padilla.
En 1816, en la batalla de Villar, Padilla fue muerto y degollado, siendo clavada su cabeza en lo alto de una pica en el pueblo de La Laguna. Juana no pudo soportar semejante infamia y tiempo después, al frente de sus amazonas, ocupó La Laguna y recuperó la cabeza de su esposo. Luego, acompañó la lucha de las guerrillas de Güemes en el Norte, ya con el título de Teniente Coronel que le otorgó el General Belgrano.

Manuela Sáenz, no solo amó, también luchó junto a Simón Bolívar. Bolívar fue traicionado por su vicepresidente, Francisco de Paula Santander. En el golpe del 25 de septiembre de 1828 en el cual intentaron asesinar a Bolívar, Manuela impidió el crimen, enfrentando a los conjurados y dando así tiempo a la fuga del Libertador.

El mariscal Francisco Solano López, en su trágica epopeya de la Triple Alianza, encontró su gran compañera en Elisa Lynch, escocesa de nacimiento,
Quince años después de la tragedia, luego de sufrir toda clase de humillaciones por parte de las damas aristocráticas. arribó al puerto de Buenos Aires, Allí fue abucheada por un grupo de mitristas hasta que le abrió paso a bastonazos el poeta Carlos Guido Spano para rescatarla y protegerla. 
 
Más cerca en el tiempo, no podemos ni debemos desconocer la entrega total de Evita junto a Juan Domingo Perón, donde la pasión por el compañero de lucha, se consolidaba en un mismo proyecto político.
 
Esta relación se repite en el matrimonio Kirchner, También en él, se produce la muerte de uno de ellos y la soledad del otro, soledad que ella resuelve convocando a la militancia popular.
Naturalmente hay quienes no entienden o niegan el valor de estas relaciones sentimentales, desde su sentido de clase, y el rechazo hasta el odio, que les produce todo lo que provenga de las mayorías populares y su contenido nacional. Es comprensible que les resulten extrañas, estas historias de nuestra Patria Grande, donde el amor  no está vinculado a intereses económicos o de poder politico, sino que se produce entre dos seres, que además, comparten ideales.
Estos ejemplos me llevan a algunos interrogantes: ¿Existe alguna relación dialéctica entre quienes entregan su  vida a luchar por los demás, y su capacidad de  brindarse a un amor íntimo, personal? Por otra parte, aquellos que deciden vivir de la explotación, la miseria y la angustia de los otros ¿Están capacitados para contener y sostener un amor como éste?.
Una última cuestión. Sin pretender contradecir o cuestionar (yo, un simple poeta), a los estudiosos del tema, cuando escucho o leo acerca de las clasificaciones de la poesía, y encuentro entre ellas, la categoría de “poemas de amor”, no puedo menos que sorprenderme. Los poemas que contienen el drama de los niños en la calle, la desesperación de los seres humanos condenados a la miseria, la angustia de las madres que no tienen con que alimentar a sus hijos ¿No son poemas de amor? Es más, ¿puede existir un poema (Digo poema, no textos con rima o con métrica) que  no contenga amor?.