Por Gaspar Russo

A pocos metros de llegar a la ventanilla de pagos, oigo como una señora entrada en años y situada delante de mí, vocifera al aire: ¡Parece que hay que trabajar el triple por estos tiempos para pagar semejantes impuestos! Percibo el fastidio que su comentario genera en ciertas personas que están a su  alrededor. Una de ellas le contesta: ¡Y qué quiere, con el zafarrancho que nos dejaron! La tensión comienza a crecer. Se van sumando voces. A favor de unos o de otros. Los observo. Ventanilla tres, señala el cartel lumínico. La fila se mueve con pereza. ¿Y usted qué opina de todo esto? le pregunto al que está detrás de mí. Mueve la boca con desgano y dispara un no sé seco y terminante. Luego de unos segundos de suspenso retoma con altanería y dice que no le importa la política y que si no se rompe el alma trabajando nadie lo hará por él. Lugar común de todo egoísta, pienso. Le contesto o pongo la mente en la nada misma. Queda libre la ventanilla dos. Una epiléptica descarga de voces se produce al unísono. Unos exaltan los logros producidos por el gobierno anterior, los enumeran y los cuantifican; en cambio otros enrostran actos de corrupción de ex funcionarios públicos y con eso creen ganar la discusión. Hoy, prefiero no intervenir. Estoy cansado y no por falta de sueño. Este cansancio toma la forma de decepción en este preciso momento. Hemos aprendido bastante poco, creo, de nuestros continuos tropiezos y hay que hacer docencia con pegajosa insistencia para internalizar algunos avances y derechos significativos que hemos conquistado; sin embargo, cuesta mucho aún perforar esa capa de amianto que llevan puesto sobre su pecho algunos integrantes de nuestra sociedad cuando rechazan, con ausencia absoluta de duda, un diálogo o un intercambio de ideas o una opinión contraria.

Ventanilla cuatro. Es mi turno. Pago y abandono este lugar cuya atmosfera había virado ya en un clima espeso como mi humor.

Camino por las calles de mi barrio sin rumbo fijo. Necesito despejarme rápidamente cuando comienzo a entrar en llamas. Me viene a la mente la palabra mitos y afirmo: hemos coleccionado suficientes a lo largo de nuestra historia. ¿Cómo deconstruir algunos de ellos?, me pregunto mientas la transpiración ensucia toda mi ropa. ¿Puedo sólo? No. Uno de éstos me asalta el pensamiento: los ricos no roban porque son ricos. Me río levemente por dentro pero con enojo sostenido. Me interno en ese musgo urbano de abanico degradé que es el Jardín Botánico y me pierdo por sus caminitos. Pienso en cómo se hace lobby en los medios de comunicación con algunas ideas o conceptos. Las machacan y las repiten como un rezo kármico. Una de tantas es aquella que dice que hay que bajarles los impuestos a los ricos para que puedan generar trabajo. Se les baja los impuestos como los derechos de importación, las retenciones al agro y a la minería, a los bienes personales, al champagne, a los autos de alta gama y la mar en coche y el laburo, bien gracias. Luego, claman para que suba el tipo de cambio. ¿Qué produce esto? Devaluación, aumento en el precio de productos y servicios, ajuste y más inflación, me contesto. Los aumentos en los servicios públicos, ¿qué genera esto? Menor poder adquisitivo, se achica el mercado interno, se pierden puestos de trabajo y crece la desocupación. Los lobistas insisten en que hay que arreglar con los buitres, se arregla y aún la lluvia de inversiones no comenzó, paciencia. El servicio meteorológico financiero preanuncia que los dólares vendrán recién el próximo semestre. Me sube la presión. Me fumo un cigarrillo y otro más.

Abandono el Botánico y me muevo con cautela. Por momentos, camino como un zombi. Me recuesto en el poste de luz cercano a una esquina y contemplo como una muchedumbre de autómatas transitan disciplinados, pasivos. Obedientes. Me asalta otro mito. Es pariente del anterior: hay que esperar a que se produzca el derrame para promover un crecimiento económico. Tengamos más paciencia, recitan los gurúes del mercado. Es allí cuando imagino como la copa comienza a llenarse por la riqueza que todos generamos; pero justo cuando está por desbordar, el tamaño de la copa crece. Centímetro a centímetro. Hay que esperar un tiempo más. Presiento como un líquido bermellón estalla en mis entrañas. Es la bronca y el dolor por repetir una vez más esta remake de historias ya sufridas.

Ahora, camino aprisa y me interno en la plaza contigua al Botánico, su hermana menor. Me sirve como refugio transitorio de mis penas y dolores. Una vez más, otro mito se apodera de mi mente: si no ingresamos a los mercados internacionales, la imagen del país se va al tacho; quedamos fuera del mundo y si no generamos confianza, nadie vendrá a invertir un mango. ¡Marche una buena dosis de endeudamiento! ¿Cuál será el objetivo que tienen los gobiernos de derecha para con los ricos?, me pregunto con firmeza. Tienen un objetivo muy claro y es el de mejorarles su rentabilidad. Para esto se mueven con engaños y mentiras. Nadie dice explícitamente que se dirigen a aumentar la desigualdad y las rentas de los que están en el tope del poder; tienen que disimularlo y pagan a economistas y a comunicadores sociales para que difundan ideas que permitan ocultar sus verdaderos propósitos, me contesto con bronca. La indignación me atrapa. Un cúmulo de sinsabores se acrecienta en mi interior como un mar embravecido. Debo calmarme. Estar frío.

Un último destello me asalta repentinamente. Es un deseo y es el de ver una buena película. Gracias a la industria del entretenimiento, la humanidad hace más llevadera su existencia. Si esta no fuera suficiente, otra industria, la farmacológica hace lo suyo. Estoy lejos de ella (ahora) aunque sospecho que en un par de años, le estaré dando de comer.