Por Gerardo Nicolópulos

    A raíz del proyecto de gravar a las grandes fortunas, saltaron desde las sombras donde estaban escondidos y para oponerse varios senadores nacionales como Carlos Reutemann (Santa Fe) y Juan Carlos Romero (Salta). Lo cual nos llama la atención y nos hace preguntarnos sobre algunos aspectos del rol de la Cámara de Senadores de la Nación; y nos parece que muchos de estos honorables miembros (de bajo perfil mediático) están ubicados allí por las élites políticas-económicas de sus respectivas provincias, para defender sus privilegios.

   Y en el caso específico de Salta, tenemos que hablar de este monstruo grande que pisa fuerte pero que no se ve, sólo con gran esfuerzo, voluntad y conocimiento acabado de la historia uno puede entender, sea  o no salteño, por qué le pasan las cosas que le pasan a Salta; por qué, una provincia con tantas riquezas naturales, con tantas riquezas obtenidas con el esfuerzo de todo el pueblo, éste es uno de los pueblos más pobres del país.

   Y entonces verá a la Oligarquía Salteña. Que básicamente es igual a todas las oligarquías, provinciales, nacionales y la mundial. Porque quieren beneficiarse hasta el infinito de las riquezas de la tierra y el trabajo de los hombres, cueste lo que cueste. Usando los mismos métodos. Y verá su relación con ciertos personajes públicos, como ser los senadores nacionales, a quienes les prestan su poder.

  Pero así como hay una gran cantidad de gente que la protege (a la oligarquía) y se beneficia de ese pacto, hay también quienes se resisten dignamente y con valor, ofrendando a veces hasta su vida, como pasó en innumerables casos.

   Decía que básicamente es igual a todas las oligarquías, pero ésta tiene algunas características propias, que se reflejan en su historia.

   La oligarquía argentina se forma, o se consolida, como sabemos, en el siglo XIX, luego de derrotar al proyecto independentista de nuestros próceres, que incluye a veces, la muerte de algunos de ellos. En Salta es el caso del general Martín Güemes, asesinado por el militar español y sicario, el “Barbarucho” Valdez, en una emboscada preparada con la complicidad de miembros de la oligarquía salteña, con la que Güemes estaba enfrentado durante toda su gesta de contención del avance español, hazaña encomendada por el general San Martín, y que incluía el posterior avance al norte como General del Ejército Expedicionario al Perú. Recomiendo la lectura del análisis de Jorge Enea Spilimbergo: “Güemes y la `gente decente` de Salta”.

   La oligarquía salteña tiene su historia ligada a nombres propios (la “gente decente”). Spilimbergo los nombra: “Los Uriburu, Cornejo, Saravia, Zuviría, Benítez, Figueroa y demás asesinos de Güemes en complicidad con el invasor realista”. Habla de hechos del siglo XIX (1), pero cuyas consecuencias perduran. Y hoy vemos con estupor, como muchos de sus descendientes se visten de “gauchos de Güemes” para las fiestas cívicas.

   Y ya en el siglo XX, nombres como el de José Félix Uriburu que el 6 de septiembre de 1930 encabezó una sublevación cívico-militar que derrocó al gobierno democrático del presidente Hipólito Yrigoyen, de la Unión Cívica Radical.

   Otro personaje propio, con nombre y apellido es el de Robustiano Patrón Costas, con influencia política en Buenos Aires entre 1916 y 1945, cuando llega el peronismo al poder. Creador del Ingenio San Martín del Tabacal, que abarca gran parte del departamento de Orán (Salta), (hoy en manos de un consorcio extranjero, la Seaboard). Leyendo en los medios oficiales la historia del ingenio, inaugurado en 1929, y gracias a la llegada del ferrocarril a la zona, todo fue de maravillas. La verdadera historia es más oscura, como la de la mayoría de los ingenios azucareros, basados al principio, en el uso de mano de obra esclava. Y en este caso, con la represión y captura de gente de las comunidades aborígenes del Gran Chaco Gualamba.

   Éstos son sólo unos pocos ejemplos, destinados a dar una semblanza de la oligarquía salteña, sin pretender agotar el tema, que da para mucho más.

   Pero también hay quienes, dijimos, y enfrentados a ella, libran batallas dignas y épicas a favor del pueblo salteño, lo que le valen el odio y la venganza del monstruo. Ejemplos:

   El Dr. Adolfo Güemes, nieto del general prócer y gobernador radical yrigoyenista, preso en Ushuaia en 1933; había batallado en contra de las petroleras extranjeras afincadas en el norte salteño, en pos de la creación de YPF, junto al Gral. Mosconi (Félix Luna: “Yrigoyen”).

   Carlos Xamena, enfermero sindicalista, gobernador peronista en 1951, perseguido física y moralmente por la “Libertadora”, acusado de “Traidor a la patria” por el solo hecho de adherir al peronismo y confinado en un hospital porteño primero y luego en otro salteño, por una tuberculosis que lo llevaría a la muerte a los 46 años de edad.

   El Dr. Miguel Ragone, médico del pueblo, gobernador de Salta por el peronismo en 1973 -1974, secuestrado y desaparecido en marzo de 1976, y su jefe de policía, Rubén Fortuny, quien demolió el aparato represivo de la policía de la provincia, y por lo cual fue asesinado a tiros de revólver en pleno centro de la ciudad de Salta. Eduardo Galeano se acordó de él.

   Y por supuesto, están, más cercanos en el tiempo, los jóvenes idealistas de los años 60 y 70. Los que soñaban y creían que un mundo mejor era posible; y una provincia mejor, política, cultural y económicamente democrática. Muchos de ellos, también, son asesinados y desaparecidos en la dictadura del 76, teniendo mucho que ver en esto, “nuestra” oligarquía.

   Son todas piedras removidas de su camino para consolidar su poder político y acrecentar su riqueza, y cuya acción y consecuencias, se extienden hoy por toda la provincia. La más grave, considero, deriva del desmonte desaforado, que no solo destruye flora y fauna, causando un enorme desequilibrio ambiental, agravado por el uso de agroquímicos que envenenan todo, sino que expulsan y desamparan a pueblos que habitaron esos lugares por siglos (pero sin papeles que los formalicen ni un Estado que los defienda). Considero que esta situación configura un crimen de lesa humanidad,.

   Y, con la llegada de la democracia en 1983, con un país y una provincia minados democráticamente, muchos y variados personajes fueron elegidos y designados por la oligarquía para protagonizar esta nueva etapa. Jueces y fiscales, funcionarios, periodistas y policías; candidatos políticos seguros de ganar elecciones; legisladores provinciales y nacionales. En especial, senadores nacionales.

(1)   Esto decía Spilimbergo (Escrito en 1964 aproximadamente):

   “El nuevo aniversario de la muerte de Güemes, que se cumplió el 17 de junio, dio lugar a las conocidas efusiones patrióticas. Pero estos homenajes al caudillo popular ocultaron escrupulosamente el real significado de su acción militar y política, así como las causas que determinaron su muerte a los 36 años en manos de la misma oligarquía salteña que aún hoy mantiene su poder infame integrada a la oligarquía nacional

   A diferencia de Artigas, Güemes mereció el indulto póstumo del partido unitario y los historiadores oficiales seguidores de Mitre. Pero esta entrada en redil se debe únicamente al hecho de que Güemes acertó a morir oportunamente. Por otra parte, la gloria póstuma servía para tapar el proceso del asesinato de Güemes por la oligarquía salteña en connivencia explícita y directa con las armas del Rey de España y apuñalando por la espalda la empresa liberadora de San Martín en Perú. Los Uriburu, Cornejo, Saravia, Zuviría, Benítez, Figueroa y demás asesinos de Güemes en complicidad con el invasor realista, tuvieron abundante y funesta progenie que ha sabido guardarse las espaldas de la honorabilidad patriótica con el mismo celo con que los Mitre han creado el mito del siniestro caudillo de la bárbara oligarquía bonaerense.

   El asesinato de Güemes, rubricado por la designación por aquella pérfida oligarquía del jefe de los ejércitos realistas como gobernador de Salta, significó la pérdida definitiva de las provincias del Alto Perú (Bolivia), que habrían de ser liberadas y erigidas en Estado independiente por Bolívar y Sucre. La empresa americana de la generación de la Independencia sufría así un colapso decisivo por el lado argentino, ya que dejaba a San Martín en inferioridad operativa frente a los españoles y le obligaba a ceder al libertador Bolívar la parte final de la campaña”.