Por Carlos Resio

No es un secreto para los misioneros que la deforestación, el avance del desarrollo urbano sobre zonas antes ocupadas por el monte y las zonas inundadas por la represa de Yacyretá nos ha puesto en contacto con enfermedades que hace algunas décadas solo aparecían fugazmente o no existían entre nosotros. La fiebre amarilla, el dengue y la leishmaniosis pasaron a ocupar titulares de diarios y la charla habitual de nuestra sociedad además de enfermarnos.

La asombrosa velocidad con que se han deforestado los bosques del mundo en el último medio siglo hace que nosotros mismos podamos percibir el cambio de nuestro paisaje circundante hasta hacerlo irreconocible. El desmonte de los últimos años en regiones boscosas de llanura de nuestro país ha sido feroz. La región chaqueña y áreas marginales de la región pampeana se han convertido en tabla rasa para reemplazar la vegetación nativa por maíz y soja sobre la que se vierten miles de toneladas de veneno que empeoran aún más la situación.

En la provincia de Misiones, los desmontes han tenido varias causas según la época. La explotación de recursos maderables primero, la extensión de la yerba mate implantada y el té además de la ocupación rural con las corrientes migratorias que transformaron el monte en tierras de cultivo y por último el reemplazo del monte nativo por especies exóticas de rápido crecimiento hicieron que la superficie boscosa original disminuyera de 2,6 millones de hectáreas a un poco más de 1,4 millones variando según las fuentes. Mientras tanto la urbanización de la sociedad misionera y la concentración de la propiedad de la tierra llevaron a miles de colonos a vivir en las periferias de las ciudades en condiciones, casi siempre, precarias. Así y todo, la provincia de Misiones está teniendo últimamente y desde un poco antes de la sanción de la ley 26.331, un aceptable desempeño en el cuidado de sus bosques a pesar de que los presupuestos asignados por la ley no llegan a la provincia en su totalidad. En 2019 los montos recibidos fueron 30 veces menos de lo que hubiese correspondido.

Nuestra realidad es similar a otras regiones del mundo en las que además de la degradación ambiental se agrega la costumbre de alimentarse con fauna silvestre, sin demasiados controles bromatológicos, y los sistemas de reproducción industrial y a gran escala de animales de granja para el consumo humano. Este parece ser el origen de la pandemia que nos está azotando. Los virus que saltan de su huésped original para adaptarse a su vida en humanos ya nos había dado señales como en el caso del ébola, Mers y Sars aunque no con la intensidad del Covid19, que se expandió como un reguero de pólvora, ayudado por las interconexiones que propone la globalización, y en apenas 4 meses infectó a más de 4 millones de personas en todo el mundo.

Este tipo de calamidades no parece modificar nuestra conducta de maltrato al medioambiente y solo la férrea y desigual defensa de los bosques y el medioambiente por parte de organizaciones ambientalistas y campesinas y esporádicas reacciones de los gobiernos intentan contener la deforestación a lo que, últimamente, se suman algunas voces que pregonan un nuevo modelo de decrecimiento que por ahora es vista como cosa de locos.

Las iniciativas gubernamentales como la lay 26.331 requieren de verdadera vocación política como así también el apoyo de las sociedades que antes deben adquirir una conciencia ambiental sólida y convencida para poder enfrentar los poderosos intereses que solo se buscan ganancias rápidas y parecen estar dispuestos a ponerle valor económico hasta a sus madres. Tal es el caso de Colombia, México, Centroamérica y Brasil donde diariamente son asesinados referentes campesinos y ambientalistas sin que aparezca algo que le ponga freno a esta verdadera masacre. El deterioro ambiental, muchas veces viene de la mano de fuertes intereses que hacen de estos militantes de la naturaleza apenas un obstáculo a eliminar. Y esto ante la vista de autoridades corruptas, élites enriquecidas y sociedades empobrecidas. La conciencia ambiental de las comunidades, acompañada por un nuevo paradigma para la organización social y económica que no se base en el consumo como factor de crecimiento son elementos indispensables para pensar en una oportunidad para nuestra supervivencia en un planeta sano.

La preocupación de los gobiernos y la población por la gravedad de esta pandemia pareciera haber hecho desaparecer del escenario problemas como éste del que hablamos, dejando el campo libre para nuevos y más intensivos desmontes como los del Chaco salteño, la depredación del territorio Mbyá en nuestra provincia. Para muestra, el apeo de un hermoso ejemplar de Palo Rosa en un lote de Andresito, Misiones, por acción de un señor que supuso que ese árbol era suyo siendo que ya hacía mas de 500 años que estaba allí. Duele el alma de solo imaginarlo.

Esta pandemia, como las anteriores, también se irá y los graves problemas que el mundo tiene se nos presentarán nuevamente con toda su crudeza. No sabemos cómo emergerá el nuevo mundo después de esto, hay mil teorías en distintos sentidos y la verdad es que el panorama no es muy prometedor, pero lo que sí es seguro es que de seguir por este camino de depredación y consumo vendrán algunas otras pandemias y es posible que, más temprano que tarde, la última llegue cuando ya no haya nadie a quien infectar.