Por Miguel Núñez Cortés

 Lord Mayor

 Recordarán los lectores que a la función gubernamental que  hoy  se denomina “Jefe de Gobierno de CABA”, antes se llamaba “Intendente” de la ciudad de Buenos Aires. Aún no era “autónoma” y al Intendente (“lord mayor” lo llamaban determinados diarios) lo elegía el Poder Ejecutivo Nacional.

 Pues bien, después del año 1950 el PEN, que era constitucionalmente ocupado por Juan Domingo Perón, le encargó al Intendente de entonces, Jorge Sabaté, que erigiera un “anfiteatro” al aire libre para celebrar espectáculos durante el verano.

 El anfiteatro que no fue anfiteatro

 

El Anfiteatro se inauguró oficialmente en el 25 de marzo de 1953 con la ópera Aída (en 1908 el llamado “nuevo” teatro Colón también fue inaugurado con Aída).

La calidad acústica, las comodidades para los espectadores y el espacio en el que estaba construido, convertía al “anfiteatro” en un motivo de orgullo para los habitantes de la Capital Federal.

Tuvo desde sus inicios una capacidad para 10.000 personas (mayor que el de muchas canchas de futbol; quizás el Luna Park, dentro del ámbito capitalino, podría haber albergado una multitud semejante, aunque no con aquellas comodidades y facilidades de acceso).

Los espectáculos para niños y adolescentes en horas diurnas daban sentido a ese perfil implícito y complementario al programa estival del Teatro Colón.

El simbolismo de las “desapariciones”

Luego de la “revolución” libertadora, el edificio de la  Fundación Eva Perón (actual Facultad de Ingeniería) fue desvalijado y  tiraron las estatuas gigantes de mármol de las DIEZ (10) mujeres (la cuarta tenía las facciones y actitud de Evita) que coronaban el frontón o frontispicio del inmueble público de la Avda. Paseo Colón y las hicieron “desaparecer” (algunos dicen que fueron destruidas, otros que están ocultas, otros que están en distintos lugares del país).

No escapó a la saña “libertadora” el anfiteatro Eva Perón. Fue incendiado en 1959 y totalmente destruido. Las sucesivas autoridades demostraron una gran adhesión a la “desaparición” de rastros; año tras año agregaron calles interiores, aptas para el patinaje y el ciclismo y otras modificaciones. Todo quedaría  tapado y bien tapado.

En junio del año 2009 Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, construyó un auditorio para 1620 personas dentro del parque Centenario. Un 15% de la capacidad original del primigenio «anfiteatro».

Diferencia entre un teatro griego, uno romano y un anfiteatro

Muchas veces hay una tendencia a llamar las cosas justo al revés de lo que son. Nos ocurre constantemente con todo y es fruto de que un término o palabra para llamar a algo en concreto se ha acomodado en las bocas y pensamientos de los demás.

Un teatro no es un anfiteatro y no es lo mismo un teatro griego que uno romano.

¿Qué diferencia hay entre ellos? Anfi, de hecho, en griego significa ‘dos partes de‘ o ‘doble‘ por lo tanto “anfiteatro” cobra sentido como nombre. El Coliseo es un “anfiteatro”.

Dice F. Lirola que la primera respuesta la encontramos en la historia. El teatro es una estructura ideada por los griegos, para las representaciones teatrales. Los romanos heredaron esta estructura recreativa para su planteamiento urbano.

La única diferencia entre el teatro griego y el romano, es que el griego se mimetizaba con el terreno, es decir, se aprovecha la inclinación de una colina para construir los asientos (cávea). En cambio el teatro romano se construía totalmente exento, como una estructura independiente.

La forma del teatro (en este caso romano) es la de una media esfera, y consta de 3 partes principales. El semicírculo (o semiesfera) mayor es la grada, los asientos (cávea), bajo la que se construía un vomitorium, mientras que el que vemos en el centro, sin nada, se le llama «orchestra». Lo que hay debajo de esta semiesfera, es decir, lo que veríamos si estuviésemos sentados en los asientos, es la «Escena», donde los actores realizaban su papel.

Un anfiteatro es la unión de dos teatros, formando una esfera completa (en este caso, se le llamaría elipse, por su forma de esfera achatada).

 En cuanto a las partes que la conforman, algunas coinciden con el teatro, pero la diferencia compositiva es apreciable. En el centro del anfiteatro encontramos la «arena», donde se daban los espectáculos (gladiadores, batallas, incluso ejecuciones). Bajo ésta, se encuentra el «foso». Lo que vemos alrededor, es decir, los asientos, tienen el mismo nombre que en un teatro, «Cávea» o grada, mientras que el borde exterior estaría flanqueado por soportes para el «velum». Bajo los asientos, se encontraba el «vomitorium», que eran pasillos para el tránsito de los espectadores y que permitían la fluidez de la circulación.

El anfiteatro es una estructura romana, no se llegó a construir en el periodo griego, por esto es que la cultura de la antigua roma suele tener como insignia el anfiteatro, una de las grandes construcciones que idearon.

 La quema de un coloso

 Cuentan que un grupo de hombres y mujeres, en una reunión mantenida ex profeso, pergeñaron la destrucción total del “anfiteatro” Eva Perón. Esa noche -elegida para el estrago- era oscura y fría; se juntaron con el combustible acopiado sin despertar sospechas y transportados en varios automóviles ingresaron hasta llegar al costado mismo de las tribunas y el escenario. Dieron la orden de dispersarse y al unísono iniciaron  el fuego, para alegría de esos fantasmas de la noche. Quienes desde lejos percibieron la hecatombe pudieron recordar escenas propias del Ku Klux Kan, esa organización de extrema derecha norteamericana, racista, xenófoba y antisemita.

La operación fue exitosa. La alegría los hizo sonreír cuando al otro día, ya con luz diurna, pasaron para ver lo que había quedado en pie. La desolación era completa.

Una vez más el terror unía sus manos ensangrentadas contra las pocas obras que quedaban en pié. El gozo era mayor, pues el nombre de Evita y su herencia histórica no se contaría más en el parque Centenario. Se equivocaron, como siempre se equivoca el neoliberalismo apátrida:

Evita ya lo había anunciado

«La historia, con su juicio inexorable, nos encontrará al fin del camino y nos dará la razón; y esos rezagados del despertar nacional no tendrán más que una excusa: su mediocridad, su mezquindad de espíritu y su traición a la clase humilde de la patria»

 «¡Bendita sea la lucha a que nos obligó la incomprensión y la mentira de los enemigos de la Patria! ¡Benditos sean los obstáculos con que quisieron cerrarnos el camino los dirigentes de esa falsa democracia de los privilegios oligárquicos y la negación nacional!».