por Rosana Herrera

 Anoche mientras le cantábamos el cumpleaños feliz a la queridísima amiga y cumpa de El Manifiesto Argentino, en el medio de una acalorada discusión y mientras nos liquidábamos las célebres empanadas tucumanas (que nos pedían piedad desde los platos), el malbec recordador nos hacía viajar (a bordo de la impecable memoria remota que tenemos los veteranos) a todos esos rincones de la historia política argentina donde se perdían elecciones pero nunca la dignidad. Esa dignidad que hoy parece definitivamente sepultada frente al más feroz despojo de derechos que haya hecho el neoliberalismo en democracia. Porque vivimos en un país donde leer las noticias todas las mañanas nos deja un agobio tan grande de mochila, que nos obliga a caminar doblados lo que resta del día, aunque sepamos que lo que nos pasa al puñado de privilegiados que tenemos voz, es sentir en las vísceras la angustia de la inmensa mayoría del pueblo argentino que no llega a fin de mes. Pero si bien los más memoriosos y apasionados militantes del campo nacional y popular conocíamos perfectamente que este gobierno iba a cometer un verdadero exterminio a tono con su ideología de extrema derecha, (y que desde que asumiera sería muy exitoso en los resultados), anoche nos decíamos entre gritos y susurros que no podemos entender la prolongada anestesia de algunos paisanos que tenemos al lado, de esos con los que compartimos los sueños cotidianos (o creíamos hacerlo) hasta diciembre de 2015. Porque no se puede pasar por la vida sin que te afecte lo que le pasa al otro. Y entre lamentos nos conformábamos diciendo que están sufriendo mucho pero tal vez no puedan manifestarlo, presos de su amor propio herido por haber sido estafados, (como me pasó a mí con el menemismo y que ya lo contara en otras historias de esta columna).

Y como esta vez de nuevo pretendo llegar a los otros, a todos los lectores de esta columna, suspendo nuevamente (y sólo por un rato) las equis para quitarles las excusas y darles tranquilidad a aquellos a los que les molestan. Porque además estoy segura de que todos aquellos que ya se acostumbraron a su particular lectura, (remplazando las dominantes oes de los finales de adjetivos por las odiosas crucecitas), ya tienen incorporada la mirada empática sobre el escandaloso presente del otro. Y cuantos más aquellos que defienden, convencidos, un lenguaje provocador e incómodo que pretende molestar y poner de manifiesto siglos de desigualdades, ayudando a romper viejos paradigmas.

El hecho es que la hora de cantarle a la homenajeada el infaltable cumpleaños feliz, (que según sus propias confesiones no es del todo feliz desde hace casi cuatro años) todos tuvimos la sensación de que coincidíamos en uno de los deseos que la compañera pensaba mientras soplaba las velitas. Porque más allá del deseo de que el voto de los argentinos nos permita a todos empezar la resurrección, somos plenamente conscientes de que nos dejarán un país en ruinas, al que será muy difícil reconstruir y entonces, con la carga de nuestros propios vaticinios, ya entrada la madrugada nos despedíamos con sentimientos encontrados, habiendo disfrutado de la compañía y de los momentos compartidos pero con una sensación algo agria en la boca.

Hoy me desperté todavía con esa acritud pero, como no queda otra, dispuesta a empezar la rutina diaria tarareando bajito. Rutina que se inicia con “un desayuno frugal, un diario apenas leído” (como dice el primer poema que escribí en mi vida), prosigue con una larga avenida (que cuando es tarde, como hoy, se inaugura con un infaltable aydiositoquerido ojalá nos toque la onda verdeee), la misma que durante exactos treinta y cinco minutos me conduce con las noticias de Novaresio y su elenco. Bah!…en realidad el que conduce es el Caballo, porque el rosarino y sus invitados, sólo me sirven de alucinógenos, a decir verdad… Y no es que los escuche porque, como dice un cumpa, es la única radio que engancho, nonono, es porque el dial está clavado ahí a propósito: es la más efectiva terapia para llegar bien despierta a ese mágico surtidor de historias que es mi laburo. Porque empezamos puteando prontito nomás, a las diez cuadras de casa y le seguimos metiendo parejiiiiiito todo el trayecto, cosa que cuando llegamos a la esquina de los Tribunales, ya la ira casi como que se me pasa y entro hecha una lechuguita a poner el dedo y dejar mi huella en ese aparato buchón.

Y ya adentro del sucuchito (esto parece una agencia de quiniela, doctorita, disculpe usté)empiezo a tararear más fuerte hasta que empiezan a llegar ellos. Ellos y sus miedos, sus reclamos, sus angustias, sus relatos, sus urgencias. Ellos que son el otro, mis otros, los que me invaden todos los días, los que me interpelan, los que no quieren sólo respuestas. Lo que quieren hablar. Y hablan y lloran y se sonríen y agradecen y te miman. Los que quieren escuchar. Y escuchan y lloran y se sonríen y agradecen y te miman. Los que quieren, en definitiva, que el otro los perciba.

Tengo muchos otros repetidos, esos que ya saben en qué horario me encuentran porquesiempre le digo a mi marido que me gusta mucho cómo me atiende usté. Y entre esos otros no estaba él, el hombrecito caracúlico y apurado. Se puede saber que diceee??? No le entendí una palabra.  Le explico que no dije nada que sólo estaba cantando. Cantandooo? A esta horaaa??? Y por qué? Le  contesto que en realidad no sabía muy bien por qué, que por nada en especial, que tal vez solamente porque advertí que había amanecido de nuevo. Me observa callado, con una manifiesta expresión de asombro y se retira rápidamente sin despedirse  a seguir con el tramiterío de mi suegra. Hasta que un rato más tarde me sorprende un rostro tiernizado que me extiende la mano y me entrega un paquetitoTome, agarre, son sin azúcar porque yo soy diabético, total…me puse a pensar que usté ya me endulzó la mañana. Que Dios la bendiga!

Y es cuando entre la resaca, Novaresio, el libro de Cristina, las encuestas de Isonomía, la boleta del gas, las reflexiones de anoche, la jornada del viernes…elijo por un ratito, sucumbir perdidamente enamorada ante los chicles más ricos que comí en toda la era macrista.