por Ruben Lamas

El poder y la cultura dominante crean el sentido común, que luego es instalado por la prensa hegemónica (parte de ese mismo poder) en toda sociedad, de acuerdo a sus propias premisas de clase y sus intereses.

El discurso  del campo popular, tiene la necesidad y la obligación de manifestar su punto de vista y su verdad, acorde a las clases que dice representar, porque existe un conflicto de intereses, y debemos encararlo.

El ejemplo paradigmático, lo vemos en cada ocasión que se habla “del campo”. Este como tal no existe,  lo que si existe es la producción  y la política agropecuaria.

El primero es un concepto instalado mediáticamente, que lejos de ser una unidad, representa un mosaico difícil de comprender, debido a la complejidad de  sus integrantes,  carácter del sujeto agrario, escala económica,   rubro de la actividad, tamaño de las explotaciones, composición  social, variaciones  territoriales, climáticas, tecnológicas, nivel de especialización,  las interrelaciones de la cadena agroalimentaria etc.

El gran drama del movimiento popular, sus referentes, partidos políticos, y otras representaciones, es haberse desentendido de la política agropecuaria, habiendo cedido  un espacio que mantiene casi en exclusividad el discurso de la oligarquía terrateniente, las transnacionales cerealeras , las grandes empresas vinculadas al sector , como agroquímicos, maquinaria agrícola y las organizaciones representativas de esos mismos sectores, que dicho sea de paso,  todos ellos se encuentran desde hace años finamente articulados con el sistema financiero, conformando un bloque de poder económico y político muy poderoso.

Su principal triunfo político es,  que siendo Argentina un país productor agrícola y ganadero,  nadie discute de política agropecuaria,  y es un tesoro bien guardado quienes son los propietarios de enormes extensiones de latifundios, ocultos en infinidad de sociedades relacionadas entre sí.

Es necesario reconocer que  las políticas de muchos gobiernos incluso los de corte popular,  por omisión,  negligencia o inoperancia dejaron ir a la ruina o vieron como se afectaba la actividad de miles de pequeños productores agropecuarios, sin tener una cabal comprensión del tema, ni políticas diferenciadas para cada sector.  Es imprescindible hacerse cargo de esos errores,  no caer en la trampa de ser funcional al poder hegemónico hablando “del campo” sino que debemos propiciar  la discusión de la tenencia y uso de la tierra, quienes la poseen, que cantidad poseen,  que destino, como y  para que la usan, como la cuidan,  quien controla.

Todo eso está fuera de discusión, como si estuviéramos en el mundo de la perfección, y no hubiera nada que  criticar corregir o mejorar.

El desmonte irracional, las fumigaciones acumuladas durante años, el transporte de millones de toneladas por camión, destruyendo las rutas y provocando accidentes debido al  desguace del  ferrocarril, el monocultivo y el modelo agro exportador,  el encarecimiento de los alimentos destinados al mercado  interno, las condiciones de trabajo en ciertos casos de cuasi esclavitud de trabajadores vinculados al sector , la migración crónica del campo a las periferias urbanas, son todos componentes de un sistema insostenible, al que nadie se atreve a criticar, y que en realidad produce  enormes ganancias a muy pocos beneficiarios.

El universo de la producción agropecuaria está compuesto por rubros tan diferentes como las verduras y hortalizas que se realiza generalmente en los cordones verdes de la periferia de las grandes ciudades, la agricultura de grandes volúmenes, soja, trigo, maíz, la producción yerbatera,  tabacalera, algodonera,  vitivinícola,  forestal, floricultura, el tambo, la producción ovina, porcina, avícola,  equina, bovina, que representan cada una de ellas áreas sumamente  especializadas con problemáticas propias, características específicas de cada ciclo productivo, niveles de rentabilidad,  exigencias  técnico sanitarias etc.

Por eso decir “el campo” y meter todo en la misma bolsa es una maniobra engañosa.

Nuestro desafío como militantes del campo popular, es tratar de romper esa hegemonía discursiva y sus falacias.

El verdadero foco lo debemos poner en la política agropecuaria, empezando por el principio que es  entender  cómo funciona la tenencia y uso de la tierra,  bien único irreproducible, mensurable, que debe explotarse racionalmente, aplicando prácticas conservacionistas,  que la resguarden del riesgo de perderse para siempre. Ahí tenemos un desafío que no hay que abandonar,  se debe discutir  quien tiene la tierra, de cuanta cantidad dispone, que prácticas y modalidades se emplean.

Hay que discutir como producir, para alimentar a nuestra población a precios accesibles para el consumidor, y  rentabilidad razonable para el productor, hay que exponer la existencia de una cadena de comercialización muy concentrada, prácticamente monopólica, y poco transparente que se queda con la mayor parte de las ganancias, y la prevalencia del latifundio, verdadero residuo de las épocas feudales, corregido mundialmente por el propio desarrollo capitalista, cosa que en nuestro medio se niega, y representa el  mayor triunfo político de la oligarquía terrateniente.