Por Rosana Herrera.

Son muchas. De cualquier baño, de cualquier parador o terminal, en cualquier ruta del interior del país. No recuerdo su presencia en esos pagos donde todo parece estar al alcance de la mano. Son un emblema de las estaciones de servicio, desparramadas en los senderos de la Argentina profunda.

Siempre me pregunté porque debe ser el cliente el que se haga cargo de «colaborar» para que alguien mantenga limpios los sanitarios públicos y no las empresas las que se hagan cargo de pagar sueldos dignos a trabajadorxs registradxs, como corresponde. Pero eso es para otra discusión y hoy no estoy con ganas de andar politiquiando, (como me recrimina siempre la Vero, cuando dejo que se enfríe la comida porque se me aparece de repente la inspiración).

Lo cierto es que Olga, esa señora bellísima, boliviana por nacimiento, salteña por adopción y de sonrisa rápida, es una dama pequeñita de impecable chaqueta rosa, a la que yo siempre solía saludar con el consabido ¿cómo va, Olguita, todo bien?

Ella solía deambular por esos parajes que nos resultan tan familiares, refunfuñando y con el haragán en la mano, haciéndose la apurada y yo la saludaba, haciéndome como que me enojaba porque me hacía esperar para dejarme pasar. Y al cabo de once años de viajar al encuentro del paraíso de los besos melosos y de hacer el recreo en el bar donde Olga tenía su oficina, (como le llamaba ella al espacio que ocupaba con sus petates, en ese pasillo siempre perfumado), su presencia estaba incorporada a esta rutina que nuestra mejor versión, la de abuelxs, disfruta tanto.

Su historia no difiere mucho de la de tantos inmigrantes, sólo que ella, viaje tras viaje nuestro, me contaba su sueño tan imposible como eterno: volver a Cochabamba para conocer personalmente al indio que llegó a la presidencia de su amado país.

Esa tierra que abandonara hace una ponchada de años porque a su pueblo llegó «el hombre blanco de Yala», el que le prometió «el oro y el moro» para que abandonara su pago y lo siguiera a Jujuy. Me enamoré perdidamente, doñita y cuando una se enamora, se pierde, no piensa. Y no pudo pensar a los 18, que ese hombre además de «guapo y querendón» podía ser tan oscuro como violento; no podía imaginar que debiera huir de noche, sola, para salvarse, ni imaginarse limpiando baños en  la vecina ciudad de Salta donde vivía una prima, ni que un diario, muchos años más tarde, le devolvería ese rostro tan temido en la página de policiales, para que por fin se encontrara segura, sabiéndolo en prisión.

De su trágica vida con él, le quedaron sólo dos recuerdos lindos (como el día del casamiento cuando se la robó de la fiesta y se la llevó a caballo) y dos hijos que se fueron antes que ella, escapando de las borracheras y de los golpes. Y sólo la rescataba del tedio y de la resignación con que veía pasar su vida, la ilusión de  que llegara ese día en que pudiera abrazar a Evo.

Era un placer conversar con ella, entusiasta y gesticulosa, encendida de nostalgias contándome con lujo de detalles «el milagro» (según sus hermanas) que gobernaba a lxs bolivianxs desde que ella partiera. Yo permanecía por varios minutos entre sus cuentos, abusando del Caballo que ya había aprendido a tenerme paciencia y a demorar su café, cada vez que le decía voy a charlar con Olga. Y que se bancaba el trecho desde Metán a casa, escuchándome.

Le había dicho un par de veces que me interesaba mostrar su historia en mi columna de La Barraca y ella me lo permitía entre rubores y muecas de ilusión, con la condición de que no le sacara fotos porque no sabía si le iba a gustar al patrón.

El último domingo, con esa ternura que se le desparramaba por los cachetes rojos y paspados por el frío de locos que preanunciaba el inminente invierno salteño, me decía eufórica por mi propuesta: Yo no tengo feibuc, señora Rosana, pero le voy a pedir a mi prima, la Jessica, que me abra uno cuando usté publique lo que le conté, mandemelo por guasap, me dijo en tono de despedida esa tarde soleada. Y me abrazó fuerte cuando le aseguraba que muy pronto, antes de publicar nada, nos veríamos de nuevo. Se quedó cuchicheando con el señor de las artesanías en madera y yo me alejé amasijando su relato con la urgencia de la promesa.

No le cumplí, no me acordé más de ella hasta que dieron el golpe de Estado y me quedó un sabor muy amargo  cuando advertí que no tenía el papelito dónde me anotó su celular porque me habría encantado demostrarle que sí me acuerdo de ella. Pero ella ya no está más en la oficina, en su lugar hay otra «señora del baño», que sólo me comenta que Olga se fue porque estaba enferma y que nadie no sabe dónde está.

Me quedé sin saber si finalmente pudo llegarse a darle ese abrazo al indio, quien como ella, también tuvo que huir del horror.

Pero me quedaron las ganas intactas de traerla conmigo a este rincón adonde atesoro las historias de los seres anónimos como ella, esos que la vida me tiene reservados como milagros, a la vuelta de la esquina..