Por Gaspar Russo

Un grupo de comensales se hace eco de la noticia que señala el zócalo de un informativo y juzga que ese ex funcionario debería estar preso; asimismo, en la cola de un supermercado, alguien comenta que oyó decir que la fortuna de tal empresario la hizo a costilla de nuestros impuestos; en otro ámbito, una periodista sospecha que está próxima una fuerte devaluación porque la gente compra de manera compulsiva muchos dólares.

El rumor, en su esencia, actúa bajo la premisa de mala fe, porque conlleva la falta de veracidad que se intenta vehiculizar. Esta ausencia de certeza transforma al emisor en un ser portador de un autentico engaño y mucho más grave se vuelve cuando se es plenamente conciente de su acto. Para el mundo periodístico, confirmar la veracidad de una noticia, se convierte en una regla de oro que seguir. Hoy, construir credibilidad, en especial desde los medios de comunicación más concentrados, parece ser un hecho poco probable porque abundan –cada vez más– las operaciones de prensa y la trampa.

Paralelamente a la responsabilidad social que todo el periodismo debiera ejercer, estamos nosotros: los otros mortales; ávidos de consumir hechos, noticias e intercambiar informaciones. Tal necesidad nos permite jugar a ser periodistas por un rato y es así como en el uso cada vez más intensivo de las redes sociales también contribuimos en la circulación de conocimiento; y en muchas ocasiones con similares conductas reprochables como la descripta recientemente. Posiblemente, una de éstas conlleve al deseo como instigador de otras oscuras intensiones. ¿Cuál de ellas?

Cuando desde estas mismas nuevas tecnologías se comparte información falsa o no verificada o de dudosa procedencia y el emisor es plenamente conciente de ello, lo que probablemente se pretenda es manipular al receptor. En esta representación, el destinatario –una vez anoticiado– podrá obrar (en principio) de tres formas diferentes: descree del mensaje que recibe o bien lo pone en duda o simplemente lo cree de un modo categórico.

Con seguridad existe (primeramente) una relación de confianza entre el emisor y el receptor o una fuerte identificación ideológica hacia el contenido del mensaje o un tercer elemento: ¿la conformación de prejuicios? Si de este sentimiento habláramos, entonces cabe suponer que el receptor anhelará creer fervorosamente en lo que lee o en lo que escucha pues es una forma de reafirmar su creencia. No puede dudar; es el motor de su vida y quien da sustento a sus ideas y valores. Creer implica dejar de lado toda sospecha de desacierto o falsedad. Hipocresía o simulación. Es si se quiere un gran acto de fe; pues con características similares a la sumisión, acepta sin cuestionar lo suministrado para que, en otras palabras, se establezca un hilo invisible entre ambos (emisor y receptor), mediados por la ideología que los identifica. Por tal motivo, el creyente en un mensaje o en una noticia (con estas cualidades: confianza en el emisor, identificación ideológica y deseo de reafirmación) no duda en su difusión porque en ello va su impronta. Su esencia. Por ende, podríamos interpretar entonces que en este juego perverso el deseante o el emisor de una información apócrifa genera en el deseado o el receptor la aceptación inmediata de ésta sin cuestionarla, para luego ser diseminada tal cual fuese un chisme. Esto manifiesta a las claras la capacidad y el uso del poder que dispone; y qué es el poder sino la perfecta combinación de la influencia y la sumisión, dos claras características de este fenómeno.

Podríamos teorizar que si la consecuencia del uso de ese mismo poder –en especial cuando se ejerce desde un medio de comunicación concentrado– provoca una falsa conciencia en una parte de la sociedad porque logra afianzar un modo de pensar, de sentir y de obrar al moldear conductas no coherentes de comportarse con sus propias condiciones materiales de existencia, será porque ha sido muy efectiva la influencia dirigida hacia ellos; o, si la trampa a la cual son inducidos, los conducen a elegir candidatos políticos que terminan por crearles perjuicio de clase, será porque ha sido muy eficaz el influjo perpetrado hacia ese grupo; asimismo, si el predominio hacia ellos los aleja de sus reales necesidades y de sus verdaderos deseos, será porque fue auspiciosa la manipulación de sus mentes. En una palabra: la influencia, el influjo y la manipulación hacia una comunidad son herramientas que los medios de comunicación utilizan para alcanzar uno de sus principales objetivos y es la de su propia expansión comunicacional y estructural de un modo discrecional.

Aquí lo discrecional se encuentra en la necesidad de ocultar quiénes son verdaderamente aquellos personajes que tienen la capacidad, la logística y la posibilidad de manipular –en el transcurso de un largo tiempo– la subjetividad de una sociedad; facultad esta que también les permite cumplir con otra finalidad y que es la del disciplinamiento global a través de un discurso único.

Una posibilidad concreta para comenzar a poner fin a este atropello sigue siendo la multiplicación de voces que debe garantizar todo Estado que tenga registro de esta situación y, en simultaneo, la toma de conciencia de toda una sociedad para que el nuevo sujeto social construya pensamiento crítico y así poder desplegar a través de la correcta información su verdadero desarrollo humano; y esto no es otra cosa que las múltiples formas que debe disponer toda persona de ser y hacer en la vida dentro de un marco de plena libertad.