Enojo. Dolor. Impotencia… Intento pensar un único sustantivo para adjetivar el odio cuando se hace verbo. No lo encuentro ni para su tamaño ni para su intensidad. Mucho menos cuando las calles sin nosotros parecen impregnadas de esa pócima letal que les inyectan, a dosis diaria, desde una caja boba.

De esa pantalla desde donde seres monstruosos lanzan proyectiles que  escupen, que laceran y que los someten. No es fácil distanciarse ni desinfectarse de los delirios colosales que, sorteando los tapabocas, se les escapan con una furia desmesurada.

Y me es imposible imaginar que  el abismo desaparezca o que las fisuras se cierren y no se agranden. Pero a pesar de ellos, ahí va la ilusión resucitando en la ternura de los recuerdos y amparada en el alivio de saber que son nuestras. Porque sólo se las prestamos por un tiempo. Hasta que se levanten los cerrojos y podamos reencontrarnos en los abrazos demorados y reconocernos en cada sonrisa descubierta.