por Adrian Tendler

La situación actual no alcanza el nivel de conflicto que sería necesario para desestabilizar la hegemonía macrista. Mil veces nos preguntamos porque la gente no se rebela frente a los niveles de saqueo y empobrecimiento criminales del gobierno de Cambiadores.

El macrismo impone una naturalización del dominio de los empresarios que es aceptada por la población. ¿Cómo ocurre esto? ¿No aprendimos nada en la crisis del 2001?

El kirchnerismo como movimiento político e ideológico realizó una reconstrucción espectacular por lo rápida y prolongada de la capacidad productiva del país. Lo hizo en una situación de crisis terminal de nuestra sociedad y nos dio 12 años de unos niveles de desarrollo económico y social que ninguno de nosotros se había atrevido a soñar.

Tal vez por la urgencia, seguro por la relación de fuerzas entre un Estado pobre y débil y las grandes empresas y quizás porque la reconstrucción del Estado de bienestar era un milagro en sí mismo después del desastre neoliberal de los 90, no se cuestionó la forma de reproducción cotidiana de la vida de la mayoría de la población, que buscó y encontró trabajo en empresas y comercios.

La reproducción capitalista en declive hasta 2003 comenzó a funcionar pero no fue suficientemente explicitada ni cuestionada en sus fundamentos. Y reapareció el viejo límite de la alianza entre Estado, obreros, empleados, burguesía (¿nacional?) y ahora empresas transnacionales y banqueros.

El discurso del kirchnerismo manejó dos niveles, uno superestructural de ensalzamiento de la patria, de la comunidad, de los héroes nacionales y del otro como un necesario igual  y por otro lado un nivel estructural de consenso a partir del consumo y del aumento de los ingresos.

En el nivel superestructural el macrismo se propone como la negación del kirchnerismo, es un desastre de descomposición de las conquistas sociales, civiles y de participación popular.

En el nivel de la reproducción cotidiana de la vida, sin embargo, cuando el Estado Kirchnerista, ya recuperado y con la aspiración de enfrentar a las corporaciones comenzó a discutir las condiciones de reproducción de los grandes capitales, en la pelea de la 125, en la ley de medios, en el desarrollo tecnológico, en el enfrentamiento con los fondos buitre. En esa instancia no estuvo y no está tan claro para la población quien procura el mejoramiento de la vida de las personas y quien es la amenaza, si el kirchnerismo o el macrismo.

La reproducción y  la organización de la vida siguen dependiendo de las empresas  para la mayoría. El centro de la vida social está puesto en el trabajo, el empleo, el crecimiento de la ganancia empresaria y el salario.

La relación entre empresas es de una competencia donde las grandes liquidan a las chicas y el objetivo último del trabajo es un alto salario que permita elevar los niveles de consumo y ese consumo resuelve las carencias de la vida y permite soñar con algo mejor, que es un mayor consumo.

Cuando el kirchnerismo desde un lugar de poder y autoridad cuestiona a los empresarios de Clarín como voceros de su clase o a los banqueros, o a los terratenientes, está cuestionando la relación de autoridad de la gente con sus patrones, está poniendo a la gente frente a su relación de dependencia y de miedo y la respuesta es que las personas no están interesadas en sentir el dolor que sostiene la dependencia.

Porque tiene que haber un vacío, una necesidad, un dolor que llenar, apaciguar, aliviar para que la dependencia sea vivida con sentido.

Cuando Clarín presenta a Cristina como una agresiva amenaza que busca acrecentar su poder, realmente lo es para el colectivo de personas que viven la relación con sus patrones como la que les da estabilidad y tranquilidad y forman parte de ella alimentándose y protegiéndola.

La grieta es el riesgo de disolución del  núcleo patrón empleado y el peligro es un Estado que los quiere separar, que ataca la fuente de afecto del sometido y hace enojar al dominador, con todo el peligro que esto supone, que es la descomposición de la propia subjetividad que está construida en esa relación

Todavía el odio al anterior gobierno nacional se mantiene, por haber despertado el dolor que llevamos dentro, y por haberlo hecho de manera inconsulta. De ahí la sensación de era un poder autoritario, la percepción de un sector de la población de que nos estaba empujando a enfrentar un dolor que no queremos enfrentar y entonces lo odiamos.

Una forma de cuestionar este odio sería pensar que el objetivo no es la eficiencia empresarial y el salario alto en disputa con una empresa rica, sino la satisfacción de las necesidades de la comunidad. Esto implica y supone ya otros vínculos afectivos, que no pasan por el sometimiento a gerentes devenidos políticos.  El discurso de las empresas en función social del primer peronismo está cerca de esto.

Sin dudas que la pelea política de grandes bloques es indispensable frente al gobierno conservador y cuasi-dictatorial que padecemos.

Pero al mismo tiempo es útil plantearnos algunas cuestiones. ¿Cómo entrar en la cotidianeidad y aceptar la desestabilización de la reproducción cotidiana de la vida y el consumo mientras dure la pelea? ¿Cómo valorizar las experiencias que no cifran su éxito en la ganancia o en el aumento de la producción, cuando por otro lado las argumentaciones insisten en enlazar las mejores condiciones de vida con el crecimiento cuantitativo de la economía? ¿Cómo desestabilizar a un gobierno de derecha que pone el acento en las relaciones de alimentación infantil entre empresas y empleados y señala como disruptores y peligrosos a los sujetos individuales o colectivos que cuestionen esa dependencia?

¿Cuándo el circuito económico financiero neoliberal llegue a su crisis, como evitar que los individuos vuelvan a manifestarse para reclamar la recomposición de las relaciones de dependencia empresariales para retomar su consumo inagotable?

No alcanza con demostrar que el proyecto nacional popular es mucho más eficiente y viable que la rapiña financiero-agropecuaria.

Una posibilidad podría ser intentar integrar a los sujetos en otro tipo de circuitos cotidianos de satisfacción de la vida, las actividades de conocimiento, de desarrollo artístico, de creación conjunta tienen mucho que aportar en esos objetivos de emancipación. Aprender que la vida no es solo comprar el televisor más grande ni cambiar el coche. Hay que liberar tiempo de empleo para trabajar en producir mejores relaciones y no más cosas. El viejo sueño anarquista vuelve a despertarse.

Una debilidad de la derecha es esa vinculación entre cultura y superficialidad, tiempo libre y evasión. En cambio un movimiento popular puede hacerse fuerte en el vínculo entre cultura y compromiso, no como un deber ser, sino como expresión, contención y desarrollo real de inquietudes emocionales, estéticas, de conocimiento.

La derecha cierra centros culturales y agrede los ámbitos de reunión como la escuela pública, radios comunitarias, cooperativas artísticas, teatros independientes, producciones audiovisuales, y las limita a permisos especiales auspiciados y controlados por las empresas. Cuando agreden a la población de esta manera, los gerentes saben bien lo que están haciendo.