Por Rosana Herrera

Desde que se cerraron las puertas, remplazamos los baños de luna por los de alcohol en gel y se detuvieron los abrazos, se me da, de tanto en tanto, por arreglar cajones, armarios, placares… tal vez en una suerte de subconsciente pretensión de encontrarme con esos hilos lejanos que se tejieron para construir mi historia personal.

Siempre pasa lo mismo, la limpieza y el orden que me propongo al iniciar la tarea doméstica, sucumben frente a algún papel que me obliga a dejar la gamuza y el lustra muebles para meterme de lleno a hurgar en la memoria que me despiertan los innumerables escritos paridos a lo largo de mi vida.

Lo que sí está en perfecto orden son las “categorías literarias”: en la biblioteca del escritorio hay un estante para cada vida: la familiar, la social, la política… Pero en esta oportunidad me atrapó el de los recuerdos de la vida profesional, ése que hacía tiempo no visitaba. Porque hace tiempo que la profesión dejó de tener un lugar central en mi vida. Porque hace tiempo dejé de ser esa máquina de gestionar que no conocía de fines de semana ni de feriados, para darle paso a una oscura servidora pública que busca -aunque el cuerpo se lo cobre- no morir en el intento de sobrevivir a la obscena destrucción de todo lo que nos costara tantos años construir. Ahora soy sólo una empleada que cumple a rajatabla la cuarentena y que cuenta, en horas, los meses que restan para el ansiado jubileo.

Los recuerdos de esta vida son el pasaporte que me permite emprender vuelo y abandonar los sueños de cabotaje a los que la aplastante rutina y el hacerme la boluda porque es más saludable, me sostuvieron hasta que mi salud me gritara ¡basta, Rosana! y me exigiera confinarme mucho antes que Alberto lo ordenara.

Esta vez, mientras escuchaba a Celine Dion, me detuve en algunas publicaciones noventosas que encontré en un tercer estante lleno de polvo y de anécdotas, porque me sorprendió una nota editorial que escribiera para una revista profesional que dirigía por entonces. Y me senté a leerla y a encontrar las diferencias con el escenario actual. Y créanme…me cuesta mucho

Recién acabo de escuchar que detuvieron a un famosísimo médico, especialista en algo así como medicina ortomolecular que cayó en desgracia al proceder tal como lo establecen las dos primeras sílabas de sus saberes. Y que el supuesto profesional (porque por estos días estaría en duda hasta su título habilitante) está siendo severamente cuestionado entre otras “travesuras” por tener medicamentos e insumos médicos vencidos en su clínica. Y la prensa y la justicia que están investigando, se notan muy preocupadas por este detalle, sin advertir la comisión de un flagrante delito: ¿Qué hacía un médico con ese arsenal terapéutico en su poder? Se estima que hasta se le habrían encontrado psicofármacos.

Y es bueno tener presente que la existencia de medicamentos -vencidos o no- fuera del ámbito que, académica y legalmente le corresponde, como es una oficina de farmacia –pública,  privada o de seguridad social-  no habilitada por la autoridad sanitaria jurisdiccional y no estando bajo la dirección técnica de un farmacéutico matriculado, es lisa y llanamente un delito. De una gravedad tal como si en una farmacia se prescribiera.

Y me quedé pensando en esa nota de 1998 donde yo analizaba el uso irracional en sus distintas conceptualizaciones, entre ellas, justamente el expendio de medicamentos en lugares fuera de los circuitos legales y en las tristemente célebres “recetas de mostrador”. Ese mostrador detrás del cual, la mayoría de las veces  hay un empleado -que no siempre es un profesional-, al que le pedimos “algo para la garganta” y el vaguito ahí nomás nos despacha, por lo bajo, una azitromicina -antibiótico de la familia de los macrólidos que sirve para tratar algún tipo de afecciones bacterianas-. Y es así como son alarmantes los niveles de resistencia  a los antibióticos de primera línea.

Las publicidades de medicamentos que son generalmente muy atractivas, siempre terminan con el consabido “ante cualquier duda, consulte a su médico o farmacéutico”. Pero primero me inducen a adquirirlo sin receta, a ingerirlo y después, si algo no me cierra, recién voy al médico, total…lo dicen en la tele

Y así podríamos seguir señalando un sinnúmero de distorsiones cotidianas en la práctica de una profesión muy desacreditada en nuestro país. Situación de la que somos todos responsables pero principalmente nosotros, los farmacéuticos,  muchas veces cómplices -por comisión u omisión- de un sistema perverso. Pasaron más de veinte años y la situación es la misma. Los intereses de la industria farmacéutica son los mismos. El nivel de desconocimiento del paciente es el mismo. La desidia del Estado es la misma.

Esta columna no es un espacio científico ni académico, pero aquí soñamos con que, usando un lenguaje coloquial y sin ninguna prisa, podamos convocar a nuestros lectores para que pensemos que de ésta trampa, de este juego perverso al que nos conduce desconocer nuestros derechos, no se sale solo, sino que se trata de una construcción colectiva, cotidiana y consciente. Y que el derecho a que el paciente esté informado para dejar de ser un mero consumidor pasivo, es un derecho históricamente conculcado por la perversidad de un modelo prestacional hegemónico, corporativo y deshumanizado.

Y por sobre todo, que podamos darnos cuenta que en este tablero macabro, son muy pocos los que ganan y demasiados los que pierden.

Hasta la próxima limpieza.