por Martín Kohan

Admiro a las tías de Beatriz Sarlo. No las conocí, nunca las he visto; pero Sarlo las menciona con frecuencia y lo que dice sobre ellas me interpela cada vez. La última ocasión, feliz de nuevo, fue en una entrevista de Astrid Pikielny publicada en La Nación el pasado domingo 28 de julio. Allí vuelve a retratarlas, y allí vuelve a recuperarlas como un antecedente significativo para sus propias maneras de posicionarse: sin pensarse como endeble, sin asumir ni someterse a subalternidades preestablecidas. Esas tías: “mis tías maestras, mujeres independientes que se habían ganado la vida y que habían ascendido en el Ministerio de Educación por sus propios méritos”. Dentro del horizonte laboral asignado por convención a las mujeres en ese tiempo, con las restricciones que eso implica, consiguieron en cualquier caso alcanzar dos condiciones decisivas: autonomía personal, independencia económica.

No hace falta suscribir así sin más a alguna vertiente del determinismo económico (las del marxismo, llegado el caso) para atender especialmente a este aspecto: ¿de qué clase de emancipación puede hablarse, ahí donde la supeditación monetaria persiste? La referencia a las tías de Sarlo, que trabajaron y se independizaron, que atinaron a liberarse del mandato (me refiero al mandato, no a la opción) de atenerse a la domesticidad, pone en juego esta cuestión. Y permite reparar, incluso con alarma, en las tantas veces en las que, sospechosamente, ese punto se escamotea: en el espectro de supeditaciones, con sus cargas de dominación respectivas, la del dinero a menudo no figura.

Apenas un par de días más tarde, leo en el diario Clarín una entrevista que Mercedes Pérez Bergliaffa le realiza a Martha Rosler, artista visual que actualmente expone en el Museo de la Untref. Las coordenadas generales son marcadamente distintas, al cabo de tantos años y tantas luchas, con otras posibilidades para las mujeres tanto en el campo laboral como en el campo artístico (aun cuando se considere que tales cambios son aun insuficientes), pero Rosler marca con claridad que “en realidad, las mujeres (y las personas en general) no deberíamos depender de alguien: todos deberíamos tener independencia, generar nuestros propios trabajos, poseer nuestras propias tarjetas de crédito. Poder tomar nuestras propias decisiones. Pero claro: hay mujeres que prefieren casarse con un hombre rico y tener un hijo. Piensan que eso es mejor. Creo que es patético. Más tarde notan que en realidad se trata de una pérdida de la libertad, y que la dependencia económica y resolutiva las hace mantenerse obligadamente en relaciones de dominio o de abuso altamente tóxicas”.

El planteo es nítido en su distinción radical entre las mujeres que consiguen un espacio socialmente propio, y las que en cambio arrastran aquel viejo sueño de neto diseño patriarcal: casarse con un millonario, o cuanto menos con algún hombre que las mantenga o las acomode. Pienso otra vez en las tías de Beatriz Sarlo, antítesis rotunda del sometimiento de género, cifra admirable de una emancipación cabal.